Blog de música, tecnologías, poesía y cerveza fría

25/07/2017

La creatividad en la era de los algoritmos

La inteligencia artificial no es algo nuevo pero ahora está logrando resolver tareas cada vez más complejas, antes impensables. Los programas construidos en base a algoritmos -conjunto de operaciones lógicas que proporcionan un resultado – permiten a las máquinas detectar patrones y orientar esa información recibida con fines precisos.

El aprendizaje automático cuenta con veteranos logros como el reconocimiento de rostros, de voz, la traducción o la corrección automática pero los recientes algoritmos de un gigante como por ejemplo Google pertenecen a un tipo de inteligencia artificial más avanzado, el llamado aprendizaje profundo (o “Deep Learning” en inglés). Los científicos, en vez de desarrollar sistemas basados en reglas comenzaron a perfeccionar sistemas basados en el aprendizaje. Y en eso estamos.

Google se basa en el aprendizaje que sus máquinas hacen de la descomunal información manejada, algo en lo que otras muchas empresas también trabajan (Facebook sin ir más lejos). Los correos electrónicos de Gmail, las imágenes de Google Fotos, los vídeos de Youtube, la información que fluye por los dispositivos Android y la inmensa base de datos de su buscador son la materia prima para que los ordenadores de la compañía sean cada vez más inteligentes. Google estudia a fondo el cerebro humano para crear su sistema de inteligencia artificial. La tecnología detrás del aprendizaje de las máquinas son las llamadas redes neuronales. Estas utilizan capas de datos que se van interconectando entre sí, como las neuronas del cerebro, para generar nuevas capas de datos que vuelven a ser procesadas, un mecanismo similar al del propio pensamiento humano.

AutoDraw, uno de los últimos experimentos de Google, trabaja para que cualquier persona pueda realizar un dibujo rápidamente con poco más que un garabato. Magenta es otro proyecto de Google cuyo objetivo es determinar si estos sistemas pueden ser “entrenados” para alumbrar piezas originales de música, pintura y otras disciplinas artísticas.

En la actualidad, la inteligencia artificial, cada vez más popular, se está abaratando mucho, va llegando a todas las empresas y por consiguiente a mucha gente. El gran desarrollo de la nube posibilita el procesamiento de una cantidad ingente de datos y además contamos con la socialización digital, un fenómeno imparable mediante el cual todo el mundo comparte sus experiencias en las redes sociales. Así que el plato está servido para que los algoritmos puedan dominar nuestro mundo.


Pero el arte, como expresión de emoción y sentimiento humano, ¿no era algo sagrado? Tal vez no, ya estamos viendo los primeros signos de invasión a cargo de la automatización y la inteligencia de las máquinas.

En la creación de páginas web no dejan de aparecer herramientas de arrastrar y soltar en lugar de tener que picar código, algo que puede ser suficiente para lo básico, por lo que diseñadores profesionales y desarrolladores todavía pueden ganarse la vida. ¿Hasta cuándo?

La Inteligencia Artificial (AI) está invadiendo profesiones creativas y, más importante aún, mejorando todo el tiempo. ¿Componer música? La AI ensaya con las redes neuronales profundas para comprender cómo componer y adaptar la música para que el usuario final puede personalizar su experiencia. Las listas de reproducción se basan en algoritmos con alto grado de adaptabilidad a la persona. Con Spotify y Shazam las personas tienen acceso instantáneo a toda la información que requieren sobre la música que van a escuchar. Usando algoritmos no solo predicen la música que te gusta sino qué películas ver en Netflix, qué restaurante visitar o tu siguiente compra en Amazon. Esto es encomiable desde el punto de vista del logro tecnológico pero no es creativo en sí mismo.

¿Podría una máquina escribir la reseña de un concierto de música? ¿Confeccionar una entrevista? Potencialmente, si. Estamos ya en una etapa donde las máquinas pueden originar contenido periodístico, incluso literario. No son resultados como para ganar un premio Pulitzer. Tampoco hay evidencia de que las máquinas sean capaces de producir algo parecido a Edgar Allan Poe o Charles Dickens pero no es demasiado difícil crear algo que a fin de cuentas está formado por palabras y ante la perspectiva de un ahorro de tiempo y dinero, ten por seguro que avanzarán en ello. La cuestión es que si al esfuerzo artístico lo reemplaza un conjunto de algoritmos quedará comprometida la calidad del resultado.

Millones de empleos van a perderse con la automatización y aunque se crearán nuevos puestos de trabajo y especialidades, no será en la misma proporción. Vamos hacia una economía impredecible; trabajos como la fabricación y la producción son los primeros afectados pero también el “reino creativo”: servicios para componer música, creaciones visuales que salen como churros, espacios televisivos, aplicaciones que convierten una foto familiar en un boceto de Van Gogh, traducciones en tiempo real, informes de noticias escritos por un robot, sitios web que se montan en dos patadas…

Esto nos lleva a una pregunta incómoda. Si la creatividad es por definición un rasgo humano primordial, algo que nos diferencia de las máquinas, ¿dónde encontraremos los estímulos para continuar siendo creativos si a partir de ahora estas herramientas van a hacerlo por nosotros? Además, como no cesa de aumentar la cantidad de tareas -creativas o no- en las que interviene un software, ya no será indispensable recordar hechos, números, datos, rutas mentales para llegar a un lugar o planificar un viaje estudiando el destino a conciencia. Sabemos que todo ello es accesible instantáneamente con un smartphone a mano. Esto sin duda tiene un impacto sobre la capacidad del cerebro no solo para recordar, sino para entrenarse, reforzarse, involucrarse más con el entorno y las relaciones, lo que no augura nada bueno si se impone como norma.

El germen de nuestra cultura, todos nuestros conocimientos y experiencias, están detrás de cada idea creativa, algo que cualquier persona puede experimentar en cualquier momento. Está claro que nunca vamos a perder el deseo de divertirnos y hacer las cosas por nosotros mismos. Que gracias a ello podamos conseguir un trabajo dentro de 15 años ya es otra cuestión. En cualquier caso el arte tiene a los seres humanos y los seres humanos necesitan arte. Los automatismos no deben constituir la característica definitoria de esa relación.

Los algoritmos de aprendizaje profundo son muy prometedores pero ¿no es prematuro esperar que estos algoritmos sean creativos? Tomemos el ejemplo de un corrector automático: del mismo modo en que puede mejorar la mala prosa convirtiéndola en algo decente, reduce también la prosa creativa al transformarla en prosa mediocre. Hay algoritmos capaces de producir música similar a la de Bach pero basta escucharla y nuestros sentidos detectan pronto que algo raro hay detrás.

La creatividad implica romper reglas, provocar emociones y sensaciones intensas, ser inesperado. Aunque no sea preciso darle excesiva trascendencia, la creatividad parece algo misterioso. Debería de mantener ese atributo, ya que el mayor riesgo es la estandarización de los gustos culturales (y la estandarización es lo opuesto a la creatividad).

Reflexiones a partir del artículo The art of algorithms: How automation is affecting creativity

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