Philip Dick: desconfiando de la realidad

En una galerí­a de autores malditos y alucinados podríamos incluir a Philip K. Dick (1928-1982), prolí­fico novelista estadounidense de ciencia ficción que obtuvo escaso reconocimiento en vida y a quien sin embargo hoy nadie puede discutir el importante lugar que ocupa dentro del género.

Tal vez porque Dick exploró como muy pocos lo han hecho las profundidades de la realidad hasta poner en evidencia lo enigmática que puede resultar cuando se mira su fondo y el peligro que acecha al ser humano aunque éste se encuentre convencido de tener los pies asentados firmemente y por tanto que dicha realidad no deparará sorpresas a su existencia.

Sus novelas no están protagonizadas por héroes del género de ciencia ficción a la antigua usanza, sino por gente trabajadora corriente, donde predomina una sensación de constante erosión de la realidad, donde los protagonistas descubren que sus personas más cercanas o incluso ellos mismos son sin saberlo robots, alienígenas, seres sobrenaturales, espí­as sometidos a lavados de cerebro, alucinados o cualquier combinación de todo ello.

Dick era especialista en sembrar la zozobra a través de relatos sobre gente común acosada por un mundo irreal, presa de llamaradas oní­ricas, universos paralelos y estados policiales. Hombres y mujeres enfrentados a situaciones violentamente ilógicas sin una puerta por la que escapar.

Las visiones futuristas y desoladas son el escenario tí­pico de las propuestas de Dick, lo que junto a la lucha con androides y con los propios terrores internos del ser humano, otorgan suficiente fascinación sobre el lector y hacen que éste olvide la tremenda angustia que inspiró las páginas de Philip K. Dick.

Eternamente en lucha con «los seres invisibles», fueron éstos los que llevaron a la tumba en 1982, cuando el cine descubrí­a la hermosura de los relatos de un autor fundamental de la ciencia ficción de la segunda mitad del siglo XX.

¿Qué podrí­a decirse de un hombre que escribió en una carta de 1974?:

«Un dí­a iba caminando por un sendero hacia mi cabaña, donde me disponí­a a escribir durante ocho horas en total aislamiento; entonces miré el cielo y vi una cara. No es que realmente la viera, pero la cara estaba allí­, y no era humana; era un gran rostro de perfecta maldad. Era inmensa, llenaba un cuarto de cielo. Tení­a las cuencas de los ojos vací­as, era metálica y cruel. Lo peor de todo es que era Dios.»

Para empezar estamos delante de alguien con profundos desequilibrios psí­quicos y, en efecto, toda su vida estuvo dominada por el temor a perseguidores invisibles. Philip K. Dick era un paranoico que sospechaba de todo y de todos, convencido por ejemplo (y así­ lo denunció al FBI en los años 70) que existí­a una conspiración soviética para apoderarse de la ciencia ficción norteamericana. También durante una conferencia sugirió que su público estaba compuesto por androides.

En el desorden de su vida y de su conciencia, la ciencia ficción fue su refugio personal. Escribió como un verdadero obrero de la pluma obligado a afrontar sus muchas deudas y mantener las familias formadas y rotas con distintas mujeres. Y lo hizo desde un género literario que en su primera época fue claramente marginal: para Hollywood la ciencia ficción era clase B. Como contaba en cierta ocasión:

«Elegir como carrera ser escritor de ciencia ficción era un acto de autodestrucción. En efecto, la mayorí­a de los escritores ni siquiera podí­an concebir que alguien los tomara en consideración.»

Pocos saben que el genial novelista en el que se basaron pelí­culas de culto tan relevantes como Blade Runner (él murió meses antes del estreno), Desafí­o Total, Destino oculto o Minority Report, profundizó en el esoterismo, y que en la última parte de su vida la búsqueda de Dios fue para él una obsesión perturbadora.

Dick experimentó con diversas drogas y fue adicto a los fármacos, aunque siempre negó que ello hubiera influido en su obra. En realidad era una persona de mentalidad compleja, atormentado por pesadillas que le «hablaban» de que la realidad sólo era un montaje destinado a confundirlo. En consecuencia su obra es un producto laberí­ntico y extraño pero en cualquier caso alimentado de gran talento por parte de quien avisaba acerca de un mundo en desintegración, cuyos hombres pequeños y perdedores habrían de luchar para sobrevivir en un entorno hostil.

En definitiva, alertó del peligro de la deshumanización, algo que nos seguirá haciendo cavilar mucho en el futuro.

Por todo ese legado, por formular preguntas de hondo calado y por su predilección por la gente común hostigada a manos de un mundo imaginario terrible, la obra de Philip Dick es hoy poderosa y sugestiva y por encima de rarezas o paranoias, la obra de un humanista.

Para un acercamiento más detallado a la vida y obra del escritor recomiendo Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, de Emmanuel Carrère.

Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos (BIBLIOTECA DE LA MEMORIA)

Referencias
Biografía de Philip K. Dick
Philip K. Dick en Wikipedia
La realidad como pesadilla

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