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17/08/2017

Churchill, de copa en copa

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No hablemos del político o el estadista, ni siquiera del escritor, para eso hay ya muchas y voluminosas biografías, documentales y películas. Hablemos un poco del Wiston Churchill bebedor, gran fumador y glotón ilustrado.

En una visita oficial al rey de Arabia Saudita, Churchill vio con horror que en la mesa no había más que zumo de naranja y pidió urgentemente whisky. “La religión del rey”, le explicó el intérprete, “prohíbe el consumo de alcohol”. “Pues mi religión”, replicó Churchill, “exige el consumo de alcohol en todas las comidas, y a veces incluso a lo largo de los intervalos entre las comidas”.

¡Oh, cuán gustaba del buen whisky escocés, del coñac y el oporto y como buen inglés, también de la ginebra! ¿Qué decir del noble vino? Los vinos franceses eran sus preferidos y el champán Pol Rodger uno de sus grandes amores junto con esos 8 ó 9 puros habanos de grandes dimensiones que cada día metía entre pecho y espalda, específicamente Romeo y Julieta.

Cuenta Jesús Hernández en Historias Asombrosas de la Segunda Guerra Mundial, que Churchill prácticamente no dejaba de tomar alcohol a lo largo del día:

“Habitualmente, en cuanto despertaba se tomaba un whisky aún en la cama y no desayunaba sin haberse tomado antes un copa de jerez. Durante las comidas era fiel al champán francés y después se hacía servir varias copas de coñac hasta quedarse dormido. Por la noche descorchaba otra botella de champán y una copa de coñac de noventa años era el epílogo a la cena. Sorprendentemente, al poco rato se ponía a trabajar”.

Ingerir esa dosis de tan generosos caldos es algo que no parecía minar su capacidad de trabajo. A él al menos no.

La reputación de Winston Churchill como bebedor empedernido es legendaria pero, ¿era tan sólo eso, una “dependencia controlada” o claramente un alcohólico en toda regla?

No hay respuesta cierta a eso, ni fin para la polémica, algo que resulta lógico si tenemos en cuenta que no practicaba ejercicio físico, fumaba y bebía pródigamente y poseía un magnífico apetito, es decir, flirteaba con todas las armas de castigo hacia pulmones, hígado y corazón y aún así alcanzó los 90 años de edad.

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