Blog de música, tecnologías, poesía y cerveza fría

24/09/2017

A todos los que sobrevivieron a una infancia llena de peligros

¿De dónde proviene tal retahíla nostálgica? Un día descargué esto y enterrado en el culo del mundo del ordenador lo acabo de encontrar por casualidad. Me he dicho: ‘amoponelo’.

Sólo puedo decir que es un adjunto de Word que me hizo gracia y hasta lo retoqué -añadí algunas cosas de cosecha propia para adaptarlas a mis recuerdos, respetando lo esencial-. No puedo por lo tanto citar la fuente.

PARA TODOS AQUELLOS QUE SOBREVIVIMOS A UNA INFANCIA LLENA DE PELIGROS!!

“” La verdad es que no sé cómo hemos podido sobrevivir a nuestra infancia!!!

Mirando atrás es difícil creer que estemos vivos los que crecimos en la España de antes:

Viajábamos en coches sin cinturones de seguridad traseros, sin sillitas especiales, sin airbag. Hacíamos viajes de interminables horas seis ó siete personas embutidas en un SEAT 127, por ejemplo, ignorando los principios elementales de la ITV, entre vaivanes, un carrusel de curvas sin fin y baches de tal profundidad que hasta podría dormir dentro un perro de tamaño medio.

No existían protecciones, armarios o frascos de medicinas con tapa a prueba de niños.

Andábamos en bicicletas con el manillar torcido o una rueda medio desencajada, por supuesto sin protectores para rodillas, codos o cabeza. Los columpios, que chirriaban desvencijados, eran de metal oxidado y con esquinas en pico como para abrirle la crisma a un elefante.

Pasábamos horas construyendo nuestros “vehículos” con trozos de madera y rodamientos para lanzarnos por la más empinada cuesta y sólo entonces descubríamos que no habíamos considerado la posibilidad de unos frenos. Después de chocar con algún poste o directamente con la pared, el problema estaba resuelto.

Nos rompíamos los huesos y los dientes y no había ninguna ley para castigar a los culpables. La pedrada en la cabeza del bestia de turno, lo arreglaba la abuela en un santiamén con cualquier remedio casero sacado de la cocina o vete a saber de dónde, sin guantes esterilizados (la muy cochina inconsciente) y al día siguiente todos contentos y tan amigos.

Hiciera frío o calor, siempre se nos podía ver corriendo y jugando a la intemperie. Salíamos de casa por la mañana todavía masticando el desayuno. No era necesario quedar con nadie porque en cualquier callejón encontrabas cómplices y sólo recogíamos velas cuando te peleabas con alguien, te echaban de mala manera o el aburrimiento obligaba a la deserción masiva. Jugábamos a las chapas, a la peonza, a las canicas, a la lima, al rescate…, en fin, tecnología punta.

Entretanto, ¡madre mía, nadie podía localizarnos!. ¿Cómo pudimos respirar siquiera sin móviles?

Íbamos al colegio cargados de libros y cuadernos bajo el brazo, aunque los niños bien ya usaban mochila, pero sin refuerzos, ni ruedas, ni ergonomía alguna. Por cierto, ¡qué feos los de mi clase! El que no tenía un diente mellado tenía una cicatriz en la sien y el que no, la cara picada de viruelas.

Comíamos bocadillos de talla XXL cuando era posible y si no, dulces y toda suerte de chucherías o sucedáneos que nos daba el quiosquero con sus propias manos, pero no éramos obesos. Si acaso estaba el gordito de siempre y punto.

Todos bebían de la misma botella y nadie se contagió de nada… salvo de piojos, que pillados en el cole nos acompañaban largas temporadas para espanto de nuestras madres. Saciábamos la sed directamente del grifo de cualquier fuente pública, donde chupaban los perros o cualquier animal que pasara por allí y si no de arroyos y pozos, siempre sin control sanitario. En caso de duda, alguien soltaba lo de “agua corriente no mata a la gente” y entonces ya tranquilizados arrimábamos la boca.

Pocos podían presumir de conocer el significado de palabras como Nike, Samsonite, Levis, vocablos tan exquisitos como exóticos. No tuvimos Playstations, ni posibilidad siquiera de imaginar lo que después serían los SMS, el Google o los mp3, pero nos lo pasábamos de lo lindo tirándonos globos llenos de agua, trepando a tapias y árboles, colándonos en casas abandonadas y arrastrándonos por los suelos hasta destrozar zapatos y ropa.

Sólo disponíamos de 2 canales de televisión y ningún mando a distancia, raramente con programación mas allá de medianoche. Sentarse a ver una serie, un partido o una película, era un acontecimiento ritual celebrado con toda la familia -entendiendo por familia también a medio vecindario que se apuntaba al evento-.

Cubríamos largas distancias a pata sin rumbo fijo. ¡Imagínense!, sin pedir permiso a los padres, nosotros solos allá fuera, en el mundo cruel. !Sin ningún responsable a mano! ¿Cómo lo conseguimos?

Se improvisaban juegos con palos, botellas y balones de fútbol deshinchados. Íbamos a cazar lagartijas y pájaros con tirachinas y algunos hasta con escopeta de perdigones antes de ser mayores de edad y sin supervisión adulta. ¡Dios mío, qué miedo!

Y ligábamos con las chicas persiguiéndolas para tocarlas el culo, no en un chat diciendo gilipolleces del tipo 🙂 😀 😛

Éramos responsables de nuestras acciones y arreábamos con las consecuencias. No había nadie para resolver eso. La idea de un padre protegiéndonos si trasgredíamos alguna ley era inadmisible, si acaso nos soltaban un guantazo y te callabas. Si un extraño te metía un sopapo después de alguna trastada, ya contabas con que tus propios padres lo aplaudirían al saberlo.

Tuvimos libertad, fracaso, éxito y responsabilidad y aprendimos a crecer con todo ello.

¿Tú eres uno de ellos? ¡Enhorabuena! Pasa esto a otros que tuvieron la suerte de crecer como niños, antes de que todos estos niñatos de ahora (que se creen algo que no son) destrocen el mundo en el que vivimos.

Un saludo a todos y cuidaros mucho! “”

POSTDATA: La alusión final a los “niñatos de ahora” no es mía, no la vayamos a liar.

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