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17/12/2017

Jiménez de la Espada en la Comisión Científica del Pacífico


Sentado, Marcos Jiménez de la Espada

La denominada como “Comisión Científica del Pacífico” fue la expedición ultramarina española más importante de la época isabelina y una de las más relevantes que se enviaron a América desde Europa en el S. XIX.

Historia

Tanto Francia como Inglaterra habían impulsado una intensa actividad expedicionaria en las costas del Nuevo Mundo desde finales del XVIII y el deseo de España era no quedar atrás en ese sentido. Era además para los gobernantes una época de interés por los asuntos científicos y por fomentar iniciativas que permitieran abrir horizontes y acrecentar el prestigio.

Durante el siglo XVIII España ya había organizado varias expediciones al continente americano: en 1777 al Virreinato del Perú; en 1783 al Nuevo Reino de Granada (dirigida por el médico, botánico y matemático gaditano José Celestino Mutis). Y por último en 1787 al Virreinato de Nueva España. A ésas hay que sumar la que llevó a cabo Alejandro Malaspina en 1789.

La del S. XIX se concibió en la Corte de Isabel II como una operación a la vez que científica, militar, para reforzar la maltrecha presencia española en las costas americanas del Pacífico. Bajo la influencia de los logros del gran Alexander Von Humboldt, los responsables de la operación decidieron darle un enfoque científico integral y serio, esto es, realizar un completo análisis de la biodiversidad, geografía y antropología del continente americano como nunca se había hecho hasta entonces.

No sólo se documentaría gráficamente sino que también se recogerían multitud de especímenes, tanto vivos como muertos, destinados al Museo de Ciencias Naturales y al Jardín Botánico de Madrid. Para ello, se eligieron ocho naturalistas, de los que cuatro eran zoólogos. Jiménez de la Espada logró ser uno de ellos.

Marcos Jiménez de la Espada (Cartagena, 1831- Madrid, 1898) es uno de los científicos españoles más importante del siglo XIX. Zoólogo y explorador, fue el más significativo de los ocho componentes de la Comisión Científica del Pacífico. Aunque la zoología era su especialidad también abordó con brillantez la Historia y la Geografía. Un naturalista total.

Tras estudiar Ciencias Naturales en Madrid y ser ayudante de Mineralogía y Geología en el Museo de Ciencias Naturales de la Corte, donde impartió clases, se encargó del Jardín Zoológico de Aclimatación ubicado en el Real Jardín Botánico de Madrid. Tenía 31 años cuando fue elegido miembro de la Comisión del Pacífico. Fue el primero en enviar a Europa ejemplares de fauna procedentes del continente americano desconocidos hasta ese momento.

Un largo periplo por Sudamérica

La expedición se llevó a cabo entre 1862 y 1865 y estuvo integrada por tres zoólogos (Patricio Paz, Francisco de Paula Martínez y Marcos Jiménez de la Espada), un geólogo-entomólogo (Fernando Amor), un botánico (Juan Isern), un antropólogo (Manuel Almagro), un taxidermista (Bartolomé Puig) y un dibujante-fotógrafo (Rafael Castro y Ordóñez).

Viajaron primeramente por tierras de Brasil, Río de la Plata y Chile. Fueron meses de deslumbramiento ante las bellezas y atractivos de la naturaleza tropical y de entusiasmo ante los estímulos intelectuales procedentes de unas sociedades pluriétnicas en constante transformación.

El grupo se dividió en Montevideo para dirigirse a Valparaíso. Paz, Amor, Isern y Almagro emprendieron el viaje remontando el Paraná y luego cruzaron las pampas argentinas y los Andes en diligencia y a caballo. El resto eligió la vía marítima: Jiménez de la Espada pasó el difícil estrecho de Magallanes; sus colegas Martínez, Puig y el fotógrafo Castro hicieron la travesía por el cabo de Hornos.

Martínez, Castro, Puig y Amor llegaron hasta California, donde éste último falleció en la ciudad de San Francisco. Jiménez de la Espada, por su parte, hizo una gira por puertos de diversos países centroamericanos. Isern y Almagro pasaron la mayor parte de ese tiempo haciendo herborizaciones y excavaciones arqueológicas en tierras bolivianas y peruanas.

A lo largo de ese período las relaciones entre los comisionados y los jefes de la Escuadra fueron a peor y la antipatía entre unos y otros se hizo recíproca. Jiménez de la Espada fue, al parecer, el más crítico de todos ellos con los aspectos concernientes a la organización del viaje y junto a Issern, el miembro más activo y audaz. Los naturalistas dieron muestras de estar hartos de decisiones poco meditadas y autoritarias por parte de los responsables. Para colmo se estaban deteriorando rápidamente las relaciones entre España y las distintas repúblicas hispanoamericanas.

Aunque recibieron la orden de “abortar misión” y volver a España, sólo lo hizo el fotógrafo Castro. El taxidermista decidió permanecer en Chile tras casarse con una joven de aquel país y el resto del equipo renegoció con Madrid continuar y emprender el regreso atravesando el continente sudamericano por su parte más ancha, cruzando los Andes ecuatoriales y la cuenca hidrográfica amazónica: desde Ecuador a la desembocadura Amazonas.


Caballeros elegantes, hasta para viajar

Martínez, Jiménez de la Espada, Almagro e Isern prepararon un itinerario a partir de Guayaquil, primero en un barco a vapor y después en recuas de mulas ascendiendo los Andes. Semanas después bajaron por Quito y siguiendo la ruta de Francisco de Orellana, exploraron el este de Ecuador y luego descendieron por el Amazonas en canoa, balsa y vapor en un viaje heroico, afrontando un sinfín de obstáculos. Finalmente Almagro se dirigió a La Habana y Martínez, Jiménez de la Espada y un Isern gravemente enfermo, se embarcaron en Pernambuco (la actual Recife) rumbo a Lisboa. Todos ellos se reunirían en Madrid en enero de 1866. Días después fallecería el laborioso Juan Isern.

Para el seguimiento de las dos primeras etapas disponemos de numerosos testimonios escritos y de uno singular: la cámara de Rafael Castro y Ordóñez. Precisamente el hecho de que se incorporase a esa expedición un dibujante-fotógrafo, y que conservemos una parte representativa de ese legado técnico y artístico, reviste a esa empresa científica de un especial valor historiográfico

Gracias a la cámara de Castro podemos aproximarnos a la configuración urbana de las ciudades que recorrieron esos viajeros, percatarnos de la magnificencia de la naturaleza americana y comprobar la complejidad de esas sociedades multiétnicas. Se le puede considerar uno de los pioneros del reportaje gráfico en España.

Almagro hizo una crónica oficial del viaje. Amor e Isern enviaron diversas cartas y escritos a periódicos madrileños. Tanto Martínez como Jiménez de la Espada escribieron sendos diarios, pero es éste último quien nos legó unas descripciones de particular viveza y poder evocador.

En su periplo americano Jiménez de la Espada, que siguió las huellas de Humboldt, observó la naturaleza, el paisaje y las culturas de un mundo nuevo para él, desde una óptica totalizadora y armónica.

La mirada de ese naturalista romántico se caracteriza por una singular simbiosis de razón y sentimiento. Su rigor científico no fue incompatible con la utilización de otros ingredientes más subjetivos, como el idealismo y distintas referencias humanistas.

Gracias a su testimonio, sus contemporáneos pudieron por vez primera descubrir muchos detalles de la realidad americana hasta entonces desconocidos.

Con la marcha de Castro, el trabajo gráfico corrió a cargo del propio Jiménez de la Espada, que incluyó numerosos dibujos de los paisajes que visitó durante la travesía en su diario. Muchos de estos dibujos son de volcanes, por los que parecía sentir una especial atracción que le llevó a escalar cuantos se encontró en el camino: Izalco en El Salvador y Cotopaxi, Sumaco y Pichincha en Ecuador. En el inmenso cráter de este último, Jiménez de Espada se perdió, quedando cuatro días sin comer, sufriendo aguaceros, nevadas y temblores de tierra; su salvación fue providencial.

Tras el regreso

A su regreso a Madrid, Jiménez de la Espada se reincorpora a la Universidad y a su trabajo en el Museo. Los años siguientes los dedicará a organizar y estudiar el ingente material traído en la expedición, hasta ser un autor de referencia para zoólogos de toda Europa. Además se transformó en historiador, convirtiéndose en el último cuarto del siglo XIX en uno de los más importantes animadores de la incipiente comunidad científica de americanistas.

Durante la aventura americana, Jiménez de la Espada recolectó todo tipo de animales que no sólo estudió, sino que también envió, vivos, a Madrid. Distintos ejemplares de mamíferos, aves y reptiles que hasta entonces no se habían llevado nunca a Europa, entre ellos algunos tan característicos como la mara o liebre de la Patagonia, el guanaco, el cisne de cuello negro y el cóndor de los Andes. Muchos de los descendientes de estos animales serían cedidos más tarde a diversos jardines zoológicos europeos.

En 1876 fundó la Sociedad Geográfica de Madrid y en 1883 entró en la Academia de la Historia. Desde allí dirigió la reedición de las obras de grandes viajeros medievales y modernos como Pero Tafur y el jesuita Bernabé Cobo y los estudios sobre el Perú prehispánico de Pedro Cieza de León y Bartolomé de las Casas.

En los últimos años de su vida cosechó el mayor reconocimiento internacional por su obra. Participó en congresos americanistas. Su labor en pro de la divulgación de la antigua cultura incaica le valió la concesión de una medalla de oro por parte del Gobierno Peruano. También se le nombró miembro de la Sociedad Berlinesa de Antropología, Etnografía y Prehistoria, de la Real Sociedad Geográfica de Londres y de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Madrid. En 1895 accedió a la presidencia de la Sociedad Española de Historia Natural que él mismo había contribuido a fundar.

En 1871 cofundó la Sociedad Española de Historia Natural y en 1876 fue socio fundador de la Sociedad Geográfica de Madrid. En 1877 ingresa en la dirección de la Asociación Española para la Exploración de África.

Francisco Giner de los Ríos y otros amigos que había hecho en la Institución Libre de Enseñanza le presentaron como símbolo del regeneracionismo científico español durante una ceremonia de homenaje oficiada tras su muerte en 1898.

La Comisión Científica del Pacífico de 1862 quedó en el olvido durante muchos años a pesar de la gran cantidad de información que aportó a la ciencia en aquel momento.

Fuente principal | CSIC

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