Steve McQueen

Vivir una vida idealista y heroica, sin culpa, sin afectar a nadie, es imposible. Hemos de confrontar nuestras metas con aquello que consideramos correcto y al mismo tiempo contar con los demás, al menos con quienes nos aprecian o tenemos algún tipo de relación.

«If I hadn’t made it as an actor, i might have wound up a hood.»

«Si no hubiera tenido éxito como actor, podrí­a haber acabado como un delincuente».

En el epicentro de todo esto conviven innumerables zonas grises donde realmente hay que dar la talla.

Steve McQueen personifica el anti-héroe de Hollywood en un momento en que la contracultura emergente norteamericana cuestionaba lo que era un verdadero «héroe». Fue pupilo de una libertad que tememos tanto como envidiamos, algo así­ como la que debe sentir un jinete desconocido en una carrera desconocida a toda velocidad.

Terrence Steve McQueen nació en 1930 en Indiana. Abandonado por su padre, al que jamás conoció, se trasladó con su madre alcohólica a California. Allí­ Steve se enfrentó con su nuevo padrastro a quien llamó «el primer hijo de puta».

Luchó con la dislexia en la escuela y era parcialmente sordo. Pasó por el reformatorio y pronto se integró en una pandilla callejera. A los 14 años se escapó de casa uniéndose a un circo por un tiempo, trabajó en un burdel e incluso fue leñador, camarero y estibador. Cuando tuvo la edad suficiente se alistó en la Infanterí­a de Marina, desertó y pasó por el calabozo aunque finalmente terminó el servicio con honores.

Después de los marines y mientras compite en carreras de motos, se interesa por la interpretación y va a parar al famoso Actors Studio de Lee Strasberg.

Su oportunidad llega en 1958 con el papel del cazador de recompensas en la serie de TV «Wanted: Dead or Alive». No tardó en hacerse muy conocido forjando una imagen rebelde tanto en los personajes que interpretaba como al margen de ellos. Hollywood se hizo con el icono y el resto es historia.

La década de los 60 cimentó su prestigio y fama, logrando ser una de las más rutilantes estrellas del celuloide, favorito del público gracias a tí­tulos como Los Siete Magní­ficos (pocas veces escucharemos en un western tal recital de frases lapidarias), La gran evasión, El Rey del juego, El Yang-Tse en llamas (su única nominación al Oscar), Bullitt y El caso de Thomas Crown.

En los 70 sus apariciones se hicieron más escasas; creó una compañí­a a la que denominó Solar y se dedicó a disfrutar del tiempo libre con sus aficiones preferidas, en especial, el mundo de las carreras de coches, su gran pasión con lo que desataba adrenalina y las artes marciales, en donde tuvo como profesor al mí­tico Bruce Lee.

Los tí­tulos más reseñables en esta etapa fueron Las 24 horas de Le Mans, La Huida y Papillón, la gran aventura vital de Henri Charriere llevada al cine.

No faltó a su cita con las superproducciones de catástrofes tan de moda en la época con El coloso en llamas, convirtiéndose entonces en el actor mejor pagado del mundo.

Falleció en 1980 en la ciudad mexicana de Juárez a causa de un cáncer de pulmón. El amianto de la fibra de los monos igní­fugos de los pilotos, el tabaco y otros excesos… todo sumaba. Sólo llegó a los 50 años.

No importaba qué ropa se pusiera o qué gesto hiciese, siempre lo hizo con estilo, dejando su impronta. Aunque pretendido por las grandes marcas de moda y complementos, en realidad se bastaba con unos pantalones chinos y una camiseta básica para dejar boquiabierto al personal. Un estilo tan sobrio como elegante que fue referencia de virilidad, la de alguien intrépido que no se deja embaucar. Indisciplinado, taciturno, mujeriego, conquistaba tanto con un gesto granuja como con una franca sonrisa de las suyas.

Apodado King of cool, McQueen es todaví­a un icono, una marca imbatible. Gran número de objetos personales que le pertenecieron en vida siguen vendiéndose a precios desorbitados: gafas de sol, coches, chaquetas de cuero.

Triumph, su marca del alma, sacó un modelo de moto con su nombre en una edición limitada y hace un tiempo Ford lo resucitó gracias a un montaje de impecable factura para el anuncio del lanzamiento de su modelo Puma.

En una ocasión dijo que no estaba seguro de si era un actor que competí­a o un piloto que actuaba pero queda claro que como actor realizó un trabajo más que decente.

Tras ver lo bueno y lo malo de Steve McQueen, se le sigue queriendo. Quizá porque fue honesto consigo mismo y un superviviente nato. Por cierto, era tan chulo que en la lista de proyectos a los que dijo «no» figuraban «Desayuno con diamantes», «Encuentros en la tercera fase», «Apocalypse Now» y «Harry el Sucio».

Vivió deprisa y dejó huella. Más allá de una azarosa vida privada o sus censurables vicios, Steve terminó siendo un sí­mbolo que se proyecta a través del tiempo. Solo hay que recordar el salto en moto en «La gran evasión», la persecución de «Bullitt», la partida final de «El rey del juego», su porte en «La huida» o su esfuerzo interpretativo en «Papillon». Verlo en pantalla siempre será un privilegio.

Como en el caso de otros grandes iconos cinematográficos, en The Selvedge Yard figuran las mejores imágenes que conozco.

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