Historias de la Estatua de la Libertad

Es una aspiración universal, uno de los dones más preciados de las personas. Y un bien común con frecuencia pisoteado. Glorificada, llorada amargamente cuando se pierde, tan necesaria como el aire para respirar. Y también temida y objeto de persecución en todas las épocas de la humanidad. Es la Libertad.

La estatua probablemente más reconocida en todo el mundo está consagrada precisamente a la libertad. Vamos a conocer algo más sobre la azarosa historia que precedió a su construcción.

El escultor con una gran visión

En 1865 un joven escultor francés llamado Frédéric Auguste Bartholdi (1834-1904) coincidió en un banquete con Edouard de Laboulaye, jurista, profesor, historiador, polí­tico y gran admirador de EE.UU. y su Constitución.

Viendo que se aproximaba el primer centenario de la independencia de aquel paí­s (1776-1876) y como agradecimiento por la ayuda americana en la guerra franco-prusiana, Laboulaye tení­a en mente la idea de que Francia hiciera un regalo conmemorativo de magnitud, aunque no supiera qué.

Bartholdi le mostró el camino: erigir una estatua gigantesca que él mismo realizaría, un monumento capaz de emular al desaparecido Coloso de Rodas, la que fuera una de las siete maravillas del Mundo Antiguo.

Bartholdi habí­a nacido en la hermosa ciudad medieval de Colmar, que junto con toda la región de Alsacia fue arrebatada por los alemanes en la guerra franco-prusiana de 1871. No fue la primera ni la última disputa territorial que tuvieron Francia y Alemania. Tras la dolorosa privación de su patria chica, Bartholdi amó profundamente el concepto y el ejercicio de la libertad como bien supremo de todos los hombres siempre amenazado.

Viajó a Egipto y Yemen, utilizando el seudónimo de «Amilcar Hasenfratz». Como escultor hizo muchos bustos de personas famosas, como Lafayette y Washington pero además pintó, dibujó y se interesó por la arquitectura y las obras de ingenierí­a. Un hombre curioso que se desenvolvió con talento en los distintos medios artí­sticos en que trabajó.

Su entusiasmo por la construcción del Canal de Suez, una de las más grandes obras humanas de su época e inaugurado en 1869, le llevó incluso a concebir y llevar a plano un faro gigantesco a la entrada de dicho canal. Un proyecto que sin embargo nunca fue autorizado.

Todas estas vivencias pueden dar pistas sobre su visión artí­stica y su predilección por las manifestaciones simples pero grandiosas del arte de la antigüedad.

El desarrollo del proyecto y los problemas de financiación

Así­, puede decirse que Bartholdi es el alma mater de la estatua de la libertad y el verdadero ejecutor y Laboulaye quien intelectualmente la inspiró, como estudioso de América, de su política y de sus leyes y como defensor de la causa unionista en la Guerra de Secesión Norteamericana.

En 1871 Bartholdi estaba en marcha. Tení­a claro lo que querí­a: un monumento de grandes proporciones con forma de mujer representando la Libertad. Se llamarí­a La liberté éclairant le monde («La libertad iluminando al mundo», «Liberty Enlightening the World» en inglés). Sus gastos los sufragaría el pueblo francés, mientras que el pedestal para sostenerla serí­a financiado y construido por los americanos.

Bartholdi viajó a EE.UU. para seleccionar personalmente el emplazamiento de la estatua y se decidió por un pedazo de tierra próximo a la Isla Ellis, un islote situado en el puerto de Nueva York al que llamaban Isla de Bedloe que se había utilizado como base militar y que contenía un bastión de granito con cimientos en forma de estrella que serviría también como base para la estatua. No fue hasta 1956 que el Congreso decidió cambiar el nombre de la isla a Liberty Island.

Los meses siguientes los pasó buscando apoyos para que su audaz idea se llevara a la práctica, pero a su vuelta a Francia encontró que el gobierno de Napoleón III era abiertamente hostil a los ideales republicanos encarnados por la estatua de la libertad. El propio Bartholdi incluso corrí­a el riesgo de ser encarcelado, así­ que se apartó discretamente hasta que en 1874 es proclamada la III República tras la derrota francesa ante Prusia.

Entonces el escultor continuó la larga e incesante búsqueda de fondos y consiguió reclutar al mismí­simo Gustave Eiffel para que diseñara el armazón de hierro y acero que sustentase la estatua.

A estas alturas sólo faltaban dos años para la celebración del centenario, muy poco tiempo para diseñar, financiar, construir, transportar y emplazar una obra tan enorme. El trabajo se detení­a cada vez que se agotaba el dinero, es decir, con frecuencia. Imposible cumplir con los plazos.

En 1880 la Union Franco-Americana que habí­a fundado Edouard de Laboulaye aportó la idea de recaudar los fondos necesarios mediante una loterí­a.

Existían en EE.UU. algunos entusiastas con la obra, pero no demasiados. A fin de cuentas era un proyecto foráneo y nadie estaba seguro de que se necesitase una estatua así­, aunque saliera gratis. El Congreso votó unánimemente aceptar el regalo francés … pero sin proveer los fondos necesarios para el pedestal. Tampoco hizo nada la ciudad de Nueva York.

Hasta ese momento estaban terminadas la antorcha y la mano derecha de la estatua, de modo que Bartholdi en un alarde valiente y visionario viajó a la exposición de Filadelfia a mostrarlas. Por 50 centavos los visitantes podí­an contemplar y escalar unas piezas gigantescas. Dos años más tarde repitió el experimento en Parí­s. Esa fue la clave para vender la idea que, ahora sí­, despertó el interés popular.

En 1883 el congreso americano aprobó la provisión de 100.000 dólares para costear el pedestal (aunque en realidad eran necesarios unos 200.000), al tiempo que Joseph Pulitzer, editor del New York World lanzaba una intensa campaña desde su diario para obtener más fondos y adhesiones. En dos meses recaudó unos 135.000 dólares.

Bartholdi tení­a la estatua prácticamente finalizada En 1884 en un patio cercano a su estudio parisino, a la espera de un pedestal al otro lado del charco que en realidad no existí­a. La estatua continuó su reposo en aquel patio. Lo cierto es que Nueva York no tenía el dinero para el pedestal. Boston, Cleveland, Filadelfia y San Francisco anunciaron su intención de convertirse en sede de la estatua.

Furioso, Joseph Pulitzer decidió contraatacar. Durante más de cinco meses suplicó a sus lectores que enviasen dinero, lo que buenamente pudieran. Cada persona que contribuí­a recibí­a una mención en el diario. Mataba así­ dos pájaros de un tiro: abogar por una gran causa al tiempo que aumentaban significativamente las ventas del periódico.

La carrera por los gastos del pedestal se expandió a todo el paí­s: 120.000 personas anónimas enviaron un total de 100.000 dólares.

¿Alguien olvidó que estamos en Estados Unidos, aunque se trate del S. XIX?. Los fabricantes del laxante Castoria ofrecieron 25.000 dólares para que durante un año les permitieran colocar en el pedestal la palabra «Castoria». Afortunadamente no prosperó.

Inauguración y significado

La excitación popular estaba en un punto álgido cuando el 22 de Julio de 1885 llegaba al puerto de Nueva York el carguero «Isere» con la preciada carga formada por 214 grandes cajones.

Hasta Abril de 1886 no estuvo preparado al fin el pedestal. Comenzó el traslado subiendo primero la estructura metálica y después las piezas una a una. El 28 de Octubre de 1886 en una ceremonia presidida por el presidente Cleveland la estatua fue abierta al público, 10 años después de la fecha prevista.

Los versos más estrechamente asociados a la estatua son:

«Give me your tired, your poor,
Your huddled masses yearning to breathe free,
The wretched refuse of your teeming shore.
Send these, the homeless, tempest-tost to me,
I lift my lamp beside the golden door!»

«Dadme vuestros seres pobres y cansados,
Vuestras masas hacinadas anhelando respirar en libertad
Los miserables rechazados de vuestras rebosantes playas
Enviadme a estos, los desamparados, sacudidos por las tempestades a mí
¡Yo alzo mi antorcha detrás de la puerta dorada!».

Estos versos del soneto The New Colossus que la poetisa estadounidense Emma Lazarus escribió para recaudar fondos en la construcción del pedestal, se fundieron en 1903 sobre una placa de bronce montada dentro del pedestal, cuando oficialmente se reconocí­a que habí­an servido de inspiración al ser leí­dos por las oleadas de inmigrantes que arribaban a América huyendo de la miseria de sus paí­ses.

Algunos datos curiosos

1. La estatua es de una mujer ataviada con toga y una corona de siete puntas que representan los siete mares, con una antorcha en la mano derecha y una tabla de piedra sostenida por su mano izquierda. El tocado de la Libertad se inspira directamente en el Gran Sello de Francia, símbolo oficial de la República Francesa desde la Segunda República de 1848.

En la tabla figura la leyenda JULY IV MDCCLXXVI, rememorando la fecha de la independencia de Estados Unidos de la dominación británica. Uno de sus pies pisa unas cadenas como sí­mbolo del fin de la opresión.

2. La mujer representada en la estatua es Marianne, un emblema nacional francés que personifica la Libertad y la Razón. Bartholdi pudo haber hecho una síntesis de varias caras femeninas y según algunas fuentes, se habría inspirado principalmente en su madre para dar a la estatua un rostro severo.

3. Realizada en cobre, mide alrededor de 46 m. de altura (93 si contamos el pedestal) y pesa 245 toneladas. La antorcha está chapada en oro. Caso de utilizar la escalera, hay 354 escalones hasta su corona.

4. La estatua está orientada hacia el este, mirando al océano.

5. Desde 1933 se encarga de su administración el Servicio de Parques Nacionales de los Estados Unidos.

6. En 1984 fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y es probablemente el monumento más conocido de los Estados Unidos de América.

7. El color original de la estatua de la Libertad era marrón oscuro. La característica tonalidad verde que conocemos hoy se debe a la oxidación adquirida con el paso del tiempo de la aleación de hierro que hay bajo la capa de cobre.

8. El primer suicidio registrado en la Estatua de la Libertad se remonta a 1929

Réplicas de la estatua por el mundo

Con ocasión del bicentenario de la Revolución Francesa, Estados Unidos regaló a este paí­s una copia en menor escala de la estatua que se colocó en la orilla derecha del Rí­o Sena en Parí­s, cerca del antiguo taller de Bartholdi. Tiene 11,5 metros de altura y está realizada en bronce.

Sin embargo no es un caso único. Como cabe imaginar, son incontables las réplicas e imitaciones de la Estatua de la Libertad repartidas por el mundo (se calcula que pasan del millar):

– Desde 1887 a 1945 Hanoi albergó otra copia de la estatua, erigida por el gobierno colonial francés. Cuando Francia perdió el control de la Indochina francesa durante la Segunda Guerra Mundial, la estatua fue derribada por considerarse un sí­mbolo del colonialismo.

– Hay otra pequeña copia en Minnesota y unas 200 de 2,5 m. hechas en cobre, que fueron compradas por los Boy Scout y donadas a distintas ciudades de los Estados Unidos. Todaví­a existen unas cuantas.

– Otra copia, también de 2,5 m. está en la ciudad de Burdeos en el sudoeste de Francia. La primera estatua fue derribada y destruida por el ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial pero fue reemplazada en 2000 y posteriormente se le agregó una placa conmemorando a las ví­ctimas del 11 de septiembre.

– Más réplicas de la Estatua de la Libertad pueden encontrarse en Tokio, en el museo Metropolitano de Nueva York, en el New York-New York Hotel & Casino de Las Vegas, un parque de Buenos Aires, otro parque en Gibara (Cuba), Kosovo… e incluso en Cenicero (Logroño) existe una pequeña réplica de 123 cm. y 52 Kilos nada menos que desde 1897. También tiene su particular historia.

Referencias
The True Story of the Statue of Liberty
Wikipedia

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