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22/11/2017

Bailando con falda escocesa a orillas del lago Victoria

Al nombre de Joseph Thomson responde un físico británico que fue premio Nobel en 1906, pero también un notable expedicionario escocés en Africa al que sin embargo la historia no ha colocado entre los grandes de la exploración pese a ser probablemente el más genuino de ellos.

En el este de Africa, para ir de las costas del Indico hasta los grandes lagos del interior, la ruta practicada desde la antigüedad por los esclavistas árabes era el camino más corto pero también el más peliagudo. Por un lado estaba el desierto de Taru, paraíso de la mosca tse-tse y a su vez verdadero azote para las caballerías y por otra parte son los dominios de los masais, sin duda una de las más belicosas tribus de Africa. No es pues de extrañar que cuando avanzaban las exploraciones europeas por Africa oriental fuera preferida la ruta del sur en los viajes hacia tierra dentro.

En 1883 Joseph Thomson fue el el primer explorador europeo que llegó al territorio de los grandes lagos precisamente por el camino más peligroso, el primero en adentrarse en territorio Masai (Masailand) y abrir con ello definitivamente el conocimiento de las hermosas tierras del interior de Kenya. Lamentablemente, supuso también la expansión incontenible del colonialismo occidental en esta zona hasta entonces virgen.

Joseph Thomson había llegado de Escocia con el ansia ante todo de viajar por el gran continente y en este sentido es un explorador de alma romántica y libre (se consideraba a sí mismo un viajero antes que otra cosa). Vivió su aventura con pasión y murió con sólo 37 años. Geólogo y naturalista graduado en Edimburgo, Thomson apareció en 1878 con veinte años de edad en una expedición al lago Tanganika como voluntario sin sueldo. El grupo al que pertenecía fue diezmado por la malaria y el joven escocés tuvo que asumir el mando. En ese accidentado viaje descubrió el lago Rukwa (en la actual Tanzania y con una extensión de 2.300 kilómetros cuadrados). Los detalles de este primer viaje quedaron plasmados en su primer libro: “To the Central African Lakes and Back”.

En 1881 fue llamado por el sultán de Zanzíbar para dirigir una expedición al río Rovuma, en busca de unos supuestamente ricos yacimientos de carbón. Thomson cumplió su misión, pero tales yacimientos no existían. Al parecer el sultán se mosqueó tanto que no quiso enviar un barco de rescate y se negó a recibir a Thomson durante tres meses.

En 1883 la Royal Geographical Society y el gobierno de Londres tenían avanzado el proyecto de una línea férrea desde la costa hacia Uganda. Viajar a la cabecera del Nilo había sido muy problemático por el sur, como vimos antes, por eso cuajó la idea de construir un ferrocarril por el camino más corto. Era una nueva ruta plagada de peligros pero con gran interés geopolítico y estratégico, por ejemplo para las miras imperialistas las tropas podían ser transportadas rápidamente sobre raíles. El candidato en que pensaron era el prestigioso Stanley, pero resultaba muy caro. “¿Por qué no llamamos al loco jovenzuelo escocés?”, debieron pensar los jerifaltes. Joseph Thomson siempre estaba dispuesto a moverse y desde luego todo parece indicar que se la traía floja todo ese cúmulo de intereses políticos y económicos del colonialismo inglés.

Con tan sólo 25 años, un reducido grupo de hombres y unas pocas armas, el 15 de marzo de 1883 Thomson partió de Mombasa para cruzar el temible desierto de Taru y atravesar el país Masai (con una extensión similar a Inglaterra), lo que el propio Stanley consideraba de verdadero suicidio. Llevaban además dos burros, una cámara fotográfica, y el propio Thomson unos libros de poesía, una gaita y una falda escocesa con los colores de su clan escocés.

Curiosamente otro grupo, liderado por el naturalista alemán Gustav Fischer, había partido poco antes hacia el interior con parecido propósito, es decir, ambas expediciones fueron casi simultáneas. Pero Fischer sólo consiguió llegar hasta el Lago Naivasha.

En abril Thomson rodeó el Kilimanjaro y se adentró en tierra Masai para encontrar un pueblo orgulloso y desconfiado, en plena decadencia a causa de las guerras internas y las epidemias de cólera y viruela. El explorador mantuvo una relación cauta con los masai, estableciendo pactos y colmándoles de regalos. Les hacía creer que era un mago, hablando con los dioses e impresionándoles con sus trucos, como sacarse la dentadura postiza o añadir polvos efervescentes al agua. Avanzando con cuidado y soportando la agresividad y el comportamiento cambiante de los masai, Thomson llegó al pozo de agua que hoy conocemos como Nairobi, avistó el valle del Rift, el Lago Naivasha y el Monte Kenya. Descubrió el Lago Baringo, bautizó con su nombre la catarata en el río Narok y nombró la cordillera cercana en honor de Lord Aberdale, el entonces presidente de la Royal Geographical Society, para finalmente alcanzar las orillas del Lago Victoria en diciembre de 1883. Ese día, el joven descubridor de la ruta más corta a Uganda vistió el tartán de su clan y junto al lago bailó una danza de su Escocia natal.

El viaje de vuelta fue largo y tortuoso. Thomson fue gravemente corneado en el muslo por un búfalo al que había disparado. Pero la herida abierta en su pierna, la disentería y los ataques de los masai no consiguieron doblegar la determinación del explorador, quien en mayo de 1884 finaliza en Mombasa su histórico viaje que describió un año más tarde en su segundo libro: “Through Masai Land”. Había recorrido más de 4.000 kilómetros en unos 14 meses. En lugar de retirarse a disfrutar de sus ganancias y su recién adquirida fama, Thomson continuó merodeando por el continente negro. Tenía adquirido el “mal de Africa” y durante los siguientes siete años recorrió Sudán, las montañas del Atlas y el río Zambeze. No buscaba nada, simplemente iba de aquí para allá, hasta que en 1895 murió víctima de las numerosas enfermedades que se habían cebado en él durante su corta vida.

Casi moribundo, dijo a uno de sus amigos: “Si tuviera fuerzas para ponerme las botas y caminar cien metros, me iría otra vez a Africa”. No fue en absoluto vanidoso, ni le atrapó el afán de gloria de muchos de sus coetáneos. Para imaginar la pasta de que estaba hecho basta citar las palabras más célebres que nos legó:

“Estoy condenado a ser un vagabundo. No soy un constructor de imperios, no soy un misionero, en realidad ni siquiera soy un científico. Lo que verdaderamente quiero es volver a África y seguir vagando de un lado a otro”.

Saber más y más.

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