Desempolvando a Richard Ford, apasionado observador de las «cosas de España»

En la Facultad nos mostraban la obra de Richard Ford y de otros viajeros románticos del S. XIX como prototipo de la visión superficial y costumbrista propia del burgués ilustrado europeo respecto al pueblo español, su sociedad, cultura y costumbres.

Impulsados por la exposición del profesor de Geografía Urbana, todos sonreí­amos condescendientes ante la ignorancia trasnochada de aquellos escritos y opiniones, ante una parcialidad perfectamente superada por una España que caminaba con decisión hacia la modernidad europea. Estábamos totalmente convencidos de cuánto habí­a cambiado nuestro paí­s siglo y pico después. Nos satisfací­a haber dejado atrás para siempre tanto vicio y atraso.

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Y sin embargo, ya no estoy tan seguro de aquello. Porque si al viajero anglosajón le parecí­an chocantes muchas de las cosas de España, a mi también.

Ford dejó descrita una visión del carácter español sin duda simplista y subjetiva pero a la vez reveladora. Es como si pasearan ante nosotros un espejo, después de lo cual, uno llega a la conclusión de que tampoco hemos cambiado tanto como a veces creemos.

Aún contando con evidentes desfases o exageraciones y ese desdén intelectual propio de elegantes y adinerados caballeros frente a la realidad local, no resultará difí­cil encontrar acertadas muchas de las impresiones del escritor inglés sobre los males endémicos y acerca de nuestra particular idiosincrasia. Hay cosas que siguen en parte vigentes.

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En A Handbook for Travellers in Spain and Readers at Home (Manual para viajeros por España y lectores en casa), Richard Ford decía de nosotros que somos:

«Eminentemente supersticiosos, con una confianza en la ayuda sobrenatural y el capí­tulo de lo fortuito que es el recurso más corriente en todas las circunstancias de dificultad«.

Y añade:

«Su inteligencia, energí­a e industria se debaten bajo la permanente llamada a los dioses y los hombres para que les hagan lo que debieran hacer ellos. Su Iglesia les ha dado un patrón tutelar y vigilante para todas las circunstancias de la vida, por triviales que sean».

Finalmente remataba con estoque:

«Nunca han tenido una oportunidad, porque un desgobierno inicuo y largo, tanto de la Iglesia como del Estado, ha tendido a diluir sus cualidades y a estimular sus vicios».

Con un estilo vivo y mordaz, Ford va repasando todo lo español. Es un gran conocedor y amante del arte pero también demuestra ser un cronista meticuloso e incisivo a la hora de destapar distintos males y carencias. Fue sistemáticamente crí­tico con las estancadas instituciones y el tradicional mal gobierno de las clases dirigentes de España.

Abogado, periodista y dibujante en varios periódicos londinenses, Richard Ford se habí­a trasladado a España en 1830 con la esperanza de que el clima cálido favoreciese la delicada salud de su esposa.

Fija su residencia en Sevilla y en Granada y desde allí­, acompañado de sus cuadernos de notas y dibujo, viaja durante 3 años por gran parte de la pení­nsula a caballo, burro o diligencia en compañí­a de arrieros y otros viajantes, vestido como un paisano más y tomando cumplida nota de todo lo que ve, ya fueran las costumbres «bárbaras» de tan pintorescos pueblos, ya fueran monumentos u otras creaciones artí­sticas por las que sentí­a especial predilección.

Ford peina el país desde Almería hasta Barcelona, sigue la Ruta de la Plata a través de Extremadura y Castilla para llegar a Santiago de Compostela y recorre el centro de la Península para visitar Madrid, Toledo, Salamanca, Segovia y Guadalajara. Y además, Andalucía, donde había establecido su residencia.

Conocería España en la época inmediatamente posterior a la Guerra de la Independencia y poco antes del inicio de su débil industrialización, cuando la imagen de este país oscilaba «entre Europa y África, entre la civilización y la barbarie», en palabras del propio hispanista.

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A su vuelta a Inglaterra construyó una residencia de estilo neomudéjar que recordaba el Generalife y sus jardines e instaló una gran biblioteca de libros sobre historia y costumbres de nuestro paí­s.

Aunque publicó numerosos artí­culos sobre temas hispánicos, al parecer nunca habí­a pensado escribir un libro sobre España pero el editor John Murray le animó a completar una colección de guí­as sobre Europa para viajeros y lectores ingleses y en 1844 veí­a la luz el voluminoso A Handbook for travellers in Spain and readers at home (Manual para viajeros por España y lectores en casa) cuyo éxito fue total, reimprimiéndose varias veces. Fue de hecho lo que dio a conocer a ingleses y a otros ciudadanos europeos un estereotipo de España que ha tenido enorme vigencia posteriormente.

El entusiasmo que transmitió Richard Ford en su obra por los paisajes y el arte español, especialmente Andalucí­a, convirtieron a nuestras tierras en una especie de reino exótico y legendario para las clases altas europeas, quienes pensaban en ellas como una visita obligada para que sus jóvenes cachorros ilustrados vivieran su viaje «iniciático».

«Manual para viajeros por España» contribuyó más que ninguna otra obra literaria a consolidar una imagen de Andalucí­a y de España que, para bien y para mal, aún perdura.

Como colofón una última cita de este libro para el que, insisto, han pasado cerca de dos siglos:

«En España se consiguen la mayor parte de las cosas por medio del buen humor, una sonrisa, una broma, un refrán, un puro o un soborno, el cual, aunque último recurso, no es nunca, ni mucho menos, el menor de estos y en seguida se podrá comprobar que ablanda el corazón más duro y suaviza las dificultades después de que los más cí­vicos discursos hayan sido usados en vano, porque «más ablanda dinero que palabra de caballero».

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