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29/06/2017

Los invisibles os protegerán

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Maximiliano Hernández Martínez (1882-1966) dictador que gobernó despóticamente El Salvador entre 1931 y 1944), estaba obsesionado por las ciencias ocultas y la reencarnación.

De hecho se consideraba un brujo y hablaba de que unos “invisibles” le mantenían en comunicación telepática con el presidente de los Estados Unidos. Decía también que el péndulo que llevaba colgado al cuello le contaba si los alimentos estaban envenenados y donde localizar tesoros escondidos por los piratas.

El levantamiento campesino de 1932 fue una insurrección sofocada bajo su mandato que acabó con la muerte de aproximadamente 25.000 indígenas. Eso sí, el Presidente tenía el detalle de enviar cartas de pésame a los familiares de sus víctimas. Tras la matanza, los cadáveres enterrados a poca profundidad sirvieron como foco de contaminación, lo cual propagó focos de diversas enfermedades.

Mandó destruir todos los periódicos, artículos o panfletos que le fueran contrarios. Después de aquella masacre Hernández Martínez se ocupó de llevar a todo el territorio diversas obras teatrales con el propósito de justificar la represión y suavizar el ambiente. Cuando en el país se desató una peste de viruela, ésta fue tratada por el presidente forrando con papel azul las lámparas de las plazas, esperando que los “invisibles” salvasen a los vivos.

Entre otras cosas, estableció que todo aquel que pidiese educación debía ser considerado comunista, negando especialmente el acceso a la educación a obreros y asalariados porque, en sus palabras, pronto dejaría de haber personas dispuestas a trabajar en tareas de limpieza.

Tras la modificación que introdujo en la ley de policía, la pena por hurto pasó a ser la amputación de una mano y, ante la reincidencia, la condena era el paredón de fusilamiento. Cuando el gobierno norteamericano quiso enviar 3.000 soldados para dar protección al Canal de Panamá, el general salvadoreño se negó en redondo alegando que vendría tropa de raza negra y por tanto se corría el inminente riesgo de que se reprodujesen en El Salvador y que llenasen de niños de color al país.

Martínez mostraba, al igual que otros tiranos que han existido, una notable ternura por los animales. Según afirmaba: “Es un crimen más grave matar a una hormiga que matar a un hombre, porque un hombre después de muerto se reencarna, mientras que una hormiga está definitivamente muerta”.

Tras una amplia rebelión civil y una serie de huelgas que paralizaron el país, Hernández Martínez renunció al cargo y huyó a Guatemala, pasando posteriormente a vivir a Honduras. Años más tarde allí sería asesinado a manos de su motorista, quien le asestó 17 puñaladas. No se por qué.

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