La superstición no tiene por qué ser cosa de tontos

Podría afirmarse que la divulgación de la información acabó con la era de los mitos si no fuese porque nos encanta crear otros nuevos. A nuestro alrededor se desarrollan una y otra vez explicaciones revisionistas, nacen nuevas teorías pseudocientíficas y proliferan todo tipo de conspiranoias. Debemos sentirnos bastante solos porque no dejamos de buscar misterios nuevos y en consecuencia implorar a nuevos dioses.

En este contexto las ideas más peregrinas pueden triunfar con bastante facilidad. No solo son confusiones propias de nuestro tiempo, también hay que asumir que todos cargamos con una vertiente irracional a cuestas.

Tal vez la omnipresencia de Internet no esté logrando divulgar el saber tal y como esperábamos y sí ha dado lugar a una atomización extrema del conocimiento aderezada con falsos saberes, reduccionismo e intoxicación. La polarización de ideas y posturas está yendo demasiado lejos y muchos sucumben fácilmente a un simplismo que no hace sino fanatizarnos ante cualquier cuestión.

Existen potentes fuerzas mediáticas que han perfeccionado los métodos para influir en las decisiones de la gente aprovechando las distintas vulnerabilidades universales del ser humano, como pueden ser la prisa, la ansiedad o la inseguridad. Recibiendo información maquillada o convenientemente precocinada llegaremos a conclusiones sin base alguna, incluso siendo conscientes de evidencias contrarias. Donde cada día germinan historias y testimonios sesgados, separar la justa realidad y lo veraz no va a resultar una tarea sencilla.

«La ciencia es una forma de tratar de no engañarnos a nosotros mismos. El primer principio es que uno no debe engañarse y que la persona más fácil de engañar es uno mismo.” – Richard Feynmann.

¿Por qué los seres humanos nos empeñamos en mantener ideas sin fundamento o sencillamente absurdas, en contra del conocimiento científico? ¿Por qué defendemos cuestiones irracionales si jamás habíamos contado con mayor volumen de información a nuestro alcance como ahora?

La explicación estriba en cómo estamos hechos: lo mismo que nos hace inteligentes nos empuja en brazos de la estupidez. Una parte de nuestro cerebro no opera conforme a los patrones de la lógica, sino que responde a los estímulos emocionales de nuestra percepción.

Basta recordar qué poco tiempo empleamos en formarnos juicios, apenas unos instantes. Pensar y actuar con rapidez es un mecanismo evolutivo; nuestro cerebro ha tenido que funcionar así durante milenios y lo llevamos arraigado profundamente. En cambio desde la aparición del pensamiento científico moderno con la Ilustración europea solo han transcurrido menos de 300 años. ¿No estaremos aún en pañales como especie racional?.

De todas formas casi nadie toma sus decisiones en base a pruebas científicas, simplemente lo hace movido por su experiencia personal, su entorno y por supuesto por la propia intuición.

Nada tiene de extraño pues, que personas con una inteligencia y educación superior a la media muestren predisposición a creencias irracionales. Además son capaces de argumentar más y mejor a favor de ello y más reacios a la hora de abandonar dichas creencias.

En Psicología la Teoría de la atribución explica la tendencia que mostramos a considerar los propios logros como fruto de nuestra inteligencia y esfuerzo y atribuir los de los demás a la suerte. Consideramos que las posiciones que uno toma son fruto de una elección razonada mientras que las de los demás se basan en la precipitación, los prejuicios y, en definitiva, a la ignorancia.

Las personas inteligentes pueden ser muy hábiles defendiendo todo esto y rechazando opiniones ajenas, sin admitir que ellos mismos han podido llegar a sus propias convicciones por medios no racionales. No es un problema nuevo, hace 4 siglos Francis Bacon, uno de los padres del método científico ya afirmaba:

Una vez que ha adoptado una opinión (…) el entendimiento humano hace que todas las demás cosas le apoyen y concuerden con ella. Damos preferencia a las pruebas que confirman nuestras creencias al tiempo que ignoramos o menospreciamos las pruebas contrarias a dichas creencias.

La mayor parte de la gente admite que la superstición es algo estúpido pero lo que una persona o comunidad considera superstición otros pueden asimilar como creencia perfectamente válida. Por supuesto todo el mundo es libre de creer en aquello que mejor le parezca.

La religión y otras creencias, incluidas supersticiones, tienen utilidad como herramientas ancestrales para hacer frente a la incertidumbre de la vida diaria. Podemos conocer y disfrutar de los antiguos mitos y leyendas pero también descubrir su significado y los valores que transmiten, a menudo profundos y fascinantes.

Ante una información en ciernes, a menudo los medios priorizan el impacto antes que el rigor y dan cancha a Pseudoeventos. Luego nuestra propia prisa y ansiedad, que nos impiden detenernos a pensar, hará el resto.

De ahí la importancia de la educación en el pensamiento crítico y reflexivo. Pero la comunicación de los expertos también debe mejorar, sigue fallando la conexión con la gente. Por eso un divulgador ameno es un tesoro, como el amigo Carl Sagan, que conocía perfectamente el tema:

«Me da la impresión que lo que hace falta es un equilibrio exquisito entre dos necesidades contrapuestas: un análisis escrupulosamente escéptico de todas las hipótesis que se nos presenten y, al mismo tiempo, una enorme disposición a aceptar nuevas ideas. Si sólo se es escéptico, ninguna idea nueva calará, uno nunca aprende nada nuevo y se convierte en un viejo malhumorado convencido de que la estupidez gobierna el mundo (y encontrará, por supuesto, muchos datos que lo avalen). Por otra parte, si el pensamiento es virgen hasta la simpleza y no se tiene una pizca de sentido escéptico, no se pueden distinguir las ideas útiles de las inútiles. Si para uno todas las ideas tienen el mismo valor, está perdido, porque entonces, a mi entender, ninguna idea vale nada».

A día de hoy siguen gozando de buena salud mil credos: la astrología, lo paranormal o esa larga lista de Pseudoterapias que mantienen una ávida y amplia clientela. Decididamente estamos hechos para creer.

Por qué creemos en cosas raras, del escritor Michael Shermer es una oda al escepticismo que parece decirnos: «Pon a girar los engranajes de tu cabeza».

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