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23/09/2017

Philip Dick: desconfiando de la realidad

Dentro de una supuesta galería de autores malditos y alucinados podíamos incluir a Philip Kindred Dick (1928-1982), prolífico novelista estadounidense de ciencia ficción que obtuvo escaso reconocimiento mientras vivió y a quien sin embargo hoy nadie puede discutir el importante lugar que ocupa dentro del género.

Tal vez porque Dick exploró como muy pocos lo han hecho las profundidades de la realidad hasta poner en evidencia lo enigmática que puede resultar cuando se mira su fondo y el peligro que puede acechar al ser humano aunque éste se encuentre convencido de tener los pies asentados firmemente y por tanto que dicha realidad no deparará sorpresas a su existencia.

Sus novelas no están protagonizadas por héroes a la antigua usanza del género de ciencia ficción sino por gente trabajadora y corriente, donde predomina una sensación de constante erosión de la realidad, donde los protagonistas descubren que sus seres queridos (o incluso ellos mismos) son sin saberlo robots, alienígenas, seres sobrenaturales, espías sometidos a lavados de cerebro, alucinaciones, o cualquier combinación de éstos.

Dick era especialista en sembrar la zozobra a través de unas novelas sobre gente común acosada por la irrealidad del mundo, llamaradas oníricas, universos paralelos y estados policiales, hombres y mujeres enfrentados a situaciones ilógicas sin una puerta por la que escapar.

Visiones futuristas y desoladas son el escenario típico de las propuestas de Dick. Eso, las luchas con androides y con los propios terrores internos del ser humano, otorgan la suficiente fascinación sobre el lector y hacen que éste olvide la tremenda angustia que inspiró todas las páginas de Philip K. Dick. Eternamente en lucha con “los seres invisibles”, fueron éstos los que llevaron a la tumba en 1982, cuando el cine descubría la hermosura de los relatos de un autor fundamental de la ciencia ficción de segunda mitad del siglo XX.

¿Qué podría decirse de un hombre que escribió en una carta de 1974?:

“Un día, iba caminando por un sendero hacia mi cabaña, donde me disponía a escribir durante ocho horas en total aislamiento; entonces miré el cielo y vi una cara. No es que realmente la viera, pero la cara estaba allí, y no era humana; era un gran rostro de perfecta maldad. Era inmensa, llenaba un cuarto de cielo. Tenía las cuencas de los ojos vacías, era metálica y cruel. Lo peor de todo es que era Dios.”

Para empezar estamos delante de alguien con profundos desequilibrios psíquicos y, en efecto, toda su vida fue dominada por el temor a invisibles perseguidores. Philip K. Dick era un paranoico que sospechaba de todo y todos. Estaba convencido por ejemplo (y así lo denunció al FBI en los 70) que existía una conspiración soviética para apoderarse de la ciencia ficción en EEUU. También durante una conferencia pensaba que su público estaba compuesto por androides.

En el desorden de su vida y de su conciencia, la ciencia ficción fue su refugio personal. Escribió como un verdadero obrero de la pluma obligado a afrontar sus muchas deudas y mantener las familias formadas y rotas con distintas mujeres. Y lo hizo desde un género literario que en su primera época fue claramente marginal (para Hollywood la ciencia ficción era clase B). Como contaba en cierta ocasión:

“Elegir como carrera ser escritor de ciencia ficción. era un acto de autodestrucción; en efecto, la mayoría de los escritores ni siquiera podían concebir que alguien los tomara en consideración.”

Pocos saben que el genial novelista en el que se basaron películas de culto como “Blade Runner” (murió meses antes de su estreno), “Desafío Total” o “Minority Report”, profundizó en el esoterismo y que en la última parte de su vida la búsqueda de Dios fue para él una obsesión perturbadora.

Dick experimentó con diversas drogas y era adicto a los fármacos, aunque siempre negó que ello hubieran influido en su obra. En realidad era una persona de mentalidad compleja, atormentado por pesadillas que le decían que la realidad sólo era un montaje destinado a confundirlo. En consecuencia su obra es un producto laberíntico y extraño, pero en cualquier caso plagada de talento por parte de quien avisaba sobre un mundo en desintegración con hombres pequeños y perdedores luchando por sobrevivir en un entorno hostil.

En definitiva alertaba del peligro de la deshumanización, algo que nos seguirá haciendo cavilar mucho en el futuro. Por todo ese legado, por formular preguntas de hondo calado y por su predilección por la gente común acosada a manos de un mundo irreal y terrible, la obra de Philip Dick es por encima de rarezas y paranoias la obra de un humanista.

Para un acercamiento más detallado al personaje, hay un libro que estuve leyendo hace poco y que me inspiró este artículo. Se trata de “Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos”, de Emmanuel Carrère. La vida y la obra de Philip R. Dick en una lectura algo densa pero muy interesante.

Otras fuentes:

Fuente 1
Fuente 2
Fuente 3

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