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27/06/2017

Monsieur Corneta y el Escorial de los mares en la encrucijada de Trafalgar

“Señores, nos van a dar julepe por el centro”.

Marcial “Mediohombre”, personaje del Trafalgar de B. Pérez Galdós (1873)

La batalla de Trafalgar (1805) fue uno de los combates más terribles y sangrientos de los que han visto los mares; supuso el punto y final a trescientos años de hegemonía española en el océano al tiempo que dio inicio a más de un siglo de poderío naval británico. Después de esto, conjurado el viejo peligro español y barridas las posibilidades francesas, los ingleses extienden su dominio por todas las latitudes sin encontrar apenas oposición. Basta dar un pequeño salto en el tiempo para comprender que el resultado de aquel épico enfrentamiento tuvo consecuencias en el colonialismo británico de Africa y Asia, así como en el despertar de los movimientos independentistas de Hispanoamérica a lo largo del S. XIX.

Algunos datos de cómo se fue cociendo esto

Trafalgar fue la mayor derrota naval de Napoleón Bonaparte. El célebre Nelson, pese a su victoria, perdió la vida. En sí la batalla resultó un infierno para los que participaron y un baño de sangre que pudo haberse evitado. España perdió diez de los quince barcos con los que luchó, con algo más de 1.000 muertos y casi 1.400 heridos; Francia perdió doce de sus dieciocho barcos, con 3.386 muertos y unos 1.162 heridos; Inglaterra 450 muertos y 1.243 heridos. Se hicieron en torno a 8.000 prisioneros. En buena parte de quienes sobrevivieron la mutilación fue un amargo corolario.

Entre los protagonistas de la contienda frente a las costas de Cádiz se contaba la flor y nata de los militares de la época, curtidos en el combate -en un tiempo en el que no eran raras las escaramuzas entre navíos de distinta bandera- pero al mismo tiempo hombres ilustrados a los que unía un nexo común: estaban versados en geografía, cartografía y otras ciencias. Todo el saber e influencia que podían haber transmitido se fue a la mierda en pocas horas. Grandes marinos fallecieron aquel día o tiempo después a consecuencia de las heridas recibidas: Churruca, Alcalá Galiano, Gravina (fallecidos), Escaña, Álava, Hidalgo de Cisneros, Valdés (heridos graves)… Hoy sus nombres son poco más que placas en instituciones o calles de algunas ciudades españolas.

A finales del S. XVIII la decadente monarquía española de Carlos IV está a merced de Francia, comandada por un incontenible Napoleón. Con el segundo Tratado de San Ildefonso firmado en 1796, los dos estados se comprometían a intervenir conjuntamente frente a Inglaterra, el primero de los enemigos para ambos y secular moscón cojonero de la flota española en sus viajes y relaciones comerciales con América. España además ansiaba la recuperación de Gibraltar, pero en cualquier caso el tratado la obligaba a poner pasta en las ambiciosas campañas napoleónicas. Y concretamente la Armada Real española quedaba a disposición para combatir a la flota inglesa, la cual también amenazaba las posesiones francesas del Caribe.

Las flotas ante la gran batalla

A la gloria de la Real Armada Española le quedaba a estas alturas (principios del S. XIX) poco brillo. El último impulsor de una Marina moderna con astilleros eficientes, profesionales preparados, arsenales surtidos y medios en general había sido Carlos III, pero con su sucesor Carlos IV la situación se estaba degradando rápidamente y el declive sería irresistible en años siguientes. Galdós pone en boca del gran Churruca la amargura del profesional ante la veleidosa política:

“Esta alianza con Francia y el maldito Tratado de San Ildefonso (…) serán nuestra ruina, serán la ruina de nuestra escuadra, si Dios no lo remedia, y, por tanto, la ruina de nuestras colonias y del comercio español en América. Pero, a pesar de todo, es preciso seguir adelante”.

[Siendo precisos, España no perdió su flota en Trafalgar, ya que aunque cayeron diez importantes buques en 1805 todavía contaba con 41 navíos de guerra, que en 1811 se redujeron a 26, en 1820 a 17 y en 1835 ¡a solo 3!. ¿Cómo no iban a independizarse la colonias en tan poco tiempo?].

Para cuando acontece lo de Trafalgar la flota de guerra en España está desactualizada, sin muchas condiciones para sostener trifulcas (en este sentido los ingleses se habían posicionado bastante por delante), con buques que languidecían en puerto… Incluso algunos capitanes españoles hubieron de sufragar de su bolsillo reparaciones en sus barcos. ¿Y qué decir de la impuntualidad en el pago a mandos y tripulaciones así como pensiones para sus viudas y huérfanos?. Triste panorama para unos oficiales que, aún siendo ingenieros navales y científicos respetados, viven pendientes del hilo de una paga a menudo retrasada.

En el sur peninsular, una reciente epidemia de fiebre amarilla hace muy difícil la leva de tripulantes. El grueso de los marineros llamados a filas para la ocasión proceden de un reclutamiento apresurado entre gentes ajenas a la mar, por ejemplo artilleros de tierra acostumbrados al olor a pólvora pero que ante el vaivén del mar sólo podían marearse.

Antonio de Escaño, segundo jefe de la escuadra española a las órdenes de Gravina, escribió en un informe:

“Esta escuadra hará vestir de luto a la Nación en caso de un combate”.

Gente mal adiestrada + armamento imperfecto + un jefe que descontenta a todos: el almirante francés Villeneuve.

Hoy se sabe que una importante cuota de los mejores oficiales de la Armada francesa había terminado sus días bajo la guillotina o fue apartada del servicio durante los sucesos recientes de la Revolución. A lo mejor por eso otros llegaron tan alto.

Pierre Charles Villeneuve, jefe de la escuadra combinada y apodado por los españoles “Monsieur Corneta” (nombre tomado de un sainete), es alegremente saludado por los historiadores como prototipo de militar inepto, más perfectamente inepto cuanta más gente tenía a su cargo. Se ha comentado que Villeneuve recibió carta de París informándole de su sustitución por el Almirante Rosilly y que le dominó el pánico de tener que presentarse ante Napoleón como un fracasado. Una gran victoria sería el golpe de efecto necesario para rehabilitarse ante los ojos del emperador y así enderezaría su carrera (aunque fuera a costa de las miles de vidas que tenía a su cargo). De ahí el apremio por entablar batalla en contra de todo sentido común.

En contrapartida la marina inglesa podía presumir de buques con muy buena dotación, tanto de armamento como de tripulantes. Poseían experiencia y movilidad, y no se amilanaban a la hora de emprender tácticas audaces. La política británica era ambiciosa y contaba con el prestigio de un almirante de renombre, Horatio Nelson.

Al margen de ello, hay también que recordar que de los héroes silenciamos muchas veces sus episodios menos brillantes; unos años antes de Trafalgar Nelson perdió la mitad de sus hombres, casi todos sus barcos y además un brazo en el intento frustrado de tomar Santa Cruz de Tenerife (1797). Los ingleses suelen “olvidar” dónde perdió la extremidad superior una de sus más grandes figuras nacionales.

Se abren las hostilidades

En 1805 Napoleón sucumbe al mismo propósito que otros de antaño: quiere invadir Gran Bretaña, estorban sus planes y está harto de ellos. La estrategia es poner en movimiento una escuadra franco-española bajo el mando del almirante Villeneuve, al que secunda Federico Gravina al frente de los españoles, con rumbo al Caribe para alejar a la flota inglesa del Canal de la Mancha, lo que a su vez facilitaría el desembarco de los 180.000 hombres que Napoleón tenía aguardando para atacar Inglaterra.

Nelson picó y fue tras ellos pero pese a coyuntura tan favorable, Villeneuve no atendió las peticiones de sus oficiales de lanzarse a por las colonias inglesas y permaneció en Martinica para emprender poco después el regreso a Europa. Es el momento en que el vicealmirante Robert Calder sale a su encuentro produciéndose la Batalla del Cabo de Finisterre, seria derrota para la flota hispano-francesa cuya inmediata consecuencia es que Napoleón no tuvo más remedio que abandonar sus planes de entrar en Inglaterra. La Grande Armée es destinada ese mismo años a las campañas austriaca y rusa.

Tras unas reparaciones en el puerto de La Coruña la flota terminó refugiándose en Cádiz, pero el enfrentamiento a gran escala ya era inevitable.

A cañonazo limpio

En Cádiz Villeneuve y los suyos habían mostrado su intención de salir a presentar batalla. Federico Gravina y otros altos mandos españoles como Cosme de Churruca, quien dirigía el “San Juan Nepomuceno”, (me encantan estos nombres pero así no hay quien gane) o el general Cisneros (al mando del colosal Santísima Trinidad, el “Escorial de los mares”), eran opuestos a ello y mantuvieron fuertes discusiones con los gabachos. Los españoles recomendaban esperar guarnecidos manteniendo una posición fuerte. Además el viento era desfavorable y se aproximaba un temporal.

Tal vez sea excesivo cargar toda la culpa al francés y preguntarse: ¿por qué, a pesar de todo, cedió Gravina? Es algo que no sabremos. La cuestión es que el almirante francés ordenó zarpar de Cádiz en la madrugada del 20 de octubre de 1805 a los 15 barcos españoles y 18 franceses y así se hizo. Los ingleses esperaban con sus 27 navíos.

El mando galo decreta para la escuadra una anticuada formación en línea; la flota inglesa liderada por Nelson lo ve claro, atacará formando dos columnas paralelas ejerciendo como un ariete contra la perpendicular enemiga. Churruca vio con el mayor de los desagrados las maniobras dispuestas por Villeneuve quien para colmo indicó después que la escuadra virase rumbo a Cádiz en pos del amparo de las defensas costeras. Eso rompió el orden de batalla y Nelson y los suyos atravesaron la línea enemiga envolviendo a la escuadra combinada y batiendo a sus buques por separado con artillería por proa y popa, los puntos más vulnerables de este tipo de embarcaciones.

La confusión generada y la escasa capacidad de maniobra en tales circunstancias, propiciaron que los navíos de la escuadra combinada apenas pudieran prestarse ayuda mutua. No les quedaba más salida que soportar todo lo que les cayó encima y así tuvieron que resistir durante horas de intenso combate. Finalmente, estaba cantado, los ingleses se impusieron con una victoria completa.

La derrota

La terrible carnicería y el estado de los navíos apresados prueban el encarnizamiento con que se batieron. Gravina, había sido herido; Alcalá Galiano y Cosme Damián Churruca encontraron la muerte en el San Juan Nepomuceno, Alcedo Bustamante y Pérez del Camino al mando del “Montañés”. En no pocos casos ni siquiera quedó un oficial que rindiera las naves tras la batalla, puesto que muchos murieron o quedaron gravemente heridos en la cubierta.

Por otro lado un tirador francés del “Redoutable” había acabado con la vida del almirante inglés Nelson durante el transcurso de la batalla.

La mayoría de los barcos españoles y franceses apresados fueron conducidos a Gibraltar, pero esa noche se desató una tormenta y algunos no pudieron aguantar. Tal fue el caso del Santísima Trinidad, orgullo español, el “único monstruo digno de la majestad de los mares”, que se hundió arrastrando al fondo a muchos heridos. Otros barcos iban fondeando en las costas del Golfo de Cádiz como fantasmas desarbolados.

Apresado tras la derrota de Trafalgar, Villeneuve fue puesto en libertad y regresó a Francia en 1806 con el deseo de justificarse y aclarar su situación ante Napoleón. Poco después se le encontró muerto en una habitación de hotel en Rennes, apuñalado en el pecho seis veces. Constó oficialmente que se había suicidado, siendo enterrado sin ceremonia oficial alguna y desconociéndose el paradero de su tumba.

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