Max Planck: ser un gran físico en tiempos difíciles

Los últimos 75 años de la fí­sica se han construido sobre el descubrimiento de que la energí­a, a nivel microscópico, existe en unidades indivisibles o quanta, igual que en la materia existen partí­culas. El hombre que provocó esta revolución fue Max Planck.

Próximo a su fin el S. XIX, la ciencia se relamí­a con la certeza de que habí­an sido aclarados la mayorí­a de los misterios del mundo fí­sico: electricidad, mecánica, óptica, gases, magnetismo…

Los cientí­ficos habí­an elaborado con el paso del tiempo un cuerpo sólido de leyes universales y el mundo despertaba al S. XX con un progreso en instrumentos y maquinaria tal que se pensó que ya poco le quedaba por hacer a la Ciencia (a finales del S. XX se repetiría la historia: una fe ciega en el progreso y los logros cientí­ficos que practicamos con auto-complacencia).

Max Planck a los 20 años

Cuando Max Planck (Alemania, 1858-1947) era un estudiante que sobresalí­a en la Universidad de Munich (también estudió en Berlin), le recomendaron que no optase por la Fí­sica porque ya todos los problemas habí­an sido resueltos. Afortunadamente él no hizo caso a este consejo y estudió fí­sica teórica.

Investigó primero el campo de la termodinámica y después enfocó su atención en explicar el espectro de radiación emitido por los llamados cuerpos negros (un cuerpo negro es un objeto que absorbe toda la luz y la energí­a que inciden sobre él, de modo que no refleja radiación alguna).

Estos estudios culminaron en el concepto de «quantum elemental de acción» o constante de Planck, que definí­a la naturaleza atomí­stica de la energí­a.

El interés de Planck por profundizar en la esencia de la energí­a le llevó a abandonar los principios de la fí­sica newtoniana tradicional y a introducir la teorí­a cuántica, un hallazgo que le valió el Premio Nobel de Fí­sica en 1918.

Max Planck en su despacho

Max Planck habí­a presentado en el año 1900 un trabajo a la Sociedad Fí­sica de Alemania donde planteaba que la energí­a no puede producirse en forma continua o en porciones de una dimensión cualquiera sino sólo en ciertos paquetes que él llamó cuantos, del latí­n «quantum».

Aunque en un principio Planck y sus colegas no se dieron cuenta plenamente de su alcance, la hipótesis sugerida fue el comienzo de una revolución que desbaratarí­a la imagen de la naturaleza que percibimos por los sentidos. La teorí­a de los Quanta conmocionó a los fí­sicos y amenazó la Fí­sica clásica, cuyo fundamento era la continuidad de la energí­a.

Así­ pues, la mecánica cuántica fue una revolución no sólo cientí­fica sino también filosófica desde el momento en que postulaba la imposibilidad de predecir con exactitud el futuro e introducí­a el azar en la ciencia. Sus ecuaciones permitieron desarrollar el transistor y el láser.

La mecánica cuántica, cuyo significado cabal todaví­a discuten los fí­sicos, se convertirí­a desde entonces en la base de la ciencia moderna y explicarí­a todo un conjunto de extraños efectos que se registran tanto en el mundo subatómico como en las vastedades del cosmos.

Sus implicaciones todaví­a son debatidas. Las reglas de la mecánica cuántica admiten, por ejemplo, que una partí­cula subatómica como un electrón esté en dos partes al mismo tiempo o en ninguna de las dos hasta que alguien la observa.

Albert Einstein en 1921

La colaboración de Max Planck con otro gigante, Einstein, hizo de Berlí­n el centro más importante de la fí­sica antes y después de la I Guerra Mundial. Gracias a Planck la humanidad comprendió la naturaleza de la radiación y del átomo y sus interacciones.

A Planck le debemos que su descubrimiento pusiera en marcha una de las grandes revoluciones de la historia de la ciencia, la de la física cuántica, cuyos frutos terminarían cambiando el mundo.

En el plano personal la segunda parte de la vida de Max Planck fue muy desventurada.

En 1909 fallecía su amada esposa y su hijo mayor cayó en el frente de la I Guerra Mundial. Sus dos hijas gemelas morí­an ambas de parto en un intervalo de dos años.

Además su casa en Berlí­n quedó totalmente destruida por las bombas aliadas en 1944, perdiendo con ello todos sus escritos y ese mismo año su hijo menor, Erwin, fue detenido y posteriormente ejecutado por la Gestapo por su implicación en la conspiración para matar a Hitler (*).

Todo este cúmulo de adversidades, aseguraba su discí­pulo Max von Laue, las soportó sin quejas. Al finalizar la guerra, Planck, su segunda esposa y el hijo de ésta se trasladaron a Göttingen donde él murió a los 90 años, en 1947.

Erwin Planck (1932)

(*) En la mañana del 20 de julio de 1944 el coronel de la Wehrmacht conde Claus von Stauffenberg se prepara para una reunión con Adolf Hitler en la llamada «guarida del lobo», cuartel general del dictador en Prusia Oriental.

Stauffenberg es la cabeza visible de una conjura, el Plan Walkiria, para acabar con el lí­der nazi mediante un maletí­n bomba. Sin embargo el plan fracasó; más de 7.000 personas fueron detenidas por los nazis y 200 de ellas rápidamente ejecutadas, incluido el propio Stauffenberg.

Erwin Planck había sido Secretario de Estado antes de la llegada de Hitler y ejecutivo de la banca después.

En agosto de 1939 un grupo de hombres de las altas finanzas germanas, Erwin entre ellos, dirigió al general Georg Thomas un memorándum donde advertían de que una guerra contra Polonia desencadenaría un conflicto internacional que Alemania no podría ganar debido a problemas masivos de suministro. El informe fue desestimado.

A causa de su participación en el atentado fallido contra el Führer, Erwin es condenado a la pena de muerte por la Gestapo. Parece que no intervino en él, aunque sin duda conocía a muchos de los conspiradores y simpatizaba con su causa.

Su padre suplicó en vano a Adolf Hitler que conmutase la pena de muerte por la de prisión. En enero de 1945 Erwin Planck fue ahorcado en la prisión de Plötzensee.

En 2004 se realizó una serie para la televisión alemana titulada «Operación Walkiria»; la pelí­cula Valkiria con Tom Cruise como protagonista, se estrenará próximamente.

Fuentes: [1] [2]

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