William Buckland. Un excéntrico caballero Inglés.

 

Buckland nació en Axminster en Devonshire y de niño acompañó a su padre, el rector del Templeton and Trusham, en sus caminatas, durante las cuales hallaban y coleccionaban conchas fósiles, incluyendo ammonites del Jurásico en estratos visibles en las canteras.

En 1818 Buckland fue elegido miembro de la Royal Society.

William Buckland fue conocido no solo por sus méritos académicos, si no por ser un de los tipos más excéntricos que habí­a en su época.
Organizaba expediciones a recónditos parajes de todo el mundo  bajo el pretexto de estudiar exóticos animales. pero lo que realmente le gustaba era zampárselos….

Así­ es, el señor Buckland presumí­a de que jamás habí­a avistado ningún animal sin haber conseguido cazarlo para comérselo.

En casa de Buckland se podí­a servir a los invitados, dependiendo del capricho del anfitrión y la disponibilidad, conejillos de indias asados, ratones rebozados, puerco espí­n al horno o babosas marinas hervidas del sureste asiático. Buckland era capaz de encontrar virtudes en todos ellos, salvo en el topo común, que le parecí­a repugnante. Se convirtió, algo casi inevitable, en la principal autoridad en coprolitos (heces fosilizadas) y tení­a una mesa hecha toda ella con piezas de su colección de especí­menes.

Era especialmente célebre por su colección de animales salvajes, algunos grandes y peligrosos (como tigres, leones y osos) , a los que permití­a vagar a sus anchas por su casa y por su jardí­n.

Su actitud solí­a ser singular incluso cuando se dedicaba seriamente a la ciencia. En cierta ocasión, la señora Buckland sintió que su marido la zarandeaba para despertarla en plena noche gritando emocionado: « ¡Querida mí­a, creo que las huellas del Cheirotherium son testudinales, es indiscutible!» . y la obligó a correr a la cocina en ropa de cama. La señora Buckland preparó pasta con harina, la extendió sobre la mesa, mientras el reverendo Buckland iba a buscar la tortuga de la familia. La puso sobre la pasta, la hizo caminar y descubrió entusiasmado que sus huellas coincidí­an con las del fósil que habí­a estado estudiando Buckland.

El bueno de Buckland tení­a por costumbre ir a hacer su trabajo de campo ataviado con una toga académica y al final de sus dí­as acabo completamente chiflado y encerrado en un manicomio. La causa más probable de su locura fue el alzheimer y la demencia senil (más que sus famosas excentricidades).

Fuente: Wikipedia y “Una breve historia de casi todo” del genial Bill Bryson

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