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19/11/2017

Blas de Lezo y la Guerra de la oreja de Jenkins

La historia marítima de Inglaterra se encuentra jalonada de hitos, conquistas y acciones militares que le dieron renombre mundial y preponderancia política y económica durante siglos. Al dominar los mares, dominaron el mundo.

En consonancia con ello existe una literatura con el asumido papel de enaltecer hazañas de los hombres de la mar y los propios historiadores británicos han encontrado material suficiente como para dar sentido a las gestas nacionales y aupar el sentido patriótico nacional. El nomenclátor británico, la iconografía o las artes se encuentran impregnadas del sabor de la sal y los cañones humeantes.

No ocurre así en España, pese a que su historia (al menos la marítima), puede parangonarse perfectamente con la inglesa, por tradición, por episodios internacionales, por gestas o como quiera enfocarse. Sabido es que aquí también las posesiones de la Corona crecieron hasta constituirse un imperio, una pesada carga que de todas maneras había que mantener. Un determinado status sólo puede preservarse a costa de luchar en muchos frentes y es lo que hubo de hacerse rutinariamente, con desigual fortuna, entre los S. XVI y XIX y especialmente respecto a los territorios más preciados: América.

El Nuevo Mundo había sido poblado por unos cuantos miles de españoles en menos de cien años, gente de todo pelaje en busca de su destino particular: guerreros, cazafortunas, emprendedores, deshauciados, religiosos, humanistas… Desde muy pronto las riquezas obtenidas eran conducidas a la Península con una perfeccionada logística: las flotas partían de Sevilla una vez al año fuertemente escoltadas por navíos de la Armada. Al llegar a América se dividían en dos: una hacia Veracruz y otra a Portobelo (Panamá). Desde Panamá partía la llamada Armada del Sur, que recalaba en los puertos de Perú, Ecuador y Chile. Más al norte, Acapulco servía de base para el Galeón de Manila, la prolongación de la flota de Nueva España en el Pacífico. Unos meses más tarde las dos flotas, cargadas hasta arriba de riquezas, se encontraban en La Habana y enfilaban el camino de vuelta a España deslizándose por el azaroso canal de la Bahama, donde los piratas esperaban su oportunidad.

Te preguntarás sin duda cómo es posible que durante cientos de años el país de la chapuza improvisada organizase y ejecutase semejante entramado comercial. Eso digo yo. El hecho es que así fue, lo que despierta la sospecha de que después de todo no seremos tan ineptos.

A grandes rasgos era éste el panorama cuando en el S. XVIII Inglaterra se consolidaba como potencia marítima, dejaba a un lado las escaramuzas bucaneras y emprendía acciones que ambicionaban desbaratar las flotas españolas en su trasiego con América. Parecían decididos a tomar las riendas como el nuevo amo de los océanos.

¿Cómo iniciar las hostilidades? A los ingleses para esto nunca les ha faltado rostro, les bastaba una excusa trivial. El capitán de navío Julio León Fandiño había apresado a un barco corsario comandado por un tal Robert Jenkins, a quien cortó la oreja al tiempo que le decía (según el testimonio del inglés):

“Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”.

(La realidad es que el tráfico de ultramar español era constantemente entorpecido e interrumpido por los ingleses). En su comparecencia ante la cámara de los Lores, Jenkins denunció el caso con la oreja tiesa como la mojama en la mano, de ahí que el conflicto originado a continuación entre ambos países se llamara “La Guerra de la oreja de Jenkins”. En octubre de 1739 el gobierno de Walpole declaró la guerra a España presionado por la opinión pública y los comerciantes de la City, quienes anhelaban la conquista de tan jugosos mercados.

En diciembre de 1739 el almirante Andrew Vernon se presentó ante Portobelo con la idea de borrarlo del mapa, cosa que hizo sin demasiada dificultad. El Almirantazgo británico había planeado asestar un golpe definitivo al imperio español en Cartagena de Indias, el puerto más importante del virreinato de Nueva Granada. Cartagena era por aquel entonces un importante cruce de caminos. ciudad cosmopolita y floreciente donde confluían las riquezas de las colonias españolas. Pero además era la plaza mejor fortificada de América. La bahía que servía de antesala al puerto estaba flanqueada de fortalezas, piedras con una larga historia de abordajes fallidos con olor a pólvora. Dieciocho veces intentaron ingleses y franceses hacerse con Cartagena. Nunca lo consiguieron.

Los ingleses habían planeado el asalto con sumo cuidado, sin escatimar medios, reuniendo en Jamaica una flota asombrosa, de hecho fue la mayor flota de guerra hasta el desembarco de Normandía dos siglos después: 186 navíos, 23.600 hombres y 3.000 piezas de artillería. Nada en el mundo podría oponerse a semejante alarde de fuerza bruta.

En Cartagena sólo había seis barcos de la Armada y apenas 3.000 hombres para defender la plaza. Al ver lo que se le venía encima, el virrey de Nueva Granada (Sebastián Eslava) pidió socorro a La Habana, donde paraba la Real Armada del almirante Torres. El aviso nunca llegó, probablemente porque los ingleses capturaron el navío que lo llevaba. Estaba solo. Para cuando llegase a Madrid la noticia de la derrota ya resultaría demasiado tarde: Cartagena de Indias habría pasado a ser puerto inglés.

Pero quedaba una baza, quedaba Blas de Lezo, un marino de leyenda. ¿Quién era este personaje cuyo sólo nombre causaba terror entre los británicos?. Un paréntesis para contar brevemente su vida y luego seguimos.

Blas de Lezo y Olavarrieta (Pasajes, Guipúzcoa, 1687-Cartagena de Indias, 1741), almirante español conocido como “patapalo” y también como “mediohombre”, por las muchas heridas sufridas a lo largo de su vida militar, fue uno de los mejores estrategas de la historia de la Armada Española. Pocos se acercan a su talento, bravura y genialidad… pocos murieron en un olvido más ingrato.

Pertenecía a una familia con ilustres marinos entre sus antepasados. Con doce años se enroló en la Armada francesa como guardiamarina al servicio del conde de Toulouse, Alejandro de Borbón, hijo de Luis XIV. Unos años después recibió su bautismo (verdaderamente de fuego) en la batalla naval de Vélez-Málaga, donde una bala de cañón fue responsable de la amputación sin anestesia de su pierna izquierda por debajo de la rodilla. Su comportamiento audaz le valió el ascenso a alférez de navío.

Posteriormente participó en otros capítulos de la Guerra de Sucesión donde se enfrentaron españoles y franceses con ingleses y holandeses. En el sitio de Tolón, una esquirla de cañón le arrebató su ojo izquierdo y en el segundo asedio de Barcelona (1714), una bala de mosquete le inutilizó el brazo derecho. Todas estas severas mutilaciones originaron que sus hombres le aplicaran diferentes apelativos como Patapalo o Medio hombre, que acompañaron al bravo marino vasco a lo largo de su carrera profesional. Tuerto, manco y cojo antes de cumplir los 30 años, ya estaba considerado uno de los mejores militares españoles, habiendo alcanzado la graduación de capitán de navío.

Ostentó el mando de diversos convoyes que llevaban socorros a Felipe V, burlando la vigilancia inglesa sobre la costa catalana. Patrulló el Mediterráneo, apresando numerosos barcos ingleses con maniobras a menudo audaces. Al mando de una fragata, apresó once navíos británicos, entre ellos el emblemático Stanhope, buque muy bien armado y pertrechado.

En 1723 recibió la misión de limpiar las costas del Pacífico de piratas y corsarios, principalmente británicos y holandeses, tarea que cumplió con gran eficacia. En 1730 regresó a España convertido en general de Marina y asumió el encargo de reclamar a la República de Génova dos millones de pesos pertenecientes a la corona española. No sólo consiguió la preciada fortuna, sino que también obligó a los italianos a rendir homenaje a la bandera española so pena de ser cañoneados desde el mar.

En 1732 capitaneó la expedición militar que reconquistó la perdida ciudad de Orán. Despreciando el peligro, Blas de Lezo y sus buques entraron a fuego sobre las defensas piratas logrando una gran victoria con el hundimiento del buque berberisco.

En 1737 era comandante general de Cartagena de Indias y aquí es donde retomamos el hilo de esta historia.

Habíamos dejado al virrey de Nueva Granada tan acojonado como al almirante Vernon “crecido” tras el saqueo de la mal guarnecida plaza de Portobelo.  Sir Andrew Vernon, enterado de que Blas de Lezo se encontraba entre los sitiados de Cartagena, le envió un mensaje desafiante, haciéndole saber que sus días de gloria tocaban a su fin. El guipuzcoano, vacunado contra la altanería británica, le suministró una dosis de bravata española:  “Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera Vd. insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía”.

Seguro de la victoria, Vernon despachó a Inglaterra un barco con la noticia del triunfo y el encargo de acuñar medallas conmemorativas. Tal fijación tenía Vernon por su oponente español que especificó que en las medallas apareciese la escena de Blas de Lezo arrodillado entregándole las llaves de la ciudad.  

El 20 de marzo de 1741 la imponente flota de Vernon hacía acto de presencia en la bahía de Cartagena. El almirante inglés ordenó un cañoneo intensivo, día y noche sin dar pausa a los artilleros. La fortaleza de San Luis cayó después de haber recibido 6.068 bombas y 18.000 cañonazos, según apuntó Lezo diligentemente en su diario. No había nada que hacer: el fuego era de tal intensidad que los defensores se replegaron hacia el recinto amurallado.

Eslava ordenó hundir los buques de la Armada que quedaban a flote para dificultar el avance inglés. Vernon se abrió camino y desembarcó. El 13 de abril comenzó el asedio de la ciudad. La situación era desesperada: faltaban alimentos y el enemigo no daba tregua. El 17 de abril la infantería británica estaba ya a sólo un kilómetro del castillo de San Felipe. A esas alturas Blas de Lezo había decidido luchar hasta el final y para ello trazó un ingenioso plan: hizo excavar un foso en torno al castillo para que las escalas inglesas se quedasen cortas al intentar tomarlo. Ordenó cavar una trinchera en zigzag -así evitaría que los cañones ingleses se acercasen demasiado y podría soltarles a la temida infantería española en cuanto reculasen-. Su última artimaña fue enviar a dos de los suyos al lado inglés. Se fingirían desertores y llevarían a la tropa enemiga hasta un flanco de la muralla bien protegido, donde serían masacrados sin piedad.

El plan del general funcionó a la perfección. Los soldados británicos fueron cayendo en todas las trampas. Las escalas se demostraron insuficientes y hubieron de abandonarlas; al replegarse les esperaban los infantes en las trincheras con la bayoneta lista:

“…rechazados al fusil por mas de una hora y después de salido el Sol en un fuego continuo y biendo los enemigos la ninguna esperanza de su intento (…) se pusieron en bergonzosa fuga al berse fatigados de los Nuestros los que cansados de escopetearles se abanzaron a bayoneta calada siguiendolos hasta quasi su campo…”

El descalabro ante el castillo de San Felipe desmoralizó a los ingleses, que, además, habían abierto más frentes de los que podían permitirse. El engreído Sir Andrew Vernon había sido incapaz de vencer a 850 españoles harapientos capitaneados por un anciano tuerto, manco y cojo. El pánico se apoderó de los casacas rojas, que huyeron despavoridos tras la última carga española. Vernon ordenó la retirada. Había fracasado estrepitosamente. Tan sólo acertó a pronunciar, entre dientes, una frase: “God damn you, Lezo!”. Todavía quiso calmar su conciencia con el envío de una última carta: “Hemos decidido retirarnos, pero para volver pronto a esta plaza, después de reforzarnos en Jamaica”. A lo que Lezo respondió con ironía: “Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque esta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres.”

Los ingleses nunca volvieron, ni a Cartagena ni a importunar los puertos del Caribe, que siguieron siendo hispanos hasta que decidieron ser hispanoamericanos. La humillación fue tal que el rey Jorge II prohibió hablar de la batalla y que se escribiesen relatos sobre ella. A Vernon no se le pidieron responsabilidades y a su muerte fue enterrado con honores en la abadía de Westminster.

Blas de Lezo corrió una suerte diferente. Unas fuentes afirman que por las heridas sufridas y otras que por las enfermedades transmitidas tras la matanza, el caso es que en septiembre de 1741 muere en Cartagena de Indias sin recibir sepultura conocida. En un alarde típico de ingratitud que tantan veces habremos visto, España le olvidó.

La derrota de la Armada inglesa en Cartagena de Indias en el siglo XVIII es un acontecimiento silenciado en la historia inglesa y desde luego desconocido para la gran mayoría de españoles y ello a pesar de su trascendencia (¿qué hubiera ocurrido en Hispanoamérica con una dominación británica?).

Inglaterra ya no volvió a amenazar seriamente al Imperio español, que subsistió todavía un siglo más. España, en cambio, contribuyó años más tarde al desmoronamiento de las colonias inglesas en Ámerica, cuestión también poco difundida (otro día tocará relatar los hechos de otro grande: Bernardo de Gálvez).

La Historia está llena de verdades a medias cuando no de auténticas mentiras o interesadas omisiones. Como en la historiografía de cualquier país, en la anglosajona han existido eficaces propagandistas que han hecho más fuerza que la crítica más veraz. Es curioso que esta derrota no aparezca apenas reflejada en un país apasionado por la historia marítima. Y entre nosotros sucede a veces lo contrario: hemos padecido demasiadas veces de una mentalidad derrotista, como si nos avergonzáramos de nuestro pasado. España casi nunca ha sabido ser agradecida con sus héroes y es por eso que merece la pena rescatar del olvido a personajes como éste.

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10 thoughts on “Blas de Lezo y la Guerra de la oreja de Jenkins

  • Jorge Sánchez

    Gracias por este magnífico artículo. Por fin se le empieza a hacer justicia a Blas de Lezo.
    Estuve en Cartagena de Indias el verano del 2008 y estudié bien su historia. Al regreso a casa (vivo en Hospitalet de Llobregat, en el noreste de España) escribí un libro sobre mi viaje con un buen capítulo dedicado a Blas de Lezo. No escribo para hacer propaganda de mi libro, solo para que se sepa que algunos españoles sí que se preocupan por sus héroes (por desgracia no puedo decir lo mismo de los políticos españoles).
    Y es más, a finales de mayo de este año 2010, dentro de un mes, me voy a Pensacola, Mobile y Galveston a estudiar in situ la historia de Bernardo de Gálvez, otro héroe español olvidado por nuestros (indignos) políticos.

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  • Roberto suarez

    Cada año debeíamos celebrar el mayor curro que se ha llevado la pérfida albión y celebralo con todos los honores, que les joda porque eso fué lo que pasó, no celebran ellos a bombo y platillo Trafalgar?.En este pais hasta las victorias nos da verguenza celebrarlas, ellos la tienen censurada.

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  • Roberto suarez

    Pero quien eres?.No soy quien, cómo para decirte nada al respecto, en vista a lo currado que tienes el tema;Pero caes en el derrotismo habitual o cómo qieras llamarlo, a eso se le llama complejo de inferoridad.La pérfida albion censuró el tema y no creo que ningún isleño sepa nada del curro

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  • ANÓNIMO

    FELICIDADES POR EL ARTÍCULO
    ACABO DE LEER EL LIBRO “EL DIA QUE ESPAÑA VENCIÓ A INGLATERRA” QUE TRATA PRECISAMENTE DEL FRUSTRADO ASALTO A CARTAGENA DE INDIAS Y HE DE RECOMENDARLO ENCARECIDAMENTE A TODO AQUEL QUE LE GUSTE EL TEMA

    RESPECTO AL PROBLEMA DE FONDO (LOS ESPAÑOLES Y NUESTRA IDIOSINCRACIA) CREO QUE NO TIENE REMEDIO
    ES CIERTO QUE EXISTEN PERSONAS QUE EMPUJAN Y MANTIENEN EL PAIS EN PIE, PERO NO LAS SUFICIENTES. ESTO SE DESMORONA AMIGOS, Y CREO CON MUCHA TRISTEZA QUE LA SUERTE DE ESPAÑA ESTÁ TAN PERDIDA COMO ROMA A MEDIADOS DEL SIGLO V

    NOS LO MERECEMOS, ASÍ Y TODO QUE SE HAGA LUZ SOBRE LA HISTORIA Y CADA CUAL SEPA LO QUE ENTRE TODOS HEMOS DESGUAZADO
    SUERTE

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  • Ibero

    Muy bueno, felicidades.
    Gracias a Dios yo sí estoy enterado de quién es Blas de Lezo, (me precio de saber algo de HISTORIA).
    Los españoles siempre hemos tenido el mismo problema: “complejo de Goliat”. De todas formas, cierto general Sir Bernard Law Montgomeri (Lord Montgomeri del Alamein) en su Historia Militar Universal al llegar a España a la que dedica varios capítulos no tiene el menor inconveniente en ensalzar el nombre de ESPAÑA al más alto nivel. Esto no serían capaces de hacerlo un buen número de historiadores españoles (quizás por miedo a que les llamen fachas, ¡uy! ya lo dije). ¡ADELANTE!

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