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29/06/2017

Brummell el bello

Auge y caída del mayor de los dandys

No es difícil encontrarse con el nombre de Brummell asociado a perfumería o moda masculina en distintos lugares del mundo (por ejemplo en España continúa comercializándose la invencible colonia Brummel).

Pues bien, el término procede de un hombre que en su día fue considerado el rey de la elegancia: George Bryan Brummell, conocido como “Beau Brummell” (“el bello Brummell”). Había nacido en Londres en 1778, siendo su padre secretario privado de Lord North y después gobernador de Berkshire, cargo en el que atesoró una fortuna considerable.

El joven Brummell estudió en Oxford donde, a su reputación como hombre a la moda, sumó la de persona ingeniosa y de lengua afilada. Después de pasar por el ejército inició en la capital británica una intensa vida social, gracias sobre todo a su amistad con el Príncipe de Gales, quien accedería al trono en 1820 como Jorge IV.

Con veintiún años hereda 30.000 libras al fallecer su padre y decide abandonarlo todo en pro del “savoir vivre”: cumplir con sus continuas obligaciones sociales sin dar golpe. Nunca trabajó.

A Brummell le llevaba mucho tiempo elegir sus prendas y acicalarse (tardaba más de dos horas en vestirse, por lo que era un espectáculo al que asistían algunos selectos amigos). Y por supuesto ponía el mayor cuidado en todos los detalles: abrochar los botones, estirar las sedas de sus camisas, airear los encajes… Así cada día, aunque su meta era aparentar que no había tanto esfuerzo detrás. En su opinión, un auténtico caballero no debía llamar la atención por el modo de vestir.

Fue de los primeros que tomaron baños diariamente. Se decía que tenía tres peluqueros: uno para el flequillo, uno para la parte posterior de su cabello y otro para sus patillas. Enviaba a lavar sus camisas fuera de Londres para que las blanquearan más.

Los caballeros ingleses del primer tercio del siglo XIX tenían fama de ser los mejor vestidos y más educados de Europa. Esta fama comenzó con los dandys, grupo de jóvenes alegres, elegantes y de selecta educación, estrechamente relacionados con Brummell, quien se codeaba con la aristocracia y la familia real a pesar de haber nacido sin rango ni dinero.

Era su actitud la del dandi ante la vida, el que lo tiene todo: porte, distinción, educación y dinero pero al que aqueja el desprecio por los gustos del vulgo, la desgana y el aburrimiento. Sin embargo, a pesar de constituir un ejemplo claro del dandismo, él vestía simple y sencillamente. Aspiraba al difícil y quizás imposible arte de pasar notoriamente desapercibido (“conspicuosly inconspicuous”), prefiriendo los tejidos de lana y algodón, levita bien cortada con botones de bronce y pantalones ajustados, en colores neutros y oscuros, camisas blancas y botas lustradas inmaculadamente. No usaba peluca y su complemento más elaborado era su corbata de lazo alrededor del cuello.

La contribución de George Bryan Brummell a la moda fue imponer nuevas normas de elegancia y perfección en el atuendo masculino. A él se le atribuye la creación del traje moderno de caballero que se viste hoy en día en casi todo el mundo.

Siendo el principal referente de la moda y el buen gusto, la nobleza, los poderosos y las mujeres bellas se rendían a sus pies. Todos ellos querían escuchar o seguir sus dictados. Era un dandy, un exhibicionista, un hombre de talento admirado que no dudaba de su buen gusto, ni del deseo de imponer ese gusto a los demás, ni de dejar de gastar todo lo necesario para tal fin.

Alrededor de 1809 Brummell era el líder indiscutible de la alta sociedad: un hombre increíblemente elegante, atractivo e inteligente. Duques, condes y lores se afanaban por parecerse a él, y las mujeres buscaban su compañía. Su agudo y cáustico ingenio también le hizo por otra parte ganarse algunos enemigos.

Y sin embargo, ¡Oh, tempora, oh, mores!, después de todo el capital de Brummell no fue capaz de soportar tan desenfrenado tren de vida. Con treinta y ocho años perdió tanto su fortuna como el favor del rey. Los acreedores se lanzaron como fieras sobre él. Brummell no salía de su casa sino de noche, ya que de día ésta se encontraba rodeada de una turbamulta de zapateros, joyeros, sastres y comerciantes de vinos. Se dice que en diez años había gastado más de un millón en corbatas, pantalones y casacas. Sus muebles fueron subastados y tuvo que huir de Inglaterra, dirigiéndose a Calais, en Francia, para evitar la prisión. Allí trató de seguir vistiendo con un mínimo decoro, pero su ruina era ya completa. En Francia fue al fin a la cárcel. Algunos amigos trataron de rescatarlo y le asignaron una pequeña renta mensual que le servía para pagar la habitación en una pensión.

Se trasladó a Caen, no siendo ya ni una sombra de lo que había sido. Dejó de vestirse, bañarse y afeitarse. Perdía constantemente la memoria, vestía pobremente y hablaba consigo mismo. De noche, en un mísero cuarto de la pensión, organizaba simulacros de las grandes cenas que había vivido. Después de dos apoplejías de origen sifilítico, el bello Brummell murió en un manicomio de Caen el 24 de marzo de 1840.

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