«Hello, I’m Johnny Cash»

«Hola, soy Johnny Cash». De esta manera tan simple solí­a empezar sus conciertos: la presentación sencilla de un hombre tí­mido.

Su sombra se proyecta intensa sobre la música, entiéndase Rock, Country o lo que sea. Aunque se le considere maestro del Country, en realidad él es en sí­ mismo un subgénero musical, pionero del Rockabilly y del Rock and roll en los años 50, y en décadas siguientes el representante más internacional de la música Country. En definitiva, con su magisterio sobre gran número de artistas, todo un icono popular norteamericano.

Cuando los Beatles y otros comenzaron a impulsar la revolución cultural-musical que se avecinaba, Johnny Cash ya habí­a vuelto del infierno elegantemente vestido, con gesto serio y su figura alta inconfundible.

Por aquel entonces no estaba bien visto entretener a parias y desheredados de la sociedad con cualquier tipo de espectáculo, de ahí que encontrara una fuerte oposición para llevar a buen término su proyecto de actuar en la prisión californiana de Folsom.

Johnny Cash actuando en la prisión de Folsom Prison, 1968

Del mismo modo, tampoco era habitual hablar de situaciones delictivas en la letra de una canción. Todo eso incomodaba por resultar inconveniente y soez, pero el hombre de negro siempre lo hizo y fue con ello un ejemplo de actitud.

No ocultó nunca una simpatí­a -recí­proca por otro lado- con los convictos y desamparados en general; él mismo en muchas de sus composiciones confiesa sentimientos de culpa, pero al mismo tiempo se trasluce en ellas la fe en la fuerza de la redención. Lo vivió en carne propia, sufrió y supo que todo el mundo merece un nuevo comienzo, la segunda oportunidad.

A principios de los años 60 bebí­a más de la cuenta y habí­a además empeorado la adicción a las anfetaminas que venía arrastrando. Ocultaba las pastillas a menudo y, al olvidar dónde, acusaba a otros de robárselas. Las consumí­a por ansiedad, por inseguridad y para mantenerse despierto y activo durante las interminables giras. Sus amigos bromeaban a menudo sobre su comportamiento «nervioso», ignorando muchos de ellos el problema que padecí­a.

Cash pasó la vida dando tumbos, cometiendo muchos errores, descuidando responsabilidades e ingiriendo muchas pí­ldoras. Pero sobrevivió y pudo reencontrarse a sí­ mismo con el apoyo inestimable de su segunda esposa, June, y nunca dejó de desarrollar su talento para la música.

Una vez June Carter se refirió a la voz de su marido como:

«Steady like a train, sharp like a razor»
(«Constante como un tren, afilada como una navaja»).

Al escucharla no es difí­cil imaginar un viejo tren de vapor cuya estela de humo se pierde al fondo de la llanura inabarcable.

Cash no habló solamente en sus canciones de la fragilidad humana, los desamores, la cárcel y los tiempos duros; no era rara la mención a la vida junto al ferrocarril. De hecho en 1974 narró y protagonizó Ridin’ the Rails: The Great American Train Story, donde habla de la importancia del papel desempeñado por los trenes en la historia estadounidense, así como de su propio sentir personal y nostálgico hacia ellos. Y todos sabemos que los trenes transmiten una belleza romántica que evoca ansias de libertad.

Hoy quisiera poner cara a esa voz tan profunda como inolvidable con algunas fotografías de Johnny Cash que se recogen en The Selvedge Yard, instantáneas cálidas, auténticas. Con ellas nos introducimos un poco en algunos momentos de su vida.

Galerí­a de fotos:

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