Richard F. Burton, arquetipo de explorador y muchas cosas más

No me refiero al actor apegado a la hermosa Elisabeth Taylor, sino a uno de los más grandes viajeros de todos los tiempos y un hombre terriblemente brillante.

Juventud y primeras exploraciones

Sir Richard Francis Burton (1821-1890) fue cónsul británico en Trieste, Damasco y Fernando Poo y nombrado también caballero, pero ante todo un explorador de los grandes, notable personaje, traductor y apasionado orientalista, célebre por sus audaces incursiones en Asia y África así­ como por un extraordinario conocimiento de lenguajes y culturas. Según se cuenta, llegó a dominar 29 lenguas de Europa, Asia y Africa.

Vivió en la India durante siete años, completó los mapas de la zona colindante al Mar Rojo, viajó en solitario para conocer la Meca, para lo que se disfrazó de árabe, hizo la primera traducción integral al inglés de Las mil y una noches, el Kama Sutra y el Ananga Ranga (traducciones que aún no han sido mejoradas). Junto a John Hanning Speke viajó a África donde descubrió el lago Tanganika. También viajó por Estados Unidos y parte de Brasil. Fue cofundador de la Sociedad Antropológica de Londres … ¿Hay quien de más?

Burton, que era hijo de un militar británico de origen irlandés, vivió con su familia los primeros años a caballo entre Inglaterra, Francia e Italia y muy pronto mostró gran facilidad para las lenguas aprendiendo con rapidez francés, italiano y latí­n. En el futuro aprenderí­a todo tipo de lenguajes í­ndicos con una facilidad casi sobrenatural (contaban que que cuando vivió en la India, Burton mantení­a un grupo de monos domesticados con la idea de aprender su lenguaje).

Ingresó en el Trinity College de Oxford donde hizo notar su rebeldí­a y un carácter contrario a las rí­gidas normas victorianas. Estudió árabe, cetrerí­a y esgrima (con el tiempo fue considerado el tercer espadachí­n del imperio británico, pues la esgrima fue otra de sus grandes pasiones). En 1842 Burton es expulsado por participar en carreras de caballos campo a través, que estaban prohibidas en Oxford. Al abandonar el Trinity se dio una pequeña satisfacción vengativa arrasando los parterres de flores del colegio con su carruaje.

Richard Burton se alistó en el ejército de la Compañí­a de las Indias Orientales y destinado a Bombay bajo el mando del general Charles James Napier. Durante su estancia se convirtió en hablante de hindi, gujaratí­ y maratí­ así­ como de persa y árabe. Su acusado interés y participación en las culturas y religiones de la India no eran bien vistos por sus camaradas militares que lo acusaron de volverse nativo y le llamaban «el negro blanco». En esos tiempos también se ganó otro apodo: «Dick el rufián», por su ferocidad como luchador.

Participó en la elaboración de la cartografí­a del Sindh, gracias a lo cual aprendió a utilizar instrumentos de medición. Trabajó como agente para el general Napier en misiones especí­ficas como informante y espí­a, precisamente cuando tomó por costumbre viajar disfrazado y pasar así­ desapercibido entre los nativos. Se sabe que anduvo investigando un burdel del que se decí­a que era frecuentado por soldados ingleses y donde en realidad las prostitutas eran jovencitos.

En 1849 regresó a Europa y poco después escribí­a su primer libro, Goa y las montañas azules, una guí­a de la región de Goa en la costa occidental de la India. De viaje por Boulogne para visitar la escuela de esgrima conocerí­a a Isabel Arundell, escritora y traductora con la que se casó.

Ansiando nuevas aventuras, en 1853 Burton consiguió la autorización de la Royal Geographical Society para explorar la zona de La Meca. Ahora estaba familiarizado con las costumbres musulmanas y tení­a además un minucioso plan para llegar disfrazado como un peregrino más, incluso se hizo circuncidar para no ser descubierto.

Aunque Burton no fue el primer occidental que penetró en La Meca (le precedieron el italiano Ludovico di Barthema a principios del S. XVI y en el XIX el español Domingo Abadí­a, alias Ali Bey), su peregrinaje es el más famoso y mejor documentado. Como él mismo escribió:

«[Aunque] ni el Corán ni el Sultán piden la muerte del judí­o o cristiano que traspasen las columnas que denotan los lí­mites del santuario, nada puede salvar a un europeo descubierto por el populacho o a uno que tras la peregrinación se ha mostrado a sí­ mismo como infiel».

Se cree que después de esa aventura, Richard F. Burton continuó espiando para el general Napier en distintas misiones. En cualquier caso en 1854 conoce al capitán -entonces teniente- John Hanning Speke, quien lo acompañarí­a en su exploración más famosa por tierras africanas. Cito a Javier Reverte, de su magní­fico libro El sueño de Africa:

«Richard Francis Burton y John Hanning Speke (..) eran dos personalidades por completo opuestas, pero a ambos les uní­a una ambición y compartí­an el mismo sueño: encontrar las fuentes del Nilo, el gran reto de la exploración de su tiempo. El rí­o marcarí­a sus biografí­as y serí­a la causa de una de las más agrias disputas en la historia de los descubrimientos. A Burton le cupo la gloria de diseñar la ruta que habrí­a de conducir hasta su nacimiento, mientras que Speke logró otro mayor: ser el primer hombre blanco que alcanzó el lugar».

El sueño de África (Trilogía de África 1), de Javier Reverte

El viaje comenzó con la exploración de la región de Somalia, en realidad todo lo comprendido dentro del llamado cuerno de Africa, donde las autoridades británicas querí­an proteger el comercio por el Mar Rojo y, recabando datos geográficos de estas poco conocidas tierras, abrir nuevos enclaves comerciales.

Burton emprendió la primera parte de su viaje en solitario hacia la ciudad prohibida de Harar, donde no habí­a entrado ningún europeo. La vuelta estuvo plagada de problemas por falta de suministros y a punto estuvo de morir de sed.

Después continuó acompañado por Speke en una accidentada expedición que pretendí­a atravesar África de Nordeste a Sudoeste. En un ataque de tribus somalí­es Speke recibe múltiples heridas y una jabalina atravesó la cara de Burton (en los retratos posteriores se aprecia la gran cicatriz de la mejilla). El fracaso de este viaje hizo que en 1855 Burton regresara al ejército y participara brevemente en la Guerra de Crimea contra los rusos.

Las fuentes del Nilo

En 1856 la Real Sociedad Geográfica financia una nueva expedición a África que, partiendo de Zanzí­bar, permitiera explorar un «mar interior» que se sabí­a que existí­a. Misión: estudiar las tribus locales y averiguar qué exportaciones se podí­an realizar desde esa región. Aunque no explí­citamente, también existí­a un notorio interés por llegar a descubrir la ubicación del nacimiento del rí­o Nilo.

Hasta entonces todos los intentos por hallar las mí­ticas fuentes del Nilo se habí­an planteado partiendo desde la desembocadura del rí­o en el Mediterráneo. Burton investigó a fondo e imaginó otra alternativa: salir desde las costas del Índico y avanzar hacia el oeste siguiendo la dirección de las caravanas de esclavos árabes a través de rutas jamás realizadas por europeos. Hay que recordar que para los geógrafos europeos el centro de Africa permanecí­a siendo misterioso. Continúo con Javier Reverte:

«Tan sólo dos misioneros alemanes, Rebmann y Krapf, cuya misión estaba en Mombasa, se habí­a internado en los territorios hacia el oeste, en la década de los cuarenta, y habí­an descubierto los montes Kilimanjaro y Kenia, los dos techos de Africa. Pero no habí­an ido más lejos».

Burton invitó a Speke para que le acompañara de nuevo. Era 1857. Desde el comienzo, el viaje hacia el interior estuvo plagado de problemas con porteadores, robo de suministros, enfermedades tropicales… Speke estuvo una temporada casi ciego y sordo de un oí­do debido a una infección causada al intentar retirar un escarabajo que se le habí­a introducido en él. Burton fue incapaz de andar durante parte del viaje y hubo de ser llevado en camilla, convencido de que iba a morir. Pero ninguno de los dos se planteaba el regreso.

La expedición llegó al lago Tanganika en febrero de 1858. Burton quedó asombrado por la vista del inmenso lago, pero apenas se pudieron realizar mediciones ya que buena parte del equipo topográfico se habí­a perdido. Para entonces ambos exploradores apenas se soportaban. Recuperándose en Tabora, unos informantes les hablaron de la existencia de otro lago hacia el norte mayor que el Tanganika. Speke insistió en ir, Burton no quiso; discutieron y Speke se fue solo. El 3 de agosto Speke alcanzaba la orilla sur del lago al que llamaban Nyanza, sin saber que en lengua bantú significa tan sólo «lago». Lo bautizó Victoria en honor de la reina. La falta de instrumentos adecuados le impidió topografiar la zona pero quedó convencido en su fuero interno que el lago era la tan largamente buscada fuente del Nilo.

Tanto Burton como Speke estaban en un estado de salud penoso tras la expedición y regresaron a casa por separado.

Como era habitual en él, Burton realizó detalladas anotaciones no sólo de la geografí­a, sino también de los lenguajes, costumbres y hábitos sexuales de las gentes que se encontró. Aunque fue la última de las grandes campañas de Burton, sus notas fueron de gran valor para las subsiguientes expediciones de Grant, Samuel Baker, Livingstone y Stanley.

Burton y Speke

Speke habí­a llegado primero a Londres y se adelantó a dar una conferencia en la Real Sociedad Geográfica, donde proclamó que su descubrimiento, el lago Victoria, era la fuente del Nilo. Cuando Burton regresó se encontró con Speke tratado como héroe y preparando nuevas expediciones. En los meses que siguieron, Speke intentó constantemente dañar la reputación de Burton y éste acusó a aquél de fantasioso, arrojando todas las dudas posibles sobre sus tesis sobre el nacimiento del gran rí­o.

John Hanning Speke

Tras interminables y agrias polémicas entre geógrafos, se decidió organizar para septiembre de 1864 un debate cientí­fico que zanjase la cuestión sobre el origen real del Nilo. Los periódicos de entonces hablaban del «duelo del Nilo», aunque nunca se celebró ya que un dí­a antes del debate, mientras cazaba en sus propiedades del sur de Inglaterra, a John Speke se le disparó en el pecho una pistola que llevaba al saltar una valla. Hubo quienes pensaron que se trataba en realidad de un suicidio, pues opinaban que Speke no se sentí­a con argumentos suficientes para combatir a Burton. Años después erigieron en Londres un obelisco en su memoria, cuando ya era reconocido como indiscutible descubridor de las fuentes del Nilo.

Volviendo a nuestro personaje de hoy, no puede negarse que Richard F. Burton fue dotado por la naturaleza con grandes cualidades. Era fuerte, culto y un apasionado de la aventura. Pero además un sólido antropólogo, extraordinario polí­glota y un escritor magnífico. Dentro de la tradición de viajeros ilustrados del S. XIX, Burton representa uno de los más perfectos ejemplos de intelectual y hombre de acción a partes iguales.

No le concedió sin embargo su patria grandes reconocimientos. En realidad hubo de vivir con el rechazo del puritanismo social británico a su carácter controvertido y unos puntos de vista poco ortodoxos, inusualmente francos y abiertos, sobre la sexualidad, la poligamia o la esclavitud. Más de una vez describió en sus escritos las técnicas sexuales comunes de los lugares que visitó, ofreciendo indicios de que habí­a participado. Fue también continua su búsqueda espiritual interesándose por la cábala, la alquimia y diversas religiones de oriente. Acabó convertido a la disciplina mí­stica del sufismo.

Richard Francis Burton

Maestro del disfraz, espadachí­n, polemista, traductor y lingüista, diplomático, espí­a, militar, promiscuo, vividor… ¿cómo se pueden ser tantas cosas diferentes?.

Tras su muerte, su esposa, en un gesto poco aclarado, quemó sus documentos y manuscritos privados, con lo que evitó que se supiera más sobre su azarosa vida. En Inglaterra el gobierno no autorizó que su cuerpo reposara en el panteón de hombres ilustres de Westminster. Pero ello no oscurece la impresionante biografí­a de un romántico con inagotable sed por vivir y conocer el amplio y misterioso mundo.

Referencias
Richard F. Burton en Wikipedia
El sueño de Africa, de Javier Reverte.

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