Robert Mitchum, un aparente aire de desinterés

“I never changed anything, except my socks and my underwear. And I never did anything to glorify myself or improve my lot. I took what came and did the best I could with it.”

«Nunca he cambiado, excepto de calcetines y ropa interior. Y nunca hice nada para glorificarme a mi mismo o mejorar mi suerte. Tomé lo que vino e hice lo mejor que pude con ello».

Robert Mitchum, uno de esos actores siempre por reivindicar. Y junto a Bogart, creador de un caracterización única e inolvidable en la historia del cine. No hay muchos más dentro de este rango.

En el mundo del cine me encantan aquellos que consiguen potenciar la ironí­a y el descreimiento de sus personajes de forma sutil y contenida y en eso Mitchum era infalible. Con un rostro varonil, a menudo acompañado de la mueca burlona apenas perceptible, Robert Mitchum fue un actor más complejo e inteligente que la mayorí­a.

Da la impresión de que nunca se tomó demasiado en serio lo de ser una estrella de Hollywood. Su indiferencia hacia la fama y para con las mentiras de la meca del cine, le llevaron a decir que las pelí­culas le aburrí­an, «Sobre todo las mí­as». Y que sus dos registros interpretativos eran «con caballo y sin caballo». Y que una de las mayores estrellas de todos los tiempos era el perro Rin Tin Tin.

Conocido particularmente por pelí­culas de cine negro, westerns y dramas bélicos, fue uno de los que mejor encarnó en la gran pantalla la imagen del mal a través de anti-héroes, personajes atrapados, villanos y perdedores.

Robert Charles Durman Mitchum nació en agosto de 1917 en una pequeña localidad de Connecticut. Su padre era de origen escocés-irlandés y trabajó en el ferrocarril y en los astilleros. Murió de accidente laboral cuando Robert tenía solamente dos años. Su madre, Ann Harriet Gunderson, era una inmigrante noruega .

Expulsado de diferentes colegios por involucrarse en peleas y trastadas, Mitchum se fue de casa a los 14 años y viajó por todo el país saltando a vagones del tren y desempeñando oficios como excavando zanjas o boxeador profesional. Se dice que de esto último le quedó un ojo vago y su característica mirada somnolienta.

Dorothy Spence y Robert Mitchum en 1955

En 1933 fue arrestado por vagancia en Savannah, Georgia. Mitchum regresó a casa de su familia en Delaware, adonde se habían mudado con los abuelos, y conoce entonces a Dorothy Spence, la mujer con la que se casaría y permanecería el resto de su vida.

A partir de 1936 se establece en California siguiendo los pasos de su hermana mayor Julie que intentaba ser actriz. Allí haría de figurante, escritor ocasional, escenógrafo y compositor de canciones para espectáculos de variedades.

A los veinticinco años un agente de talentos amigo de Julie Mitchum, lo convenció para ser actor y aunque no terminó el curso, rápidamente lo contrataron en Hollywood para papeles villanos menores.

Muy pronto destacó como brillante y sobrio intérprete de cejas curvadas, una aparente inexpresividad que le condujo a especializarse en personajes monolí­ticos y taciturnos. Su lento caminar y una acusada personalidad dejaron impronta en el celuloide a través de más de 100 pelí­culas a lo largo de cinco décadas.

Recordemos que hizo muchas y buenas pelí­culas, tí­tulos mí­ticos de una época en que esto del cine se amasaba de manera artesanal y a base de mucho esfuerzo y talento.

Los primeros éxitos importantes en la gran pantalla vendrían con Encrucijada de odios y poniendo el rostro preciso de detective privado en Retorno al pasado de Jacques Tourneur, ambas pertenecientes al género del cine negro y ambas del año 1947.

Protagonizó Cara de ángel de Otto Preminger (1953), también un tí­tulo clave en la historia del cine negro, Rí­o sin retorno (1954) junto a Marilyn Monroe y El dí­a más largo (1962), ambicioso drama bélico sobre el desembarco en Normandí­a.

Acató las órdenes de Huston en Sólo Dios lo sabe (1957) y de Vicente Minelli en Con él llegó el escándalo (1960). Co-protagonizó con Gregory Peck El cabo del terror (1962) y con John Wayne El Dorado (1966), western glorioso de Howard Hawks.

También fue cabeza de cartel en La hija de Ryan (1970), dirigida por David Lean, Yakuza, de Sidney Pollack (1974) y La noche del cazador de Charles Laughton (1955), una de las mejores interpretaciones de su carrera.

En Adiós muñeca (1975) daba vida a un Philip Marlowe que se sentía cansado y viejo, más o menos como él mismo.

Fue un fumador y bebedor excesivo que pasó por la cárcel por consumo de marihuana en 1948 y que vivió una existencia un tanto tumultuosa, con casi cuarenta detenciones y apasionadas aventuras al lado de Ava Gardner, Marilyn Monroe, Jean Simmons, Rita Hayworth o Shirley MacLaine, por la que estuvo a punto de abandonar a la que fue su única mujer y madre de sus tres hijos, Dorothy Spence.

Contrario a las escuelas del método, este individualista escéptico, rebelde e impulsivo, cotizó como gran actor a base de trabajo hasta convertirse en leyenda. Recibió muchas nominaciones y premios, sin embargo nunca le concedieron un Oscar. Cómo irónicamente dijo en cierta ocasión:

«La única diferencia entre yo y mis compañeros actores es que yo he pasado más tiempo en la cárcel».

Tildado de lacónico, de poco expresivo, uno de los rasgos fí­sicos más llamativos se emplazaba en una mirada soñadora de ojos aparentemente cansados.

Se dice que su actitud despreocupada en la pantalla formaba parte de su carácter real. Lo cierto es que, analizada hoy, su filmografí­a resulta tan atractiva en calidad como en cantidad: a ver cuántos han protagonizado tantas películas de primera clase.

Pero tras la piel de duro se escondí­a un hombre que escribí­a poesí­a y cuentos infantiles y un gran coleccionista de libros y discos. Además uno de los aspectos menos conocidos de la carrera de Mitchum fue su incursión en la música como cantante, de hecho grabó dos álbumes y a menudo era su voz la que se utilizaba cuando su personaje cantaba en una película.

El chico malo de Hollywood murió de cáncer de pulmón en 1997, poco antes de cumplir ochenta años y curiosamente un dí­a antes que el chico bueno por excelencia del cine norteamericano, James Stewart.

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