Robert Mitchum, un aparente aire de desinterés

“I never changed anything, except my socks and my underwear. And I never did anything to glorify myself or improve my lot. I took what came and did the best I could with it.”

«Nunca he cambiado, excepto de calcetines y ropa interior. Y nunca hice nada para glorificarme a mi mismo o mejorar mi suerte. Tomé lo que vino e hice lo mejor que pude con ello»

Uno de esos actores que hay que reinvindicar. Y junto a Bogart, creador de un carácter inolvidable en el cine. No hay muchos más dentro de este rango.

Me encanta aquellos que consiguen potenciar la ironí­a y el descreimiento de sus personajes de forma contenida y en eso Mitchum era infalible. Con su rostro varonil, a menudo acompañado de una mueca burlona apenas perceptible, Robert Mitchum fue un actor más complejo e inteligente que la mayorí­a.

Y es que da la impresión de que nunca se tomó en serio lo de ser una estrella de Hollywood. Su indiferencia hacia la fama y para con las mentiras de la meca del cine le llevaron a decir que las pelí­culas le aburrí­an, “sobre todo las mí­as”. Y que sus dos registros interpretativos eran “con caballo y sin caballo”… Y que una de las mayores estrellas de todos los tiempos era el perro Rin Tin Tin.

Conocido particularmente por pelí­culas de cine negro, westerns y dramas bélicos, fue uno de los que mejor encarnó en la gran pantalla la imagen del mal a través de anti-héroes, personajes atrapados, villanos y perdedores.

Robert Charles Durman Mitchum nació en agosto de 1917 en una pequeña localidad de Connecticut y trabajó en lo que pudo antes de que el teatro primero, y después el cine, se cruzaran en su camino. Expulsado de diferentes colegios por pendenciero, arrestado por vagancia mientras recorrí­a el paí­s en vagones de ferrocarril, desempeñó varios oficios: figurante, boxeador semiprofesional, minero, compositor de canciones para espectáculos de variedades, cantante sin éxito”¦ A los veinticinco años ingresó en el teatro y rápidamente fue contratado en Hollywood.

Allí­ destacó como brillante y sobrio intérprete de cejas curvadas, con una aparente inexpresividad que le ayudó a especializarse en personajes monolí­ticos y taciturnos. Su lento caminar y su acusada personalidad pervivieron en el cine a través de más de 100 pelí­culas y cinco décadas.

Recordemos que hizo muchas y buenas pelí­culas, tí­tulo mí­ticos de una época en que esto del cine se amasaba de manera artesanal y con mucho talento.

Su primer éxito en la gran pantalla fue con “Encrucijada de odios” y puso el rostro preciso de detective privado en “Retorno al pasado”, de Jacques Tourneur y en “Adiós muñeca”, donde daba vida a un Philip Marlowe cincuentón y cansado. Protagonizó «Cara de ángel» de Otto Preminger (tí­tulo clave en la historia del cine negro), “Rí­o sin retorno” junto a Marilyn Monroe y «El dí­a más largo», el ambicioso drama bélico sobre el desembarco en Normandí­a.

Acató las órdenes de Huston en ”Sólo Dios lo sabe” y de Vicente Minelli en ”Con él llegó el escándalo”. Co-protagonizó con Gregory Peck ”El cabo del terror” y con John Wayne «El Dorado» western glorioso de Howard Hawks. También fue cabeza de cartel en ”La hija de Ryan”, dirigida por David Lean, «La noche del cazador», de Charles Laughton y «Yakuza», de Sidney Pollack.

Fue un fumador y bebedor excesivo que estuvo en la cárcel por consumo de marihuana en 1949 y que vivió una existencia un tanto tumultuosa, con casi cuarenta detenciones y apasionadas aventuras al lado de Ava Gardner, Marilyn Monroe, Rita Hayworth o Shirley MacLaine, por la que estuvo a punto de abandonar a la que fue su única mujer y madre de sus tres hijos, Dorothy Spencer.

Contrario a las escuela del método, este tí­o Individualista, escéptico, rebelde e impulsivo, se fue cotizando como actor con el tiempo hasta convertirse en leyenda, aunque nunca le concedieran un Oscar. Cómo irónicamente dijo en una ocasión: «La única diferencia entre yo y mis compañeros actores es que yo he pasado más tiempo en la cárcel».

Tildado de lacónico y poco expresivo, su rasgo fí­sico más llamativo era una mirada soñadora. Se dice que su actitud despreocupada en la pantalla formaba parte de su carácter real. Lo cierto es que, analizada hoy dí­a, su filmografí­a es tan atractiva en calidad como en cantidad, y algunas de sus interpretaciones han quedado grabadas en la memoria para siempre.

Pero tras la piel de duro se escondí­a un hombre que escribí­a poesí­a y cuentos infantiles y un gran coleccionista de libros y discos. El chico malo de Hollywood murió de cáncer de pulmón en 1997, poco antes de cumplir ochenta años, y curiosamente un dí­a antes que el chico bueno por excelencia del cine norteamericano, James Stewart.

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