Charles Kingsford Smith, una vida entera en el aire

Charles Kingsford Smith, apodado Smithy (1897-1935), fue el más grande aviador australiano, acumulando más récords que nadie y enfrentándose a los desafí­os más arriesgados. En 1928, un año después de que Charles Lindbergh realizase su histórico vuelo en solitario a través del Atlántico, Kingsford se convirtió en el primero en cruzar el Pací­fico, una empresa más ambiciosa no sólo porque la distancia fuese mayor, sino porque las condiciones de vuelo eran mucho más duras y estaban menos estudiadas, de hecho solo diez meses antes el primer vuelo a Hawai se habí­a cobrado las vidas de diez aviadores.

Con solo 18 años se alistó y combatió en Gallipolli y a continuación se inscribió en el británico Royal Flying Corps (que serí­a poco después la RAF). En solo unos meses se convierte en un héroe de las alturas pero resulta herido perdiendo varios dedos del pie y tiene que licenciarse.

En 1919 forma junto a un socio una compañí­a de servicio de vuelos en el norte de Inglaterra. Parte entonces para América en misión de propaganda para la Commonwealth ante unos estadounidenses reacios a entrar en la Gran Guerra. Ocasionalmente trabaja como piloto acrobático y de vuelta a su paí­s se convierte en uno de los primeros pilotos comerciales de Australia en la recién formada West Australian Airways.

De regreso a su paí­s natal tiene muy claro que volar es su vida. Su espí­ritu indómito le lleva a independizarse y fundar su propia compañí­a mientras va planificando un vuelo pionero a través del Pací­fico.

Cuando en 1928 Kingsford Smith despegó de California con tres tripulantes con la intención de llegar a Brisbane ví­a Honolulu e Islas Fidji, el objetivo fue considerado imposible y necio. A 900 kilómetros de Hawai se topó con una franja de turbulencias meteorológicas; ningún otro piloto antes que él habí­a volado en tales condiciones. Recordemos que el vuelo se hizo en un Fokker de los años veinte bautizado como Southern Cross-, frágil, con la estructura de madera y revestido de tela, un diseño tan elemental que los asientos no estaban ni siquiera anclados. Kingsford estuvo luchando durante horas para mantener el rumbo y cuando finalmente salieron estaban casi sin combustible y no tení­an ni idea de cómo encontrar las islas Fidji, a fin de cuentas una pequeña mancha perdida en el océano infinito.

A éste y centenares de obstáculos se enfrentó Kingsford Smith con valor, habilidad y decisión. Cruzar el Pací­fico fue posiblemente la gesta más atrevida de la aviación de todos los tiempos.

Kingsford siempre volaba con un copiloto y generalmente con un navegador y un operador de radio. Puede que no sea justo compararlo con las hazañas solitarias de Charles Lindbergh, pero Lindbergh nunca atravesó volando algo tan feroz como una tormenta del Pací­fico. Además, después de 1927 Lindbergh no realizó ningún otro vuelo notable, mientras que Kingsford Smith siguió volando y estableciendo récords sin parar: fue el primero que cruzó el Atlántico de este a oeste (muy difí­cil, porque iba contra la corriente de propulsión), el primero en volar sin escalas a través de Australia, el primero que fue y volvió de Australia a Nueva Zelanda y el primero que cruzó el Pací­fico en la dirección contraria. También obtuvo varios récords por los vuelos más rápidos entre Australia e Inglaterra.

En 1929 Kingsford Smith y otros tres tripulantes despegaron en un vuelo de Sydney a Inglaterra. En el noroeste de Australia, costa de Kimberley, encontraron mal tiempo y se perdieron, lo que no es de extrañar, ya que la guí­a que llevaban era un par de mapas de la Marina y un mapa de Australia arrancado de un Atlas normal. Hubieron de realizar un aterrizaje forzoso en unas marismas, sin combustible, con la radio rota y escasas provisiones. Todo lo que tení­an era un termo de café y un poco de brandy. Por ese motivo aquello se bautizó como la «Aventura del Café Real».

Por suerte habí­a mucha agua dulce y algunos recursos comestibles, básicamente caracoles de agua. Ante la falta de noticias, en Sydney dos socios de Kingsford, Keith Anderson y Bob Hitchcock, decidieron salir al rescate. Volaron a Alice Spring y mientras cruzaban la seca aridez del desierto de Tanami en Australia Central, el motor falló y se vieron obligados a un aterrizaje de emergencia. Con las prisas no habí­an cogido provisiones y sólo disponí­an de tres litros de agua. A diferencia de Kingsford Smith, cayeron en un lugar que no ofrecí­a ningún recurso y a los tres dí­as murieron. El outback australiano es inmisericorde.

Kingsford Smith y sus compañeros fueron rescatados por otro avión pero algunos periódicos especularon con la idea de que habí­a sido un truco publicitario y el asunto se complicó. A Kingsford lo sometieron a la humillación de un examen fí­sico público y fue finalmente absuelto. Un equipo de rescate recuperó los restos de Anderson y Hitchcock. De alguna manera la opinión pública culpaba a Kingsford Smith de esas muertes.

A pesar de todo no hubo forma de apagar su sed de volar. En 1935, en un vuelo de regreso de Inglaterra, su avión se estrelló en el mar cerca de Birmania y murieron él y su copiloto Tommy Pethybridge. Ambos cuerpos jamás se recuperaron.

Actualmente a uno de los más grandes pioneros de la aviación se le recuerda hasta cierto punto en Australia (el aeropuerto de Sydney lleva su nombre) pero en absoluto fuera de ella. En 1998 Scott Berg escribió una biografí­a de Charles Lindbergh en un tocho de 600 páginas que naturalmente repasa la historia de los primeros años de la aviación. A Charles Kingsford Smith no se le menciona ni una sola vez.

Fue un verdadero héroe romántico, uno de los más grandes protagonistas del progreso de la aviación.

Fuentes:
Wikipedia
Bill Bryson: En las Antí­podas

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