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24/09/2017

El antropólogo inocente: etnografía con humor

Nigel Barley es un antropólogo recién doctorado. Un joven británico algo torpe que en 1978 decide emprender un viaje de investigación sin mucho entusiasmo, simplemente porque sabe que eso es lo que debe hacerse cuando uno ha estudiado en Oxford, cuna de intrépidos trotamundos y prestigiosos especialistas.


¿Adónde ir cuando todo está tan trillado en el mundo de los estudios antropológicos? Después de muchas dudas Barley acaba, se diría que casi por casualidad, en el país de los Dowayos, una atrasada y poco conocida tribu de Camerún.

Instalado en una pobre choza de barro investigó durante cerca de dos años las costumbres y creencias de los lugareños de tan remoto rincón, escenario para él de todo tipo de penalidades, equívocos y hasta situaciones surrealistas.

El fruto de su trabajo de campo fue “El antropólogo inocente”, una propuesta alejada de los aburridas investigaciones antropológicas al uso. De entrada el autor discrepaba de los métodos tradicionales y académicos de sus colegas y por ello (entre otras cosas) el resultado escrito fue muy distinto. Sería algún tiempo después cuando el Museo Británico lo publicó casi como una curiosidad y pronto se convertiría en un éxito de ventas.

“El antropólogo inocente” es una muy entretenida visita a un mundo diametralmente opuesto al nuestro, un mundo todavía no tocado por la “civilización”, una novela contada en primera persona con cierta inocencia y mucho humor, plena de ironía del autor para consigo mismo y con gran sentido del absurdo.

Los personajes del país dowayo lo son de verdad, son imprevisibles y disparatados, cumpliendo una vez más la máxima de que el carácter africano con frecuencia resulta para los occidentales escurridizo e inexplicable. Este choque de mundos preside la dura aclimatación del autor a la vida de la tribu.

A lo largo de la narración se combinan los descubrimientos científicos con los apuros del propio Barley por subsistir sin apenas medios, desquiciado por las trampas de la infernal burocracia camerunesa, intentado hacerse entender en una lengua compleja y con unos habitantes incapaces de comprender qué hacía un blanco por allí.

Sobre la complejidad de esa lengua dan idea las dos siguientes anécdotas:

Los dowayos no tuvieron nunca conciencia de las dificultades que su idioma planteaba a un etnógrafo europeo. Se trata de una lengua tonal, es decir, que el tono en que se pronuncia una palabra altera su significado. Muchas lenguas africanas tienen dos tonos; los dowayos emplean cuatro. (Además) un tono puede muy bien verse afectado por los de las palabras contiguas (…) Cuando me encontraba con un dowayo, lo saludaba: “¿Está el cielo despejado para ti?”. “El cielo está despejado para mi” (…) Una variación de tono convierte la partícula interrogativa (…) en la palabra más malsonante del idioma, algo parecido a “coño”. Así pues, solía yo desconcertar y divertir a los dowayos saludándolos de este modo: “¿Está el cielo despejado para ti, coño?

En otra ocasión Barley cuenta:

Yo tenía prisa por marcharme porque había comprado un poco de carne por primera vez en un mes y la había dejado al cuidado de mi ayudante. Me levanté y le estreché la mano cortésmente. “Discúlpeme -dije-, tengo que guisar un poco de carne.” Al menos es lo que pretendía decir, pero debido a un error de tono declaré ante una perpleja audiencia: “Discúlpeme, tengo que copular con el herrero.”

Luego de ejercer como viajero un poco a su pesar y tras la dura experiencia en el continente negro, Nigel Barley regresa a su país (incluido un rocambolesco paso por Italia) para constatar que todo sigue igual y sentir que ha despertado en él una extraña añoranza por el país dowayo que lo impulsará a volver tiempo después.

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