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19/11/2017

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero

¿Cómo es posible que alguien llegue a la conclusión de que su pierna no es suya? ¿O que sea incapaz de reconocer las caras de sus seres más próximos? ¿Puede una anciana escuchar canciones de la infancia en su cabeza hasta el punto de impedirle oír una conversación normal?

La respuesta es sí, sí a todo eso y a mucho más. Hay toda una serie de extravagantes posibilidades que pueden producirse en la cabeza de una persona, casos que ocurren con más frecuencia de la que imaginamos.

Generalmente tendemos a creer que ante una misma escena todos percibiremos una misma cosa: una misma captación y un mismo funcionamiento cerebral constituyendo un automatismo. No es así. La mente es muy compleja y su actividad continua, intensa, profunda y en gran medida desconocida. La acumulación de recuerdos -por ejemplo- conlleva que pasado el tiempo distinguir un recuerdo “verdadero” de otro “falso” (distorsionado o recreado) no sea tan obvio, ya que el uno nos puede parecer tan real como el otro. Además el hilo que separa la salud mental plena de una salud mental resquebrajada, es peligrosamente fino. Lo que demuestra dos cosas al mismo tiempo que parecen contrarias: nuestra memoria es tan potente como frágil.

Hay episodios en nuestro almacén que nos parecen nítidamente ciertos y sin embargo no podríamos asegurar al 100% haberlos vivido. Tal vez algo que nos contaron, que leímos, que soñamos o que nutría nuestra ilusión, esté ahora sustituyendo a lo que directamente experimentamos en su momento. No hay dos personas que describan un suceso de la misma manera, con eso está dicho todo. Si esto es en condiciones normales, ¿qué puede esperarse ante un daño en los mecanismos de nuestra percepción? En tal supuesto las consecuencias serán imprevisibles.

No olvidemos que en el cerebro de un ser humano no hay solo memoria, sino también voluntad, sensibilidad, sentimientos, tiene sus patrones de conducta, sus propias contradicciones internas…

Oliver Sacks es un neurólogo londinense que ha escrito importantes libros sobre sus pacientes tras haber convivido con diversos modelos de enfermedades neurológicas. En vez de entregarse al detalle clínico como harían otros de sus colegas se concentra en las vivencias subjetivas del paciente, conectando con la tradición decimonónica de las “anécdotas clínicas”, historias de casos clínicos contados a través de un estilo literario informal.

No es de extrañar que el Dr. Sacks sea hoy considerado, además de uno de los neurólogos más famosos del mundo, un gran divulgador científico. Sus libros han contribuido a iluminar caminos sombríos del cerebro humano.

Tal vez su obra más conocida sea Despertares, de donde proviene la famosa película que protagonizaran Robert De Niro y Robin Williams. Pero no hay que olvidar El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985), donde narra 20 historiales médicos de pacientes perdidos en el extraño mundo de las enfermedades neurológicas, individuos aquejados por insólitas aberraciones de la percepción a los que Oliver Sacks retrata con pasión humana y talento literario.

Gracias a esa empatía con los enfermos y a una búsqueda constante del aspecto positivo hasta en las más duras situaciones, ha sido posible llegar a entender un poco mejor los secretos inexplorados de la mente. Y así encontraremos héroes anónimos luchando por superar grandísimos obstáculos, impensables para el común de los mortales.

En “El hombre que confundió…” las alteraciones descritas son crónicas y muy severas, con deterioro significativo del funcionamiento del individuo. Para Sacks el diagnóstico no es lo más importante, de hecho muchos de sus pacientes son incurables, lo importante es conseguir que el paciente desarrolle adaptaciones compensatorias que les permiten corregir o al menos atenuar sus déficits en la vida cotidiana.

En el capítulo que da título al libro el Dr. P., músico y profesor de música, no puede diferenciar bien las caras, ni siquiera las familiares, hasta el punto de que a menudo se dirige para conversar hacia objetos y muebles por confundirlos con personas. En un momento dado va a ponerse su sombrero y en vez de ello coge la cabeza de su mujer e intenta ponérsela como si ella “fuese” el sombrero. El Dr. P es una especie de ordenador que no reconoce visualmente las cosas sino que construye su mundo perceptivo mediante relaciones esquemáticas y otros rasgos distintivos.

En El marinero perdido Jimmie es un tipo jovial que solo recuerda una parte de su vida, hasta la época de su juventud en la Marina, que él percibe como el presente real a pesar de haber transcurrido muchos años. Todo lo demás, el momento en curso, lo olvida en minutos sin remedio. Padecía el llamado síndrome de Korsakov.

En La dama desencarnada una chica vital y deportista ha perdido el sentido de propiocepción, un sentido que informa a nuestro organismo de la posición de los músculos. Gracias a él conocemos la posición relativa de nuestras partes corporales, lo que regula y determina nuestros movimientos y permite reacciones y respuestas automáticas. Sin él el individuo está perdido; al dudar de su propio cuerpo, pierde la percepción de sí mismo y el resultado es que no puedes mover ninguna parte determinada; la orden emitida por cerebro se pierde en el camino sin llegar al destino.

El hombre que se cayó de la cama narra la historia de un joven ingresado en el hospital que cuando se adormece despierta gritando, empeñado en que su pierna es “horrenda” y no le pertenece. Incluso se cae de la cama porque intenta expulsar aquella cosa, convencido de que se trata de la broma macabra de alguien. Este síndrome se conoce como asomatognosia, una falta de consciencia de partes del propio cuerpo.

En el capítulo 8, ¡Vista a la derecha!, una señora ha sufrido un grave ataque que afecta a la parte posterior y más profunda del hemisferio cerebral derecho. Padece hemidesatención y aunque conserva la inteligencia y el humor ha perdido por completo la noción del lado izquierdo, tanto en lo referido al mundo como a su propio cuerpo. De modo que sólo come la mitad derecha del plato de comida y sólo alcanza a maquillarse la mitad derecha de su cara.

La afasia es la pérdida de la capacidad para producir o comprender el lenguaje, debido a lesiones en áreas cerebrales especializadas en estas tareas. Uno de los capítulos más memorables cuenta la historia de un pabellón de afásicos que viendo un discurso del presidente por la TV no dejan de sonreír y algunos directamente sueltan la carcajada. ¿Por qué esa reacción? Debido a sus problemas con la comunicación normal, a los afásicos no se les puede mentir con palabras porque simplemente no las comprenden y lo que hacen es desarrollar una percepción de los tonos de voz y los gestos humanos poco común. El presidente mentía tanto como hablaba y los pacientes, solo viéndolo, lo sabían. Parece una parábola del político moderno.

En otro de los casos descritos una anciana un poco sorda pero por lo demás en perfecto estado, escucha dentro de su cabeza las canciones de su infancia en Irlanda de manera continua, sin que apenas pudiera oír nada más.

¿Y el caso de Stephen, un chico que estudia medicina y consume drogas? Un día despierta con el sentido del olfato extraordinariamente desarrollado. De pronto se ve inmerso en un mundo de infinitas fragancias: entró en una tienda de perfumes y cada uno de ellos le parecía único y evocador, podía distinguir a las personas por su olor. Podía identificar las emociones de los demás, los lugares de la ciudad… experimentaba el impulso de olerlo y tocarlo todo. Paralelamente el pensamiento y la abstracción pasaron a resultarle difíciles de seguir e irreales. Después de tres semanas cesó esa extraña transformación y sus sentidos volvieron a la normalidad. Stephen se alegró por ello pero a veces siente nostalgia de aquel período en el que el mundo era increíblemente rico y fragante.

La amnesia profunda, el síndrome de Tourette, el retraso mental en sus mil variantes, los sabios idiotas… Estos son algunos ejemplos que pasan por las páginas de “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”. En realidad cada capítulo del libro nos presenta un trastorno neurológico más sorprendente si cabe y digno del guión de una novela o película.

Pese al panorama tan desolador que tienen ante sí estos pacientes, el tratamiento que de ellos hace el autor consigue que simpaticemos con todos y que demos un vuelco a planteamientos iniciales: más que seres extraños son individuos limitados en un determinado aspecto de su vida pero completos en otros. Esta “neurología humanística” que abandera el autor no busca tanto la “curación” del paciente sino la compresión del mismo en su totalidad. Se trataría no tanto de ver el déficit que presentan sino de encontrar el mejor modo de ayudarlos.

El acercamiento que Sacks propone a las enfermedades, novedoso en la época en que escribe el libro, es hoy en día comúnmente aceptado; no es posible hacer neurología cerebral sin tener en cuenta las características y circunstancias peculiares de cada paciente. La neurología debe tratar antes que enfermedades, pacientes, que en realidad son viajeros perdidos por tierras inconcebibles.

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