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18/11/2017

Palabras como cuchillos: el arte del insulto

Artículo estúpido que sin embargo no pude dejar de escribir.

Definición de insulto

“Ofender a alguien provocándolo e irritándolo con palabras o acciones”. Ergo cualquier palabra o frase banal puede hacer pupa, a veces incluso sin pretenderlo. Entonces, ¿dónde hay y dónde no hay agravio?. No olvidemos que el insulto en definitiva está sujeto a formulismos socio-culturales.

Incubación del insulto

Es reacción o respuesta inmediata a la causa que lo genera: dolor, frustración, tensión, enfrentamiento con el prójimo… cuando explotas, vaya. Como ocurre con los tacos, el insulto es según nuestras convenciones un hábito reprobable que produce desagrado entre personas educadas, pero ¡coño! cada día padres, educadores, políticos o artistas abusan tanto de lo uno como de lo otro. Eso, eso, sigamos dando a los niños el mejor ejemplo de la contradictoria hipocresía que les espera en el futuro.

Cuánta humanidad en el insulto

Queda claro que los seres humanos convivimos con la necesidad de insultar y a fe que sabemos hacerlo de infinitas maneras: de forma sutil o de forma desaforada, apoyándonos en gestos (adelantar los hombros, inflamar la vena del cuello y abrir a tope las fosas nasales, alzar levemente una ceja y la comisura de la boca a lo Robert Mitchum), en el tono y timbre de nuestra voz, en recursos lingüisticos especializados, en expresiones heredadas de nuestra zona o sencillamente utilizando los vocablos más soeces que somos capaces de recordar.

Todo vale para dejar de manifiesto el máximo desprecio posible. El insulto puede transformar a una dulce y fina adolescente en la peor arrabalera. Sin embargo -ese es otro signo humano- podemos enzarzarnos en un enfrentamiento dialéctico y no físico y en tal sentido el insulto hasta podría considerarse que cumple una función terapeútica (la protagonista de “La tesis de Nancy” de Ramón J. Sénder, expresaba su asombro al ver a los españoles decirse de todo menos bonito y luego tirar cada uno por su lado sin haberse rozado en ningún momento).

El arte de insultar

Agresividad hiriente y chabacanería alzando mucho la voz, son las fórmulas que más a mano tiene quien insulta, pero me interesan menos puesto que para ser bestia a todo hay quien gane.

Como puro reflejo de la riqueza de un idioma, el insulto también es un arte. Somos los únicos seres del reino animal que no hemos de recurrir necesariamente a la violencia física para defendernos de una injuria. Por eso es el insulto un distintivo tan nuestro. Y más allá del conjunto de palabras destinado a incomodar a alguien, los insultos suelen convertirse en un agudo juego mental, un combinado de ingenio, picaresca, sarcasmo e ironía y por supuesto mala leche. Todo vale para marcar y degradar al adversario y dejarlo K.O.

Si aquel que recibe toda esta artillería se queda como en suspenso, no muy seguro de en qué medida le han dado un rapapolvo, entonces es cuando el insulto ha alcanzado cumplida categoría. Como refiere el escritor uruguayo Julio César Parissi, no se requiere una embestida soez para insultar, ya que tiene más mérito conseguir que una persona que ha sido insultada en vez de enojarse se avergüence, se calle o quede paralizada. Insulta con elegancia quien deja al otro sin capacidad de reacción (buen ingenio y mala leche al 50%). De la misma manera, un insulto fallido, cojo o sin gracia, es como un gatillazo.

Insultos clasificados

Al igual que la lengua, los insultos están siempre en constante evolución y pese a la inmensidad de variantes geográficas, presentan elementos comunes como para agruparlos por ejemplo así:

1. Insultos basados en los órganos, preferencias y actividades sexuales: tienes más cuernos que un saco de caracoles, pierde mas pluma que una pelea de gallos.

2. Aquellos dirigidos contra los progenitores o el resto de la familia de uno (principalmente la madre, que es donde más duele a cualquiera): me cago en el puñado de putas que hicieron falta para parirte mal, ¿Quieres que te diga algo dulce?: pues me cago en tus muertos en almíbar

3. Contra la capacidad intelectual de la otra persona (todo el mundo se ofende mucho cuando se dispara contra su inteligencia (más tonto que los pelos del culo, más basto que unas bragas de uralita o que un collar de melones).

4. Basados en la comparación del hombre con los animales: cerdo o marrano, asno, gallina, cabrón, mono, zorra, etc.

5. Los que van contra la nacionalidad, etnia, religión o características físicas del otro: tienes menos cuello que un muñeco de nieve, me cago en una fuente llena de santos, cagon Dios y en su puta madre y tos los santos del cielo metidos en una botella y Jesucristo de tapón (es que en este país, lógicamente se ha estilado mucho la blasfemia), más feo que pegarle a un padre con un calcetín sudao, etc.

6. Y por último maldiciones directas, donde los gitanos son unos maestros: Así te pique un pollo la cabeza, “¡Así te dé un mal dolor que se te derritan las horquillas del moño!”. “¡Y tú que lo veas con los ojos en la mano!”

Sobre insultos en otros idiomas echar un vistazo a este blog

Fuente 1
Fuente 2

3 thoughts on “Palabras como cuchillos: el arte del insulto

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