Blog de música, tecnologías, poesía y cerveza fría

26/09/2017

No dejo de ver caras

… por todas partes.

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Con frecuencia el ser humano al observar un objeto, una nube, una mancha, tiende de manera inconsciente a reconocer en ello patrones asimilables a elementos conocidos, un fenómeno psicológico conocido como pareidolia. La mente divaga sin cesar y se divierte jugando.

En cualquier lugar del mundo existen accidentes del paisaje, pueden ser rocas, colinas, cuevas, que permiten al observador una asociación con formas semejantes a las facciones o a la figura de una persona, animal o cualquier otro referente cercano, lo que ya de paso explica la sacralización de tantos y tantos lugares a lo largo de la historia. La naturaleza fue siempre inagotable fuente de ejemplos pareidólicos.

Pero no se trata de otra forma de ilusión, otra percepción engañosa más de nuestros sentidos. Se diferencia claramente de una alucinación en sí y más bien habría que considerarla como un fenómeno extenso que constituye una herramienta de análisis y contraste utilizada como recurso por el cerebro humano. De hecho investigaciones con recién nacidos han revelado que éstos prefieren como estímulos visuales aquéllos que parecen una cara humana, lo que demostraría que es una capacidad innata. Todo ello sin olvidar que hay y habrá componentes culturales y creencias que condicionan lo que percibimos.

¿Por qué nuestro cerebro busca y encuentra algo donde no lo hay, una forma definida y reconocible donde solo cabe contemplar un borrón difuso?

Los expertos apuntan a que esa capacidad pudo suponer una clara ventaja evolutiva, un mecanismo de formas en nuestro cerebro que nos permite aislar una cara entre un montón de detalles que no lo son. Descendemos del homínido que ponía tierra de por medio entre una imagen o un sonido sospechoso y él; al que se quedó, tarde o temprano se lo comieron, así que más valía anticiparse y “pecar” de imaginativo. Otra hipótesis que maneja la neurociencia indica que esto ocurre debido a una propiedad del cerebro que, para ahorrar tiempo, realiza tareas de predicción en base a formas conocidas en la memoria existente.

Sea como fuere, tal capacidad perceptiva universal y común al ser humano, según en manos de quien caiga, producirá resultados distintos: para algunos la figura de la virgen es claramente visible en una estaca, un desconchón de la pared o una bellota (ah, cuántas imágenes se descubren mirando una pared gastada con solo dedicar el tiempo necesario) y dar origen a un rito o a un peregrinación del copón bendito -nunca mejor dicho-. De ovnis y otros misterios mejor ni hablamos.

Ejemplos comunes de la pareidolia son: visión de animales o rostros en la forma de las nubes, en el contorno de una montaña y otros accidentes del relieve, en la parte delantera o trasera de un vehículo (¿o acaso los faros no son siempre ojos?), en las arrugas de la ropa, en las sombras. Visión de rostros en aparatos domésticos, en edificios, puertas, paredes, muebles. Rasgos humanoides en las ramas y copas de los árboles, piedras, en planetas, en constelaciones… y así hasta el infinito y más allá.

Todos hemos pasado por fases más o menos persistentes de pareidolia y algunos son capaces de obtener cualquier cosa en cualquier lugar, pero tampoco permitas que el cerebro te engañe demasiado.

Hay un extenso catálogo de ejemplos fotográficos por ejemplo en Flickr.

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