A todos los que sobrevivieron a una infancia llena de peligros

Recuperé un día de los sótanos del disco duro una de esas retahílas típicamente nostálgica que dan la brasa por Internet despertando la simpatía de los maduritos. Acabo de volver a toparme con esto y me he dicho: «amo-ponelo».

Uno de estos hilos llamó en particular mi atención al ser reconocibles bastantes de las vivencias infantiles que enumera, vivencias que pertenecen a una España pasada en la que se verán reflejadas personas cuya niñez se desarrolló en los años 60, 70 y 80 del pasado siglo.

No obstante cuánto más lo leía más ganas me entraban de modificar una serie de puntos y así mejor adaptarlo a mis propios recuerdos. De modo que me tomé la libertad de añadir unos cuantos detalles de cosecha propia.

Para todos aquellos que sobrevivimos a una infancia llena de peligros

La verdad es que no sé cómo hemos podido sobrevivir a nuestra infancia. Mirando atrás es difí­cil creer que estemos vivos quienes crecimos en la España de antes.

Nos desplazábamos en vehículos sin cinturones de seguridad traseros, usando poco los delanteros, sin sillitas especiales para críos, sin Airbag ni GPS. Los viajes eran interminables, duraban horas y horas y con frecuencia cinco o seis personas apretadas dentro de un pequeño SEAT sin ITV pasada e ignorando las recomendaciones elementales de la DGT. Había que atravesar barrancos y serranías en un carrusel de peligrosas curvas sin fin y sortear baches de tal profundidad que podrí­a dormir dentro un perro de tamaño medio.

Íbamos en bicicletas con el manillar torcido, ruedas medio deshinchadas y por supuesto nada de cascos o protectores para codos y rodillas. Los columpios del parque chirriaban desvencijados, con su metal oxidado, y presentaban aristas como para abrir la crisma a un elefante.

Pasamos horas construyendo nuestros «vehí­culos» con trozos de madera y rodamientos para lanzarnos a tumba abierta por la cuesta más empinada del pueblo, descubriendo demasiado tarde que no habí­amos previsto la posibilidad de unos frenos. Después de chocar con un poste o directamente contra la pared el problema quedaba zanjado.

Nos rompimos huesos y dientes y no habí­a ninguna ley para castigar a posibles responsables. La brecha en la cabeza por la pedrada del bestia de turno la apañaba la abuela con algún remedio casero; en el peor de los casos terminabas con varios puntos de sutura para presumir y al día siguiente todos contentos y tan amigos.

Hiciera frí­o o calor siempre se nos podí­a encontrar a la intemperie. Tras las clases huíamos de casa rápidamente y no era necesario quedar con nadie porque brotaban compinches en los callejones hasta formar un grupo ruidoso dispuesto a comerse el mundo. Sólo se recogían velas por algún asunto grave o por la hora de comer (eso podía ser sagrado).

Tanto en verano como en invierno, de día o de noche, lloviera o nevase, improvisábamos partidos de fútbol en la calle, en una explanada o entre los bares de la plaza hasta que te echaban de mala manera. Y, al aire libre siempre, jugábamos a mil cosas hasta cansarnos: a las Chapas, a las Canicas, al Trompo, al Pinchote, a la Lata, a Tabaco, a la Pita, a Policías y ladrones, a Veneno, a Pico-Zorro-Zaina, al cinturón, a Galope, a Sevilla eléctrica…

¿Cuántas veces nos habremos alejado de casa a lomos de bicicletas de plato y piñón únicos sin un triste bidón de agua o un kit anti-pinchazos, regresando sin luces por la noche?

¿Cuántas veces husmeamos en el estercolero en busca de algo útil o sorprendente? ¿Cuántas nos colamos en edificios en construcción llenos de trampas?

Entretanto, ¡Madre mí­a, nadie podí­a localizarnos!. ¿Cómo pudimos ausentarnos, respirar siquiera, sin móviles?

En la merienda comías un bocadillo cuando era posible y cuando no, un tomate partido con sal, carne de membrillo, un melocotón, un plátano, ciruelas.. lo que tocase de temporada. Y pan con chocolate, con aceite o un trozo de salchichón, chorizo o queso. Y bollos y roscos fritos. Y muchas galletas. A veces alguien había agenciado un surtido de chucherías que repartíamos con las manos sucias y era devorado en un santiamén. No estábamos sin embargo obesos, al contrario, recuerdo a casi todo el mundo bastante canijo.

Por cierto, ¡qué feos los de mi clase! El que no tení­a un diente partido lucía cicatriz en la sien y el que no, la cara picada de viruelas.

Todos bebí­an y comían del mismo sitio sin más ceremonia. No existía miedo a contagios excepto al de los piojos que, pillados en el cole, nos acompañaban largas temporadas para espanto de nuestras madres. Saciábamos la sed directamente del caño de cualquier fuente, el mismo en que chupaban los perros y otros animales que por allí pasaran o en cualquier arroyo que no pareciese sucio. En caso de duda alguien terciaba: «agua corriente no mata a la gente» y entonces arrimábamos la boca tranquilizados. Cuando el calor apretaba, era preciso encontrar un pozo, esos pozos cuyas aguas profundas no ofrecían más control sanitario que el consabido chorro de lejía.

Nos lo pasamos en grande lanzando globos llenos de agua, trepando a tapias y árboles, bañándonos en pozas o en albercas llenas de bichos, colándonos en casas abandonadas y huertos para comer fruta madura y arrastrándonos por el suelo hasta destrozar la ropa y los zapatos. Construimos arcos con varas afiladas que por supuesto eran disparados contra cualquier objetivo y continuamente inventamos sobre la marcha actividades con palos, ruedas, botellas y latas. Encendíamos hogueras sin ningún control, echando al fuego plásticos, botes de aerosol… Si algo explotaba, mejor que mejor.

Sólo tuvimos 2 canales de televisión y ningún mando a distancia, raramente con programación mas allá de la medianoche. Ver una serie, un partido o una pelí­cula constituía un acontecimiento social celebrado con toda la familia más medio vecindario que también se apuntaba.

Cubrí­amos largas distancias a pie sin rumbo fijo ni permiso paternal, solos allá fuera en el mundo inhóspito. !Y ningún responsable cerca! ¿Cómo pudimos soportarlo?

Buscábamos huevos de los nidos, setas y espárragos trigueros, cazábamos lagartijas, ranas y pájaros con tirachinas, algunos con escopeta de perdigones siendo menores de edad, sin supervisión adulta de ningún tipo. ¡Dios mí­o, qué horror!

E intentábamos ligar con las chicas burdamente, persiguiéndolas para tocarlas el culo. Hoy nos lloverían mil denuncias y reproches.

Éramos responsables de nuestras acciones y sus consecuencias. No habí­a nadie para resolver eso. La idea de un padre protegiéndonos al transgredir una norma era inadmisible; en todo acaso nos soltaban un guantazo sobre la marcha y a callar. Si un extraño te arreaba un sopapo por alguna trastada ya contabas con que tus propios padres lo aplaudirí­an al saberlo y a lo mejor de propina te llevabas otro.

Tuvimos libertad, fracaso, éxito y responsabilidad y aprendimos a crecer con todo ello.

¿Tú eres uno de ellos? ¡Enhorabuena! Pasa esto a otros que tuvieron la suerte de crecer como verdaderos niños.

¡Un saludo a todos y cuidaros mucho!»

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