Blog de música, tecnologías, poesía y cerveza fría

22/11/2017

España duele

Fiesta y siesta, tan sólo dos palabras pueden llegar a sintetizar la visión que tienen en el extranjero de España y, hay que subrayar, no es raro que los extranjeros tengan mejor opinión de España que los mismos españoles.

Vale, y ¿qué será realmente lo que vertebra a España?.

No hay desde luego una sola cosa, sería radical simplismo, pero en caso de mojarse (“si tuvieras que llevarte a una isla desierta…”) y algunas guías turísticas europeas lo señalan, aquí el ritmo de vida está marcado por la necesidad de la gente por encontrarse, principalmente en bares, plazas y otros lugares, porque ante todo prevalece el afán de socializar como principal seña de identidad.

Ahí tenemos algo. Y el estilo de vida español incluye además el noble arte de sestear, ridiculizado a pesar de sus evidentes beneficios y cuya técnica no es fácil dominar, y el arte de beber sin necesariamente emborracharse (constituye en efecto todo un arte convivir con tantísimos bares y no estar invadidos por un ejército de alcohólicos, quizá por la normalidad de tener los caldos a mano o saber lidiar con el alcohol, a diferencia de otros países más “avanzados” cuyos ciudadanos dan patéticamente la nota a la tercera copa).

No quiero sin embargo hablar de jarana, tapeo y siestas, de creencias, enchufismo y prebendas; eso nos llevaría a una disquisición sin fin sobre mil tópicos, y los tópicos llenan la boca de todos anulando cualquier razonamiento preciso y son además muy difíciles de desincrustar de la mentalidad colectiva. De hecho hay gran cantidad de prejuicios acerca de España y los españoles que generaron los viajeros europeos del XIX en su visita de entonces a nuestro país y que, con leves variaciones, perduran hasta el día de hoy.

Los españoles desayunan una jícara de chocolate, comen un ajo mojado en agua y cenan un cigarrillo.

Eso le habían advertido a Théophile Gautier antes de emprender su viaje a ese país tan “salvaje” y extraño, pese a ser vecino, que era España.

Me interesa mucho la percepción foránea pero pienso que es más relevante la percepción propia que tengamos nosotros para rectificar cosas y así poder escoger mejores caminos.

¿No terminaremos de asimilar qué significa ser de aquí? (lo de ser español, me refiero). ¿Cómo impulsarnos más? ¿Cómo alcanzar un mejor modelo de desarrollo, algo que una y otra vez se nos escapa? También en cuanto a modos de convivencia contamos con numerosos fracasos a nuestras espaldas y ni siquiera nosotros mismos somos proclives a hacer patria.

Como cantaba un poeta del XIX, Joaquín Bartrina,

Oyendo hablar a un hombre, fácil es

acertar dónde vio la luz del sol;

si os alaba Inglaterra, será inglés,

si os habla mal de Prusia, es un francés,

y si habla mal de España, es español.

En anteriores siglos no faltaron antepasados interrogándose sobre España, sobre su papel y relevancia cultural y contextual, acerca de lo que pueda suponer ser español en este bendito mundo.

Meditaron largamente sobre las rémoras que acompañan al país y muchas cosas fueron replanteadas acerca del carácter nacional, de sus vicios y virtudes, las costumbres, el trabajo, la educación o la religión. Sabían que se amontonaban males endémicos y formularon diagnósticos y tratamiento en su empeño por regenerar España (de ahí procede el término “regeneracionista“). Puesto que no se lee demasiado y aún menos se aprende de los errores del pasado, aunque los escritos de José Cadalso, Larra, Unamuno, Ortega y Gasset o Joaquín Costa siguen por ahí, volveremos a re-pensar desde cero, quien esté dispuesto a hacerlo, y continuarán bastantes cuestiones por resolver al respecto (básicamente porque no ha cambiado mucho el rumbo).

No necesitamos más a aquellos que piensan que son baluartes de nuestra cultura consignas como “A por ellos Oe”, la devoción a la virgen y la simpática informalidad, o quienes aplauden la conducta de los grandes pícaros que medran en la sociedad, lacra inveterada del país. A veces da la impresión de que no sabemos hacer nada mejor que desfilar llenando de cera las calles.

Decía Lorca en la última entrevista que le hicieron, poco antes de ser asesinado:

Yo soy español integral y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más. Yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula; pero antes que esto soy hombre de mundo y hermano de todos. Desde luego, no creo en la frontera política.

España forma parte de nuestra alma y siempre nos emociona, pero a menudo causa sonrojo constatar una serie de comportamientos anacrónicos, cuando no es la desidia o la superficialidad de quienes no se esfuerzan por cambiar algo, por malo que sea y presumen de un atraso sano y auténtico, de una santa ignorancia que al parecer ha de formar parte de nuestra supuesta idiosincrasia.

Una lista de pecados patrios (hoy no hablaremos de virtudes, que por supuesto también las tenemos) podría incluir lo siguiente:

– No tenemos término medio: o conmigo o contra mi, oscilando sin remedio entre delirios de grandeza y complejos de inferioridad.
– Somos los reyes del escaqueo, de la desunión y la apatía (lo que no impide que a la mínima se llene todo muy rápidamente de vocerío).
– Incubamos rencores con facilidad. Padecemos una envidia confusa.
– Siempre con serias dificultades de organización y planificación, así como de cumplimiento de las normas.
– Importantes lagunas educativas y culturales, charla inconsecuente, observaciones banales, gusto por el bullicio…

No sigo. Históricamente somos una nación más bien pobre y atrasada y es más que probable que lo sigamos siendo. Ello, como acabamos de ver, por muchas razones, aunque yo quisiera destacar por encima de ellas otra más: ¿hasta cuándo tendremos dentro de la estructura del país a grupos reaccionarios ocupando influyentes sectores de poder y decisión? Porque eso implica permanecer reñidos con la innovación, cuando ya estamos escasos de estímulos reales y lejos de dar algún salto.

Nunca han faltado aquí grupos que presionan para frenar posibles avances.. Ya no se si alguna vez alcanzaremos un equilibrio de opiniones que supere los antagonismos de siempre. Se diría que esto es una sociedad vengativa.

Si pertenecemos al mismo solar, para entender, defender y promocionar lo nuestro hemos de descifrarnos mejor a nosotros mismos. Luego reinterpretarnos sin tantos complejos y apartar a parásitos y carcas del timón.

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