Blog de música, tecnologías, poesía y cerveza fría

20/11/2017

Robert Mitchum, un aparente aire de desinterés

“I never changed anything, except my socks and my underwear. And I never did anything to glorify myself or improve my lot. I took what came and did the best I could with it.”

“Nunca he cambiado, excepto de calcetines y ropa interior. Y nunca hice nada para glorificarme a mi mismo o mejorar mi suerte. Tomé lo que vino e hice lo mejor que pude con ello”

Uno de esos actores que hay que reinvindicar. Y junto a Bogart, creador de un carácter inolvidable en el cine. No hay muchos más dentro de este rango.

Me encanta aquellos que consiguen potenciar la ironía y el descreimiento de sus personajes de forma contenida y en eso Mitchum era infalible. Con su rostro varonil, a menudo acompañado de una mueca burlona apenas perceptible, Robert Mitchum fue un actor más complejo e inteligente que la mayoría.

Y es que da la impresión de que nunca se tomó en serio lo de ser una estrella de Hollywood. Su indiferencia hacia la fama y para con las mentiras de la meca del cine le llevaron a decir que las películas le aburrían, “sobre todo las mías”. Y que sus dos registros interpretativos eran “con caballo y sin caballo”… Y que una de las mayores estrellas de todos los tiempos era el perro Rin Tin Tin.

Conocido particularmente por películas de cine negro, westerns y dramas bélicos, fue uno de los que mejor encarnó en la gran pantalla la imagen del mal a través de anti-héroes, personajes atrapados, villanos y perdedores.

Robert Charles Durman Mitchum nació en agosto de 1917 en una pequeña localidad de Connecticut y trabajó en lo que pudo antes de que el teatro primero, y después el cine, se cruzaran en su camino. Expulsado de diferentes colegios por pendenciero, arrestado por vagancia mientras recorría el país en vagones de ferrocarril, desempeñó varios oficios: figurante, boxeador semiprofesional, minero, compositor de canciones para espectáculos de variedades, cantante sin éxito… A los veinticinco años ingresó en el teatro y rápidamente fue contratado en Hollywood.

Allí destacó como brillante y sobrio intérprete de cejas curvadas, con una aparente inexpresividad que le ayudó a especializarse en personajes monolíticos y taciturnos. Su lento caminar y su acusada personalidad pervivieron en el cine a través de más de 100 películas y cinco décadas.

Recordemos que hizo muchas y buenas películas, título míticos de una época en que esto del cine se amasaba de manera artesanal y con mucho talento.

Su primer éxito en la gran pantalla fue con “Encrucijada de odios” y puso el rostro preciso de detective privado en “Retorno al pasado”, de Jacques Tourneur y en “Adiós muñeca”, donde daba vida a un Philip Marlowe cincuentón y cansado. Protagonizó “Cara de ángel” de Otto Preminger (título clave en la historia del cine negro), “Río sin retorno” junto a Marilyn Monroe y “El día más largo”, el ambicioso drama bélico sobre el desembarco en Normandía.

Acató las órdenes de Huston en ”Sólo Dios lo sabe” y de Vicente Minelli en ”Con él llegó el escándalo”. Co-protagonizó con Gregory Peck ”El cabo del terror” y con John Wayne “El Dorado” western glorioso de Howard Hawks. También fue cabeza de cartel en ”La hija de Ryan”, dirigida por David Lean, “La noche del cazador”, de Charles Laughton y “Yakuza”, de Sidney Pollack.

Fue un fumador y bebedor excesivo que estuvo en la cárcel por consumo de marihuana en 1949 y que vivió una existencia un tanto tumultuosa, con casi cuarenta detenciones y apasionadas aventuras al lado de Ava Gardner, Marilyn Monroe, Rita Hayworth o Shirley MacLaine, por la que estuvo a punto de abandonar a la que fue su única mujer y madre de sus tres hijos, Dorothy Spencer.

Contrario a las escuela del método, este tío Individualista, escéptico, rebelde e impulsivo, se fue cotizando como actor con el tiempo hasta convertirse en leyenda, aunque nunca le concedieran un Oscar. Cómo irónicamente dijo en una ocasión: “La única diferencia entre yo y mis compañeros actores es que yo he pasado más tiempo en la cárcel”.

Tildado de lacónico y poco expresivo, su rasgo físico más llamativo era una mirada soñadora. Se dice que su actitud despreocupada en la pantalla formaba parte de su carácter real. Lo cierto es que, analizada hoy día, su filmografía es tan atractiva en calidad como en cantidad, y algunas de sus interpretaciones han quedado grabadas en la memoria para siempre.

Pero tras la piel de duro se escondía un hombre que escribía poesía y cuentos infantiles y un gran coleccionista de libros y discos. El chico malo de Hollywood murió de cáncer de pulmón en 1997, poco antes de cumplir ochenta años, y curiosamente un día antes que el chico bueno por excelencia del cine norteamericano, James Stewart.

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