Echo & The Bunnymen: mis años formativos con los hombres conejo


Hay bandas que uno escucha y otras que te acompañan sin pedir permiso hasta que, pasado el tiempo, sientes que te fueron moldeando. Echo & The Bunnymen pertenece, para mí, a esa segunda categoría: no sólo integraron mi educación musical sino que terminaron por dar forma a una manera de estar en el mundo. Su música sigue ahí intacta, como una habitación propia a la que siempre se puede regresar.

Liverpool, post-punk y una caja de ritmos llamada Echo

Echo & The Bunnymen nacen en Liverpool a finales de los años 70, una ciudad con tradición musical propia, al margen de Londres, marcada por el legado de los Beatles y una identidad obrera y portuaria muy reconocible. La formación original la componían Ian McCulloch (voz), Will Sergeant (guitarra), Les Pattinson (bajo) y una caja de ritmos bautizada como Echo. No había batería humana aún, pero sí una clara intención estética.

Desde el principio se distanciaron del resto del post-punk: mientras otros optaban por el minimalismo gélido, los Bunnymen miraban sin complejos hacia la psicodelia de The Doors. Además Sergeant adoraba a Pink Floyd y el Kautrock alemán, algo que concedió ese toque hipnótico característico a la banda. No querían hacer música desechable ni canciones de usar y tirar.

Pete de Freitas y el latido del grupo

Todo cambia cuando Pete de Freitas sustituye a la caja de ritmos. Su llegada marca el verdadero nacimiento del grupo. Aunque el debut en el mítico Eric’s Club en 1978 fue caótico (la caja de ritmos falló y acabó de nuevo en su embalaje), la banda comprendió que necesitaba sangre y pulso humano.

Con De Freitas, un joven talentoso de 19 años, el grupo ganó un empuje definitivo. Un año después se publica Crocodiles (1980), un debut oscuro y magnético que alcanzó el puesto 17 en las listas británicas. Sirvió para despertar el interés de la prensa musical, con música de mentalidad románticamente sombría alternando con fragmentos muy luminosos, una elección perfecta para el inconformismo adolescente: Do it Clean o el inolvidable Rescue formaron parte de aquel trabajo y los Bunnymen dejaron de ser un secreto de Liverpool.

Echo & the Bunnymen – Do It Clean

Cuatro discos, cuatro mundos

Si algo define la primera etapa de Echo & The Bunnymen es que cada disco es distinto al anterior.

Heaven Up Here (1981): un disco épico y abrasivo, un ejercicio de tensión controlada donde McCulloch canta como si estuviera invocando algo antiguo y peligroso, pero donde piezas como A Promise revelaban una elegancia inesperada. Este segundo álbum los llevó a los primeros puestos y abrió la puerta al mercado estadounidense. Un disco aparentemente melancólico aunque, en última instancia, optimista. 

Porcupine (1983) fue un trabajo difícil, sometido a múltiples remezclas, más experimental y fragmentado y aún así alcanzó el éxito gracias al single The Cutter. Aquí ya se intuía una banda que no quería repetirse ni acomodarse. 

Echo & the Bunnymen – The Cutter

Y entonces llegó Ocean Rain (1984), una obra maestra de orquestaciones de cuerda y una ambición musical inédita, con (Crystal Days, The Killing Moon, Seven Seas, Silver). McCulloch llegó a decir que era “el mejor álbum jamás creado”, y aunque el ego era parte de su personaje, años después, la inclusión de The Killing Moon en Donnie Darko lo convertiría en un clásico intergeneracional.

Estos cuatro primeros trabajos cimentaron a la banda como grupo de culto: demasiado oscuro para el gran público, demasiado elegante para el underground, un limbo perfecto.

No querían estadios (aunque podían llenarlos)

En mis años universitarios, Echo & The Bunnymen no eran música de fondo, sino una presencia constante. Su combinación de belleza amenazante, de melancolía, energía y misterio desprendía una magia extraña y cautivadora. Canciones hermosas que abrían grietas y encajaban con la incertidumbre de crecer. Quizá por eso mismo, se quedaron conmigo. A día de hoy conservan intacta esa capacidad de evocación.

Echo & the Bunnymen – A Promise

A diferencia de contemporáneos como U2 o Simple Minds, los Bunnymen nunca buscaron conscientemente el estadio ni la épica de masas; preferían la penumbra de las salas medianas, cultivar el misterio y mantener una relación ambigua con la industria. Ian McCulloch, más interesado en hablar del Liverpool FC que de su carrera, se encargaba de dinamitar cualquier atisbo de complacencia. Aun así, su música se fue volviendo progresivamente más accesible dentro de su identidad. The Cutter es un ejemplo perfecto: tempo rápido, arreglos más brillantes y, aun así, credenciales intactas.

Nothing Lasts Forever (Nada dura para siempre). Algunas bandas, en cambio, sí

La segunda mitad de los 80 fue cruel: en 1988 murió el padre de McCulloch y un año después, Pete de Freitas fallecía en un accidente de motocicleta con solo 27 años, uniéndose al trágico club. Poco después McCulloch, siempre inquieto, abandonó el barco y publicó dos álbumes solistas que no lograron mayor repercusión. Sergeant y Pattinson continuaron con Noel Burke como vocalista, dando lugar a Reverberation (1990), un disco sólido que pasó sin gloria a pesar de temas como Gone, Gone, Gone, King of Your Castle o Devilment

Echo & the Bunnymen – I Want To Be There (When You Come)

En 1997 llegó uno de los regresos más inesperados y dignos de los 90 con Evergreen, demostrando que aún había magia y, sobre todo, con Nothing Lasts Forever. McCulloch dudó en lanzar una balada orquestada como single de retorno, pero la jugada salió bien. El tema alcanzó el número 8 y recuperó algo del aura perdida.

Aunque Les Pattinson acabaría marchándose y el éxito comercial nunca volvió a ser el mismo, McCulloch y Sergeant permanecieron como custodios de una idea, de un sonido y de una forma de entender la música.

El concierto de Liverpool en 2001: la confirmación

El concierto de Live in Liverpool (2001) fue otro de esos hitos personales. Fieles a su sonido, sobre el escenario del Olympia Theatre los hombres conejo sonaron más vivos que nunca, transmitiendo una sensación de plenitud muchos años más tarde de su esplendor. El DVD correspondiente lo he disfrutado muchísimo: un recorrido generoso por toda su discografía clásica, interpretado con una solvencia y una intensidad que desmentían cualquier idea de nostalgia.

Echo & the Bunnymen – Rescue (Live in Liverpool 2001)

Canciones como «Seven Seas», «The Cutter», «Lips Like Sugar» o «The Killing Moon» volvían a sonar poderosas, emocionantes. La voz distintiva de McCulloch y la inconfundible guitarra de Will Sergeant demostraron que aquello no era un ejercicio de arqueología musical, sino una banda consciente de su legado y capaz de sostenerlo.

El sonido, la actitud y la herencia

Aunque trabajaban una música claramente atmosférica, nunca fueron barrocos; al contrario, favorecían riffs sencillos y patrones hipnóticos, tocados con tal inteligencia que las canciones parecían más complejas de lo que realmente eran. Ahí residía parte del magnetismo.

Las letras de Ian McCulloch —abstractas, evocadoras, cargadas de ironía— evitaban lo explícito para centrarse en la sugerencia, proyectando un romanticismo sombrío. Este universo sonoro se sostenía sobre una base rítmica implacable con el bajo marcado de Les Pattinson y la batería firme de Pete de Freitas, mientras la guitarra de Will Sergeant tejía líneas poco convencionales alrededor de las melodías. La voz grave y teatral de McCulloch terminaba de definir un sonido que en directo se transformaba en una auténtica apisonadora emocional.

Echo & the Bunnymen – Lips Like Sugar

En su apogeo, la banda parecía instalada en un estado de gracia en el que nada podía salir mal, transmitiendo una seguridad que no dependía de la aprobación ajena. Esa autenticidad ayuda a entender por qué su legado sigue latiendo en bandas tan distintas como Coldplay, The Killers, The Flaming Lips, Courtney Love o Red Hot Chili Peppers, que han citado a los de Liverpool como influencia decisiva.

Echo & The Bunnymen hoy

Tras la muerte de Pete de Freitas y la marcha de Les Pattinson, pudo haber sido el final. Pero no lo fue. En 1997 McCulloch, Sergeant y Pattinson reactivan el nombre Echo & The Bunnymen con Evergreen y vuelven a entrar en el Top 10 británico.

Echo & the Bunnymen – Silver

Convertidos definitivamente en un dúo, McCulloch y Sergeant han defendido su legado editando álbumes como Flowers (2001), Siberia (2005), The Fountain (2009) y Meteorites (2014). Lejos de retirarse, se mantienen presentes en el circuito internacional reivindicando su cancionero clásico.

McCulloch y Sergeant son guardianes de una idea y de un sonido que comenzaron hace más de cuatro décadas. Los conciertos regulares han servido para recordar que Echo & los Bunnymen en realidad, nunca se fueron y que siguen siendo formidables en directo, con esa aura misteriosa de Ian McCulloch convertido en una estrella de rock engreída y carismática, y Sergeant fiel a su estilo de guitarra basado en la reverberación y el delay que tantos han intentado imitar sin éxito.

Songs to Learn & Sing, canciones para seguir viviendo

Echo & The Bunnymen nunca fueron la banda más grande de su década, pero sí una de las más insobornables y con mayor calado. Su discografía no solo resiste el paso del tiempo, sino que sigue ofreciendo refugio. No se trata de nostalgia ni de congelar una época, sino de celebrar que sigan cantando sus canciones —que ya son las nuestras—. Esas que habitaron una juventud cada vez más lejana pero que, al sonar, parecen estar sucediendo aquí mismo.

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