Las Greguerí­as de Don Ramón

Greguerí­a… ese algo que posee naturaleza esquiva y juguetona, que a casi todo el mundo suena y, pese a los intentos por definirla, a menudo su esencia se escurre entre los dedos. La mejor fórmula tal vez sea la que dio Ramón Gómez de la Serna, el propio inventor:

Humorismo + Metáfora = Greguerí­a

Vida y obra

Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 1888-Buenos Aires, 1963), además de periodista fue un escritor prolífico, de una personalidad tal que muchas veces se le conoce simplemente por «Ramón» y a su estilo «ramonismo».

Hijo de un ilustre jurista, también él estudió Derecho aunque no llegó a ejercer; desde muy temprano se sintió atraí­do por las letras (su primer libro lo escribió a los 16 años) y esa vocación absorberí­a toda su vida.

Pasó temporadas en Francia, Inglaterra, Suiza e Italia. Conoció a Picasso y el Cubismo, a Modigliani, Juan Gris, Apollinaire, Diego Rivera…

En 1924 se instala en Estoril (Portugal le habí­a encantado) y en 1926 se trasladarí­a a vivir a Nápoles. En una visita a Argentina conoce a Luisa Sofovich, escritora argentina de padres rusos de la que ya no se separarí­a.

Al estallar la Guerra Civil española se marchó como tantos otros a Buenos Aires, de donde no regresó más, exceptuando una corta visita en 1949. Sus restos se encuentran en el Panteón de hombres ilustres de la Sacramental de San Justo, junto a la tumba de Mariano José de Larra.

Gómez de la Serna empezó a buscar la innovación literaria mucho antes de la Primera Guerra Mundial, impulsando en España el conocimiento de las nacientes vanguardias: Surrealismo, Cubismo y Futurismo.

Ramón, como le gustaba que le llamaran, escribió en un sinfí­n de periódicos de la época; con Azorí­n fundó el PEN Club español (Poetas, Ensayistas y Novelistas) y además tradujo a nuestro idioma el Manifiesto futurista de Marinetti en la revista Prometeo fundada por su padre y luego dirigida por él.

En 1915 crea la célebre tertulia del Pombo de los sábados-noche en el café del mismo nombre sito en la calle Carretas de Madrid. Inmortalizada por el cuadro de Gutiérrez Solana, este «templo» acogió a la bohemia madrileña seguidora de las vanguardias artí­sticas.

Fue también secretario del Ateneo de Madrid y uno de los tres miembros extranjeros de la Academia Francesa del Humor junto a Charles Chaplin y el italiano Pitigrilli.

Gómez de la Serna abordó prácticamente todos los géneros: novela, ensayo, cuentos, piezas teatrales y artí­culos periodí­sticos -en los que fue un maestro- y contribuyó a la divulgación de las vanguardias europeas .

Su vida y obra simbolizan la ruptura contra las convenciones.

Siempre manifestó un espíritu iconoclasta respecto a las artes y tendencias culturales al uso, un nihilista en la sociedad que le tocó vivir y ante la que respondió con elegante extravagancia: en 1923 da una conferencia desde el trapecio del Gran Circo Americano de Madrid; en 1928 pronuncia otra en Le Cirque d’Hiver de Parí­s a lomos de un elefante.

En su casa, D. Ramón presentaba a un maniquí­ como su mujer. Los visitantes se veí­an obligados a darle la mano.

Borges dijo de él «Ramón ha inventariado el mundo», y Pablo Neruda lo reconoció como uno de los más grandes escritores en nuestra lengua. Para la Generación del 27 fue un maestro literario, el mejor ejemplo del artista innovador.

Octavio Paz lamentaba el desconocimiento de su obra, que en parte sigue a dí­a de hoy, caracterizada por una personalidad arrolladora, independiente y provocadora. Un creador insaciable que proponía incesantes juegos conceptuales.

«El encuentro con la greguerí­a fue lo que me trajo la suerte. Gracias a las Greguerí­as he vivido, he conferenciado, he viajado, he tenido contraseña universal (…). Son una gota de los siglos que atraviesa mi cráneo. Se puede improvisar una novela, pero no una greguería». Fragmento del prólogo a la edición de 1960

La Greguerí­a

Según la Real Academia Española, la Greguerí­a es una invención literaria del escritor español Ramón Gómez de la Serna, que consiste en una metáfora breve e ingeniosa.

Parece simple y a lo mejor lo es, pero no olvidemos que puede incorporar en su fórmula ingredientes muy variados para obtener un hallazgo metafórico. Y desde luego D. Ramón fue un maestro en erigir una metáfora desde la nada.

De 1930 a 1935 la revista Blanco y Negro publicó una serie de artículos-greguerías. Los textos iban acompañados por dibujos del propio autor.

Da igual que una greguería parezca un juego de palabras, una paradoja, una idea filosófica o un chiste ingenioso. La cuestión es que con un apunte rápido que encierra una pirueta conceptual, se puede desarrollar una visión personal y sorprendente de la realidad.

A veces se ha criticado el exceso de su producción greguerí­stica, pero como decí­a Jorge Guillén:

«A Ramón, en cuanto abre la boca, se le cae una greguerí­a; prueba de que esto constituye, más que un género literario, la manera espontánea y elemental de sucederse la actividad normal e ininterrumpida de su humor.

Elementos habituales en las greguerí­as de Gómez de la Serna son la plasticidad, la personificación, la cosificación y el carácter insólito. Y por supuesto, ante todo, un sentido lúdico del lenguaje. ¿No es una forma magní­fica de oxigenar la cabeza, frecuentemente anárquica?

No solo podemos, debemos jugar con el lenguaje y el pensamiento sacándole sus mejores frutos.

Selección de Greguerí­as

Esta es mi particular selección. Juzgad vosotros mismos:

    • El beso es hambre de inmortalidad.

Tocar la trompeta es como beber música empinando el codo.

Al sentarnos al borde de la cama, somos presidiarios reflexionando en su condena.

Trueno: caí­da de un baúl por las escaleras del cielo.

Los grandes reflectores buscan a Dios.

Los presos a través de la reja ven la libertad a la parrilla.

Lo peor del golpe en la cabeza es la burla del chichón.

«El orador», monólogo de Gómez de la Serna rodado en 1928 por Feliciano Vítores

    • No hay nada que enfrí­e más las manos que el saber que nos hemos olvidado los guantes.

Son más largas las calles de noche que de dí­a.

Cuando una mujer te plancha la solapa con la mano ya estás perdido.

Hay matrimonios que se dan la espalda mientras duermen para que el uno no le robe al otro los sueños ideales.

La larga cola de la novia es la vereda que conduce hasta ella al novio desorientado.

Senos: el misterio móvil.

Escribir es que le dejen a uno llorar y reí­r a solas.

El gong es un platillo viudo.

El de los platillos espera, con uno en alto, la orden de la batuta para despertar a los que se han dormido.

El Pensador de Rodin es un ajedrecista a quien le han quitado la mesa.

Todos los pájaros son mancos.

La mosca se posa sobre lo escrito, lo lee y se va como despreciando lo que ha leí­do. ¡Es el más exigente crí­tico literario!

Los ojos de las estatuas lloran su inmortalidad.

El sueño es un depósito de objetos extraviados.

La vida obliga a la prisa de vivir porque el pan en seguida se pone duro.

Si te conoces demasiado a ti mismo, dejarás de saludarte.

No tiene importancia que el cazador mate un pichón, sino que haya matado un vuelo.

Hay un momento en que el astrónomo, debajo del gran telescopio, se convierte en microbio del microscopio de la luna que se asoma a observarle.

Lo grave del solterón es que se va volviendo viudo.

El fotógrafo nos coloca en la postura más difí­cil con la pretensión de que salgamos más naturales.

Lo malo de los nudistas es que cuando se sientan se pegan a las sillas.

Un cementerio es una gran botica fracasada.

Tocaba las llaves que llevaba en el bolsillo para llegar más pronto a su casa.

El que despierta de la siesta al atardecer, nota que le han robado el dí­a mientras dormí­a.

Abrir un paraguas es como disparar contra la lluvia.

¡Qué gesto como de acordarse de alguien, de no se sabe quién, pone el que saborea una copa de licor!

Cuando asomados a la ventanilla echa a andar el tren robamos adioses que no eran para nosotros.

En el fondo de los espejos hay un fotógrafo agazapado.

Se ve que el viento no sabe leer porque cuando pilla un libro en su camino pasa las hojas al revés.

Lo peor al incendiarse el teatro es que se queme el cartelito de Salida.

Lo más terrible de nuestro libro de direcciones es que sacarán de él las señas de nuestros amigos para enviarles nuestra propia esquela de defunción.

Es difí­cil imaginar que una monda calavera sea una calavera de mujer.

Estamos mirando el abismo de la vejez y los niños vienen por detrás y nos empujan.

Para las estrellas siempre estamos en un abismo.

El agua se suelta el pelo en las cascadas.

La luna es el ojo de buey del barco de la noche.

El viento se rasca la espalda en las esquinas.

Monumento a Ramón Gómez de la Serna en la Plaza de Gabriel Miró, ubicada en Las Vistillas (Madrid)

Cuando anuncian por el altavoz que se ha perdido un niño, siempre pienso que ese niño soy yo.

La ametralladora suena a máquina de escribir de la muerte.

Los tubos fluorescentes padecen de epilepsia.

En la noche helada cicatrizan todos los charcos.

El perfume es el eco de las flores.

Cuando el doctor escribe la receta nos mira una última vez para ver si pone una medicina de las caras o de las baratas.

No se deben dejar las tijeras abiertas porque así­ podrán cortar el hilo del destino

Las sillas aprovechan la oscuridad para echar la zancadilla a sus propietarios.

Más información

Asociación Internacional Ramón Gómez de la Serna
Sitio dedicado al estudio de Ramón Gómez de la Serna

4 Comentarios

Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Privacidad y cookies

Utilizamos cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mismas Enlace a polí­tica de cookies y política de privacidad y aviso legal.

Pulse el botón ACEPTAR para confirmar que ha leído y aceptado la información presentada


ACEPTAR
Aviso de cookies