La señora Pavelic

En una tumba de oro

En los años 90, durante la guerra de los Balcanes, los milicianos croatas cantaban a un líder «que descansa en Madrid en una tumba de oro». Se referían a Ante Pavelic, dirigente de la Croacia independiente en tiempos de la Segunda Guerra Mundial.

Ante Pavelic (1889-1959

La efímera independencia de Croacia había durado cuatro años, de 1941 a 1945. Llegó con Pavelic y con Pavelic se fue. De los responsables de aquel período negro de la historia europea prácticamente nadie pagó por lo que hizo. Sus restos descansan tranquilamente en Madrid desde 1959, junto a su mujer Mara (muerta en 1984) y sus hijos Velimir (1998) y Visnja (2015).

El Dr. Ante Pavelic todavía es un mito patriótico para los croatas a pesar de que los crímenes protagonizados por su régimen contra serbios, judíos, gitanos y opositores rivalizan o superan en crueldad a los de los propios nazis.

La brutalidad de los Ustacha

Los Balcanes durante la primera mitad del siglo XX estaban formados por sociedades multiétnicas en constante confrontación.

Desde su fundación en 1918 con el nombre de Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, un alto porcentaje de la población era contrario a la unificación y por tanto hostil hacia el proyecto yugoslavo, lo que propició el surgimiento de partidos favorables a la independencia de Croacia, Serbia, Eslovenia, Montenegro o Macedonia.

Pavelic era un abogado que había comenzado su carrera política en el movimiento nacionalista croata. Elegido diputado nacional en 1927, desde el principio propugnó la independencia de Croacia, acontecimiento que no llegaría hasta la invasión del país por parte de Hitler una década después.

Aleksandar I, rey de Yugoslavia de 1921 a 1929

Cuando en 1929 el rey Alejandro I disuelve la cámara de representantes e instaura una dictadura, Pavelic hubo de huir y en su exilio pasó por distintos países europeos.

En Italia, donde consiguió apoyos del régimen de Mussolini, fundó la Ustacha, formación radical nacionalista cuyo objetivo era la independencia de Croacia. Ustacha deriva de ustanik, que significa «rebelde o insurrecto».

Los ustachas, milicias paramilitares que perpetraban atentados y sabotajes para desestabilizar Yugoslavia, contaron con el respaldo de Mussolini, quien veía a la organización como un medio de llevar a cabo sus sueños expansionistas en los Balcanes.

Pavelic logró reunir a un cierto número de voluntarios, croatas emigrados en países europeos convencidos de la inminencia de una revuelta que haría caer la dictadura real.

En 1933 publicó los Principios del movimiento Ustacha, en los que defendía un nacionalismo excluyente que rechazaba la convivencia con las demás comunidades, profundamente anticomunista y en especial hostil a los serbios. La organización, como otras formaciones nacionalistas de la época, se vio influenciada por el fascismo italiano.

Una unidad de los Ustacha en Sarajevo, 1942

Para ello se instalaron campos de entrenamiento en Italia y Hungría y en 1934 las actividades terroristas de los ustacha llegaron a su punto álgido con el asesinato del rey Alejandro en Marsella. Un atentado en el que también fallecieron el ministro francés de Asuntos Exteriores Louis Barthou y tres espectadores.

Tras el magnicidio, la presión internacional forzó a Mussolini a distanciarse públicamente de los croatas. Pavelic y sus hombres fueron arrestados y encarcelados, si bien se trató más que nada de una operación de maquillaje, puesto que Mussolini lo protegió en una lujosa residencia de Turín e ignoró la orden de extradición solicitada por los franceses, que iban a condenarlo a muerte.

En una visita a Mussolini

El nuevo estado croata

En marzo de 1941 Pavelic se reunió con Mussolini y éste le ofreció el poder si respaldaba la ocupación de Yugoslavia. Una semana después las tropas de Hitler invaden el país balcánico, lo que permitía hacer realidad su sueño de convertir Croacia en un Estado independiente (al menos en teoría, ya que no dejaba de estar supeditado al Tercer Reich).

Mientras el ejército alemán e italiano ejercía el control militar de la zona, a Pavelic dieron carta blanca para organizar el Estado. Copió entonces el culto a la personalidad y la parafernalia propagandística propia de los regímenes fascistas, llevó con mano de hierro el país y no dudó en reprimir con cárceles y campos de concentración a la oposición política y a las minorías judía, gitana y serbia.

Ante Pavelic con Adolf Hitler

«Aquellos que piensan que vivirán en el estado croata y servirán al comunismo judío y a Moscú, deben saber que sus cabezas caerán». (Palabras atribuidas a Palevic)

El «nuevo orden» establecido se basaba en el culto a la nación, al Estado y a su caudillo, un Estado totalitario bajo cuyo mandato se planificó un programa de limpieza étnica. Se calcula que en el campo de exterminio de Jasenovac fueron asesinadas alrededor de 600.000 personas, serbios de confesión cristiana ortodoxa, judíos y gitanos.

Gran parte de las atrocidades del régimen las cometieron antiguos exiliados, a menudo de origen humilde, que habían regresado al país llenos de odio y sedientos de venganza. Se señala a menudo que los propios nazis quedaron impactados por la barbarie de sus métodos.

El régimen de Pavelic pronto perdió fuerza y hubo de enfrentarse a numerosos problemas, entre ellos la mala situación económica, hambrunas y diversos opositores.

Cuchillo apodado «Srbosjek» o Serbcutter. Atado a la mano, lo utilizó la milicia Ustacha para la eliminación rápida de adversarios.

En 1944, dos de sus ministros se confabularon para apartarlo del poder estableciendo contactos con los Aliados. Querían evitar que el país cayera en manos de los partisanos comunistas. Con el respaldo de Alemania y de los ustacha más radicales, Pavelic sofocó la intentona y ordenó ejecutar a los cabecillas. Su régimen permaneció fiel a los alemanes hasta la derrota final de mayo de 1945.

De Roma a Argentina y de Argentina a Madrid

Pavelic huye a Roma en 1946 disfrazado de monje y con pasaporte español. Los servicios secretos estadounidenses lo supieron, pero no estaban interesados en la detención de ningún anticomunista del este de Europa debido a la creciente tensión con el bloque soviético. Mientras tanto, la mayoría de sus seguidores cayeron en combate o fueron ejecutados.

A finales de 1948 huyó a la Argentina de Juan Domingo Perón pero, perseguido por los servicios secretos yugoslavos, que atentaron contra él en varias ocasiones y por la justicia internacional, se vio obligado a mudarse de nuevo y recaló más tarde en España.

El régimen de Franco dio cobijo a exiliados nazis y destacados criminales de guerra. En el caso de Pavelic, su llegada en 1957 a Madrid se produjo en secreto, posiblemente con el visto bueno de Estados Unidos, que veía en él un aliado anticomunista.

Fotografía familiar de los Pavelic tomada en 1959 en Madrid, meses antes de la muerte del dictador croata. Arriba Velimir y Visnja. Abajo Mara y Ante (falta una segunda hija, Mirjana, fallecida muchos años después en Canadá).

Murió dos años después, en 1959, y fue enterrado en el cementerio de San Isidro, donde aún recibe el calor de los ultranacionalistas que mantienen su tumba como lugar de peregrinación (en una ocasión Davor Suker, el que fuera delantero del Sevilla y Real Madrid, se fotografió posando sonriente junto a la sepultura).

La señora Pavelic, una vida entera en el exilio

Me enteré el año pasado. El día de Navidad de 2015, Visnja Pavelic, hija del jefe del Estado independiente de Croacia Ante Pavelic, había fallecido en Madrid a los 92 años de edad. Yo la conocí simplemente como «Juana».

Visnja nació en 1923 en Zagreb y desde muy niña se vio obligada a vivir fuera a causa de los complicados «asuntos» de su padre, circunstancias que marcaron su vida y determinaron por completo su destino.

A partir de 1957, Cherry (como la llamaban cariñosamente) vivió en Madrid, poniendo toda su energía en defender su propia verdad, preservando la memoria de su padre y encargándose de la publicación de numerosas obras que rescatan las experiencias y el pensamiento del dirigente.

Meses antes de morir concedió una entrevista a un semanario croata donde repasaba una juventud marcada por los continuos cambios de identidad y de residencia a lo largo y ancho de Italia: Bolonia, Módena, Verona, Livorno, Brescia, Turín… así como el primer intento de asesinato de su padre y su paso por Suiza.

Muchas décadas después de la dramática vorágine de la Segunda Guerra Mundial, una anciana firme, serena -que recuerda a un padre «amable y afectuoso»- seguía negando categóricamente que el movimiento fundado por su él tuviera que ver con el fascismo:

«Nosotros con el fascismo no teníamos absolutamente nada. No hay base para esto, ni en los principios de la Ustasha ni en ninguna otra cosa. De ninguna manera hemos sido parte de este movimiento».

Tampoco admite las graves acusaciones de intolerancia racial y nacionalista a Pavelic y los suyos, acusaciones que achaca a enemigos y a las difíciles circunstancias de la guerra. Y concluye:

«Hasta que se divulguen todos los documentos, hasta que se conozcan todos los hechos, no será posible juzgar objetivamente o comprender el papel de mi padre y el Estado Independiente de Croacia en la historia».

Unas manos arrugadas sobre el iMac

A finales de los años 90 un cliente acompañó a nuestra oficina a una señora mayor que necesitaba un equipo informático. Adquirió un iMac verde Bondi Blue junto a una impresora Epson y un escáner AGFA.

Me encargué de instalarlo todo en su domicilio, ubicado entre Concha Espina y Príncipe de Vergara, no lejos del Bernabéu. Era un piso modesto y escaso de luz, dentro del típico edificio anodino tan abundante en Madrid.

El iMac G3 «Bondi blue», en alusión al color de las aguas de Bondi Beach (una playa de Sidney), fue diseñado por Jonathan Ive

Repetí visita en los meses siguientes y recuerdo que el idioma nos dio algunos quebraderos de cabeza, ya que fue necesario adaptar el lenguaje del sistema y los tipos de letra utilizados al lenguaje croata.

La señora Juana Pavelic (así es como nos la dieron a conocer) debía rondar entonces los 76 años.

Siempre me recibía afable y su trato era sencillamente exquisito. A pesar de no comprender bien los detalles y el funcionamiento de un ordenador, atendía a todo con interés. Le enseñé el manejo de ClarisWorks y de Word, así como el uso del escáner y según fui comprobando aprendió a defenderse lo suficiente. Siempre estaba escribiendo y escaneaba documentos e imágenes que ilustraban esos textos.

Vivía sola en este ambiente sombrío, con las persianas bajas y las cortinas medio echadas. A veces venía una mujer española que parecía asistirla. Hablaba muy alto y se dirigía a la anciana de manera destemplada, algo que hemos visto muchas veces en casos parecidos.

Recuerdo con total claridad la mirada inteligente que asomaba desde sus apagados ojos grises. Frágil, sencilla, preguntaba por mi familia e invariablemente ofrecía un refresco. Al terminar te acompañaba a la puerta apoyándose en su bastón e insistía en darme propina cada vez. No aceptaba un no para esto.

En las paredes de la pequeña habitación donde trabajaba se agolpaban innumerables libros, se diría que en su mayor parte ensayos y obras de pensamiento y temática política. Como no podía entender el idioma, no conseguía aclarar los detalles, excepto que un nombre propio aparecía repetido por todas partes: Pavelic.

Fue fácil deducir que se trataba de un familiar suyo y un personaje histórico en su país, pero hasta más tarde no dediqué el tiempo necesario para investigar este asunto y conseguir relacionarlo todo. Fruto de ello ha sido este artículo.

Una hija frente al pasado de su padre

Años después, cuando trabajaba por mi cuenta, la señora Pavelic me llamó varias veces más por problemas menores con el Sistema o los programas y le hice tal vez 4 o 5 visitas entre 2007 y 2011.

Como antaño, volví a encontrarla encorvada sobre los escritos de su pequeña mesa. Textos y más textos largos, al parecer de pensamiento o ensayo y al igual que antes me recibió con amabilidad estrechando mi mano. Preguntaba por mis hijos, ponía a mi alcance un vaso de agua fría o una Coca-Cola y al final añadía un extra a mis servicios.

Sabía que por su avanzada edad no le quedaba mucho tiempo. La oí a veces, muy pocas, algún comentario discreto en tal sentido, un pensamiento furtivo acerca del paso del tiempo y lo mucho que había cambiado el mundo. Una vez -no recuerdo a raíz de qué- me dijo con tristeza «Pobre Croacia«.

Conservaba abundante material de archivo destinado a futuros proyectos editoriales. De cuando en cuando entraba un fax procedente de un lugar remoto, por ejemplo, Canadá o Australia por lo que vi. Según creo no tenía pensión, vivía exclusivamente de las publicaciones relacionadas con la figura de su padre y de las donaciones procedentes de la diáspora de emigrados croatas.

Entrevistada por un medio croata

Vivía muy modestamente. Durante 50 años trabajó incansable en los archivos de su padre, a quien sin duda veneraba. Yo no puedo objetar nada a eso. Muchos la recordarán como una gran humanista croata, otros como la hija de un genocida.

A pesar de descubrir horrorizado sus vínculos, de la señora Pavelic solo puedo decir que irradiaba serenidad, sencillez y pulcritud y que fue una clienta fiel y agradecida cuyo recuerdo conservaré con cariño.

La vida es infinitamente extraña. En cualquier caso no debió resultar nada fácil ser la hija de este hombre.

Visnja Pavelic, Juana Pavelic para mí, está enterrada en el panteón familiar del cementerio madrileño de San Isidro con sus padres y su hermano Velimir.

Algunas fuentes

Visnja Pavelic, la hija del genocida: medio siglo recluida en su piso de Madrid

La discutida memoria de la Croacia ustacha

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