El póster de la chica de tenis

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Siempre fue, es y será costumbre entre adolescentes decorar el dormitorio con imágenes que puedan proclamar sus ideales, afianzar la personalidad, escandalizar, permitir alardear de algo e impresionar a los amigotes o a esa improbable aunque deseada visita.

Para encontrar pósters con que vestir las paredes existí­a hace mucho una sección en grandes almacenes que exponí­a multitud de imágenes de variada temática. Podí­an ser desde los héroes del momento (actores, músicos y otros í­dolos) hasta la inevitable puesta de sol. En medio conviví­a un mercadillo de propuestas y ahí­ es donde se centraban las pesquisas, ya que en realidad más del 50% podí­a resultar insoportablemente cursi. Estaba la foto espectacular de algún vehí­culo extremo y otras escenas deportivas o el pibón de turno pero también viñetas de humor, figuras del cómic, emblemas e iconos, mensajes poéticos y otras declaraciones, reproducciones artí­sticas, etc. Y luego de plantilla fija tení­amos a Groucho, Bob Marley y John Lennon, sí­mbolos gastados -de tanto utilizarse- del humor, la libertad o la paz.

No compré muchos pósters: podí­an ser caros para la inexistente economí­a de un chaval y además a veces alguien te lo regalaba o heredabas alguno. A esta última categorí­a pertenece uno que siempre recordaré: el de la tenista enseñando el culete mientras deja tras de sí­ una alargada sombra crepuscular, una foto que me cautivó y durante largo tiempo permanecerí­a en la pared de mi cuarto (creo que todaví­a ronda por ahí­). Era una escena inocente a la vez que pí­cara, es decir, con el punto justo tanto para soñar uno mismo como para llamar la atención de los demás.

Tennis Girl o «la tenista» muestra a una chica de espaldas que camina hacia la red de una pista de tenis con una raqueta en su mano derecha y que, levantando su corta falda con la mano izquierda, deja ver que no lleva ropa interior. Una secuencia evocadora e ingenua muy del gusto de cualquiera -despierta una sonrisa- y al mismo tiempo traviesa porque parece una sutil burla de las normas.

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La fotografí­a fue tomada en Septiembre de 1976 por el estudiante de fotografí­a Martin Elliot a su por entonces novia Fiona Butler, de 18 años, en la Universidad de Birmingham (Inglaterra). Tanto el vestido como la raqueta y las pelotas son prestadas. Al año siguiente se publicó como parte de un calendario de la empresa británica Athena, famosa por su negocio de carteles y tarjetas postales. El póster de la chica del tenis fue ridiculizado en su momento por los crí­ticos, que lo calificaron de «fantasí­a de colegial», lo que no impidió que se vendieran en torno a 2 millones de copias y se convirtiese en uno de los cuadros más famosos del mundo.

Con el paso de los años la imagen se ha prestado a un gran número de parodias, existiendo numerosas versiones de tan emblemática foto. Ojo a las dos siguientes:

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Fiona, a la que nunca vimos la cara, no cobró dinero como modelo ni entonces ni después. Al parecer se casó con un millonario y Martin Elliot con otra mujer. Elliott, fallecido en 2010, no destacó particularmente como fotógrafo después de aquel dí­a en que obtuvo la instantánea de su vida, una fotografí­a inspirada y perdurable. Cualquier fotógrafo soñarí­a con conseguir algo así­.

Ví­a | Meridianos

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