Blog de música, tecnologías, poesía y cerveza fría

26/09/2017

Comprar y tirar para volver a comprar


El consumo desenfrenado y la obsolescencia programada

Siempre me gustó la aventura de comprar un nuevo artefacto. Informarse de los productos de nueva aparición, investigar características y las nuevas funciones incorporadas y por supuesto cotejar precios en la medida de las posibilidades de uno. Dedicar en fin el tiempo necesario hasta hacerse con el preciado objeto.

Desde hace algún tiempo comprendo la inutilidad de todo esto. Ya estoy cansado de tanta tontería… Es para desilusionarse ante la vorágine de cambios acelerados que obligan a que absolutamente todo acabe en la basura muy pronto ¿Para qué tanto interés si lo que ayer mismo era la bomba hoy solo es tecnología obsoleta?

La verdad es más cruel que la mentira. Suele ser así, y es una de las muchas paradojas de la vida. Si nos acostumbramos a la mentira es por comodidad y conveniencia, como un bálsamo que se quiere porque tapa ciertas cosas. Pero en sentido estricto la mentira seguirá siempre siendo mentira. Importa no olvidarlo.

No queda más remedio que seguir aprendiendo a vislumbrar la verdad en la medida en que sea posible, cada uno a su ritmo particular, empleando el propio discernimiento. Lo que cuenta es mantener abiertos los ojos y procurar contrastar cualquier información que para nosotros resulte esencial. Ardua lucha, llena de sinsabores, más teniendo en cuenta que la manipulación se extiende como un manto pegajoso por todas partes y que a medida que vamos levantando velos surgen otros nuevos, así que no hay tregua. Cada cual ha de decidir qué precio pagar a cambio de lo que recibe.

Enfrentarse a la verdad ofrece esa sensación poderosa de liberación no exenta de dolor, como nos enseñaba aquel cuento de La Tienda de la Verdad.

Llamemos la atención sobre el consumo, sobre el grado mayúsculo que ha alcanzado en nuestras vidas. O mejor dicho, la pérdida de un control sobre el mismo. A los ciudadanos-usuarios-compradores-consumidores ya se nos ha ido todo esto de las manos.

¿Imaginabas que, alcanzado un cierto estadio de desarrollo, el ser humano se dedicaría a vivir holgadamente cultivando su intelecto y otras buenas virtudes mientras toda esa tecnología prometedora se encargaba del trabajo sucio y rutinario? Tal es el camino que nos presentaron hace muchos años un buen montón de teorías futuristas de las que subyacen en películas y publicaciones de distinto signo. Pura utopía. El sistema tal como lo tenemos montado, nos devora para perdurar, nos empuja a un frenético ritmo de compras que baja ningún concepto puede detenerse. La producción ha de crecer a ritmo exponencial sin que nosotros sepamos en realidad hacia dónde conduce todo esto.

Ahora más que nunca nos venden la idea de que para ser feliz es indispensable comprar de manera continua, sin apenas respiro y esto ya constituye un modo de vida muy extendido en cualquier rincón del planeta, dentro de cualquier estrato social.

Tú no determinas cuándo deshacerte de una de tus posesiones materiales; otros lo hacen por ti. Sin que lo sepas lo más seguro es que lo haya decidido de antemano el fabricante y todo su aparato propagandístico. ¿Has pensado en cuánto dura tu teléfono móvil en estos últimos años? ¿la televisión, el frigorífico, el reproductor de mp3, el ordenador, la ropa o los zapatos que usas?

Existe una práctica empresarial conocida como Obsolescencia programada que consiste en reducir deliberadamente la vida útil de los productos para incrementar su consumo. El documental “Comprar, tirar, comprar” hace un recorrido por la historia de la muerte programada de los bienes de consumo, impulsada por las empresas para incentivar nuevas compras. Puede considerarse algo sesgado en su enfoque, tal vez un poco demagógico, pero muy válido para reflexionar un poco sobre esta locura.

La obsolescencia programada o planificada (“Planned obsolescence” en inglés) no es una práctica de reciente aparición, sino que fue desarrollada por primera vez entre 1920 y 1930, momento en el que la producción en masa empieza a forjar un nuevo modelo de mercado en el que es necesario que los productos se vuelvan obsoletos de manera premeditada para alentar a los consumidores a comprar sin demasiada pausa.

El éxito de tal estrategia está garantizado gracias a nuestro deseo irrefrenable por acceder a las últimas posibilidades que nos ofrecen los fabricantes. Caeremos en el juego sin remisión.

Esta práctica es ahora base implantada en la economía moderna a pesar de las consecuencias medioambientales de un sistema que genera toneladas de residuos inútiles -el cuidado del medio ambiente y por extensión la previsión del futuro del ser humano, pasa a un segundo plano de prioridades-.

El mercado actual de la electrónica de consumo, informática, audio o imagen está diseñado expresamente no con una obsolescencia programada única, si no con varias a la vez y por distintos frentes. Lo más grave de todo es que ahora somos nosotros mismos quienes tenemos esa obsolescencia programada en el cerebro. Si no compras inmediatamente, si te resistes, te van a mirar mal; te llamarán carca, tacaño… Estás fuera.

Cada producto que se desecha prematuramente supone una frustración para el usuario, pero no importa, ya que una gran masa de gente vive ese modelo de consumismo exacerbado, lo defiende a capa y espada y se deja arrastrar por todas las modas que se proponen cada día, por absurdas que resulten.

A mí también me gusta adquirir todo tipo de bienes pero eso no tendría que implicar que los inmediatamente anteriores -en general con muy pocos años y funcionando- haya que tirarlos por cojones. Cuando compro un producto, cualquiera que se ajuste a mis posibilidades económicas, como persona cuidadosa espero una cierta duración. Por tanto me gustaría ser yo quien decida cuándo ese producto ha dejado de ser útil, o si puedo o no puedo soportar su antigüedad.

Como consumidores atados a una compra programada hemos sufrido incontables abusos en nuestra experiencia personal tanto con los productos como con los servicios que se nos ofrecen y tenemos la certeza de que hoy compramos artículos con un ciclo de vida muy corto, una garantía escasa y casi nulas posibilidades de reparación.

¡Tiempos aquellos en que las cosas se reparaban! Sí, he dicho “reparar” algo que ahorraría dinero y recursos y te devolvería parte de la iniciativa ahora perdida.

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