A todos los que sobrevivieron a una infancia llena de peligros

¿De dónde proviene tal retahí­la nostálgica? Un dí­a descargué esto y enterrado en el culo del mundo del ordenador lo acabo de encontrar por casualidad. Me he dicho: ‘amoponelo’.

Sólo puedo decir que es un adjunto de Word que me hizo gracia y hasta lo retoqué -añadí­ algunas cosas de cosecha propia para adaptarlas a mis recuerdos, respetando lo esencial-. No puedo por lo tanto citar la fuente.

PARA TODOS AQUELLOS QUE SOBREVIVIMOS A UNA INFANCIA LLENA DE PELIGROS!!

“” La verdad es que no sé cómo hemos podido sobrevivir a nuestra infancia!!!

Mirando atrás es difí­cil creer que estemos vivos los que crecimos en la España de antes:

Viajábamos en coches sin cinturones de seguridad traseros, sin sillitas especiales, sin airbag. Hací­amos viajes de interminables horas seis ó siete personas embutidas en un SEAT 127, por ejemplo, ignorando los principios elementales de la ITV, entre vaivanes, un carrusel de curvas sin fin y baches de tal profundidad que hasta podrí­a dormir dentro un perro de tamaño medio.

No existí­an protecciones, armarios o frascos de medicinas con tapa a prueba de niños.

Andábamos en bicicletas con el manillar torcido o una rueda medio desencajada, por supuesto sin protectores para rodillas, codos o cabeza. Los columpios, que chirriaban desvencijados, eran de metal oxidado y con esquinas en pico como para abrirle la crisma a un elefante.

Pasábamos horas construyendo nuestros “vehí­culos” con trozos de madera y rodamientos para lanzarnos por la más empinada cuesta y sólo entonces descubrí­amos que no habí­amos considerado la posibilidad de unos frenos. Después de chocar con algún poste o directamente con la pared, el problema estaba resuelto.

Nos rompí­amos los huesos y los dientes y no habí­a ninguna ley para castigar a los culpables. La pedrada en la cabeza del bestia de turno, lo arreglaba la abuela en un santiamén con cualquier remedio casero sacado de la cocina o vete a saber de dónde, sin guantes esterilizados (la muy cochina inconsciente) y al dí­a siguiente todos contentos y tan amigos.

Hiciera frí­o o calor, siempre se nos podí­a ver corriendo y jugando a la intemperie. Salí­amos de casa por la mañana todaví­a masticando el desayuno. No era necesario quedar con nadie porque en cualquier callejón encontrabas cómplices y sólo recogí­amos velas cuando te peleabas con alguien, te echaban de mala manera o el aburrimiento obligaba a la deserción masiva. Jugábamos a las chapas, a la peonza, a las canicas, a la lima, al rescate…, en fin, tecnologí­a punta.

Entretanto, ¡madre mí­a, nadie podí­a localizarnos!. ¿Cómo pudimos respirar siquiera sin móviles?

íbamos al colegio cargados de libros y cuadernos bajo el brazo, aunque los niños bien ya usaban mochila, pero sin refuerzos, ni ruedas, ni ergonomí­a alguna. Por cierto, ¡qué feos los de mi clase! El que no tení­a un diente mellado tení­a una cicatriz en la sien y el que no, la cara picada de viruelas.

Comí­amos bocadillos de talla XXL cuando era posible y si no, dulces y toda suerte de chucherí­as o sucedáneos que nos daba el quiosquero con sus propias manos, pero no éramos obesos. Si acaso estaba el gordito de siempre y punto.

Todos bebí­an de la misma botella y nadie se contagió de nada”¦ salvo de piojos, que pillados en el cole nos acompañaban largas temporadas para espanto de nuestras madres. Saciábamos la sed directamente del grifo de cualquier fuente pública, donde chupaban los perros o cualquier animal que pasara por allí­ y si no de arroyos y pozos, siempre sin control sanitario. En caso de duda, alguien soltaba lo de “agua corriente no mata a la gente” y entonces ya tranquilizados arrimábamos la boca.

Pocos podí­an presumir de conocer el significado de palabras como Nike, Samsonite, Levis, vocablos tan exquisitos como exóticos. No tuvimos Playstations, ni posibilidad siquiera de imaginar lo que después serí­an los SMS, el Google o los mp3, pero nos lo pasábamos de lo lindo tirándonos globos llenos de agua, trepando a tapias y árboles, colándonos en casas abandonadas y arrastrándonos por los suelos hasta destrozar zapatos y ropa.

Sólo disponí­amos de 2 canales de televisión y ningún mando a distancia, raramente con programación mas allá de medianoche. Sentarse a ver una serie, un partido o una pelí­cula, era un acontecimiento ritual celebrado con toda la familia -entendiendo por familia también a medio vecindario que se apuntaba al evento-.

Cubrí­amos largas distancias a pata sin rumbo fijo. ¡Imagí­nense!, sin pedir permiso a los padres, nosotros solos allá fuera, en el mundo cruel. !Sin ningún responsable a mano! ¿Cómo lo conseguimos?

Se improvisaban juegos con palos, botellas y balones de fútbol deshinchados. íbamos a cazar lagartijas y pájaros con tirachinas y algunos hasta con escopeta de perdigones antes de ser mayores de edad y sin supervisión adulta. ¡Dios mí­o, qué miedo!

Y ligábamos con las chicas persiguiéndolas para tocarlas el culo, no en un chat diciendo gilipolleces del tipo 🙂 😀 😛

í‰ramos responsables de nuestras acciones y arreábamos con las consecuencias. No habí­a nadie para resolver eso. La idea de un padre protegiéndonos si trasgredí­amos alguna ley era inadmisible, si acaso nos soltaban un guantazo y te callabas. Si un extraño te metí­a un sopapo después de alguna trastada, ya contabas con que tus propios padres lo aplaudirí­an al saberlo.

Tuvimos libertad, fracaso, éxito y responsabilidad y aprendimos a crecer con todo ello.

¿Tú eres uno de ellos? ¡Enhorabuena! Pasa esto a otros que tuvieron la suerte de crecer como niños, antes de que todos estos niñatos de ahora (que se creen algo que no son) destrocen el mundo en el que vivimos.

Un saludo a todos y cuidaros mucho! “”

POSTDATA: La alusión final a los “niñatos de ahora” no es mí­a, no la vayamos a liar.

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