William Buckland, un excéntrico caballero inglés

William Buckland nació en Axminster (Devonshire) y de niño acompañó a su padre, -rector del Templeton and Trusham- en sus caminatas, durante las cuales hallaban y coleccionaban conchas fósiles, incluyendo ammonites del Jurásico en estratos visibles en las canteras.

Estudió Teología y acabó siendo ordenado sacerdote pero además desarrolló un gran interés por la geología y las investigaciones de campo, realizando frecuentes excursiones a caballo por toda Inglaterra, Escocia, Irlanda y Gales.

Impartió charlas y cursos de mineralogía y paleontología, viajó por Europa y contactó con muchos científicos. En 1818 Buckland es elegido miembro de la Royal Society.

William Buckland no solamente es conocido por sus méritos académicos, también por ser un de los tipos más excéntricos de su época que organizaba expediciones a recónditos parajes de todo el mundo bajo el pretexto de estudiar exóticos animales, pero lo que realmente le gustaba era zampárselos…

Así­ es, el señor Buckland presumí­a de que jamás habí­a avistado ningún animal sin haber conseguido cazarlo para comérselo.

En casa de Buckland se podí­a servir a los invitados, dependiendo del capricho del anfitrión y la disponibilidad, conejillos de indias asados, ratones rebozados, puerco espí­n al horno o babosas marinas hervidas del sureste asiático. Buckland era capaz de encontrar virtudes en todos ellos, salvo en el topo común, que le parecí­a repugnante.

Se convirtió, algo casi inevitable, en la principal autoridad en coprolitos (heces fosilizadas) y tení­a una mesa hecha toda ella con piezas de su colección de especí­menes.

Caricatura de Buckland (1822)

Especialmente célebre era su colección de animales salvajes, algunos grandes y peligrosos (como tigres, leones y osos) a los que permití­a vagar a sus anchas por su casa y por su jardí­n.

Su actitud solí­a ser singular incluso cuando se dedicaba seriamente a la ciencia.

En cierta ocasión, la señora Buckland sintió que su marido la zarandeaba para despertarla en plena noche gritando emocionado: « ¡Querida mí­a, creo que las huellas del Cheirotherium son testudinales, es indiscutible!» y la obligó a correr a la cocina en ropa de cama. La señora Buckland preparó pasta con harina y la extendió sobre la mesa mientras el reverendo Buckland iba a buscar la tortuga de la familia. La puso sobre la pasta, la hizo caminar y descubrió entusiasmado que sus huellas coincidí­an con las del fósil que habí­a estado estudiando.

El bueno de Buckland, que tení­a por costumbre ir a hacer su trabajo de campo ataviado con una toga académica, al final de sus dí­as acabó completamente chiflado y encerrado en un manicomio. La causa más probable de su locura fue el alzheimer y la demencia senil (más que sus famosas excentricidades).

Fuente: Wikipedia y Una breve historia de casi todo del genial Bill Bryson

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