Philip Marlowe en «El largo adiós»

El largo adiós (The long goodbye, 1953) es la obra de madurez de Raymond Chandler y una de las grandes novelas norteamericanas. En ella podemos leer por ejemplo esto: «No hay trampa más mortal ”“reflexiona Marlowe”“ que la que se prepara uno mismo.».

Así­ es, viejo amigo y algo parecido debió ocurrir cuando propuse rescatar la figura de mi querido detective e inicié un par de artí­culos sobre él y su creador, Raymond Chandler: hube de contenerme para no resultar pesado. Hoy cierro esa ventana que un dí­a abrí­.

En «El largo adiós» Chandler va trazando un vivo retrato de la sociedad californiana de su tiempo y una demoledora descalificación del «american way of life», una civilización que bajo su brillante envoltorio oculta basura de todas clases, algo tan vigente ahora como entonces. En la novela más extensa de su autor conviven personajes plenos y seductores pero por encima de todos Marlowe, quien después de tantos golpes y desengaños aparece algo más viejo y cansado y en consecuencia, más humano.

En 1973 la historia fue llevada a la gran pantalla. De esta pelí­cula se dijo que tal vez Elliott Gould no fuera el actor idóneo para el papel de Marlowe, y aunque no esté mal, la cosa desde luego no deslumbra (Bogart ya no estaba entre los vivos).

Os dejo con las palabras del narrador, como siempre irónico y sentimental (¿ahora más que nunca?) Philip Marlowe.

1 Los diarios son propiedad de los ricos. Ellos los publican. Los ricos pertenecen todos al mismo club. Claro que existe la competencia…, una competencia dura, implacable, por la circulación, las primicias, las crónicas exclusivas. Todo lo que usted quiera, siempre que no dañe el prestigio, el privilegio y la posición de los propietarios. Si lo hace, entonces se baja el telón.

2 Me dolí­a el cuello. Me afeité, tomé una ducha y me fui a la cama. Permanecí­ acostado de espaldas escuchando, como si muy lejos, en la oscuridad, pudiera oí­r una voz, una de esas voces calmas y pacientes que lo aclaran todo. No la escuché y sabí­a que no la escucharí­a nunca.

3 Habí­a un tipo triste junto al mostrador del bar hablándole al encargado, quien limpiaba un espejo y escuchaba con esa sonrisa plástica que usa la gente cuando trata de no gritar. El cliente era de mediana edad, bien vestido y estaba borracho. (…) uno se daba cuenta de que se agarraba a la botella y sólo la dejaba cuando se quedaba dormido por la noche. Así­ serí­a para el resto de su vida; su vida era todo eso. Nunca sabrí­a cómo habí­a llegado a ello, porque aunque él lo contara, no serí­a verdad. (…) Hay un hombre triste como aquél en cada bar tranquilo del mundo.

4 En el interior habí­a una sala pequeña y fea, de fealdad deliberada y costosa. Los muebles eran de color escarlata y verde oscuro, las paredes de un chato verde Nilo y unas fotografí­as lucí­an marcos de un color tres tonos más oscuro que el resto. Las fotos mostraban a unos tipos con chaqueta roja de montar, a horcajadas en grandes caballos ansiosos por saltar vallas muy altas. Habí­a dos espejos sin marco, de leve y desagradable color rosado. (…). El tipo que habí­a decorado aquella habitación no era hombre a quien le asustaran los colores. Probablemente usaba camisa color pimiento, pantalones morados, zapatos a rayas y calzoncillos bermellón con las iniciales en agradable y amistoso color mandarina.

5 El edificio era mucho más viejo y más sucio que el de mi oficina. Estaba plagado de médicos y dentistas de esos que apenas ganan como para ir tirando, de predicadores de la Ciencia Cristiana que no hacen nada bueno y de esas clase de abogados que uno desea para los demás. Ni demasiado hábiles, ni demasiado limpios, tres dólares y pague a la enfermera, por favor; hombres cansados, desalentados, que saben exactamente dónde están parados, qué clase de pacientes pueden conseguir y cuánto dinero se les puede exprimir.

6 El alguacil Petersen seguí­a siendo reelegido, testimonio viviente del hecho de que uno en su paí­s puede desempeñar toda la vida un importante cargo público sin otros méritos que tener la nariz limpia, una cara fotogénica y la boca cerrada. Si además de todo eso, uno mira a los caballos con ojos cariñosos, será invencible..

7 Deje que los guardianes de la ley realicen su sucio trabajo. Deje que los abogados se lleven los laureles. Ellos redactan las leyes para que otros abogados las analicen delante de otros abogados llamados jueces, de modo que otros jueces puedan decir que los primeros estaban equivocados y la Corte Suprema que el segundo lote de jueces era el que estaba equivocado. Claro que hay una cosa que se llama ley. Estamos metidos en ella hasta el cuello. Por encima de todo, lo que hace es servir para que los abogados hagan negocios. ¿Cuánto tiempo cree usted que podrí­an subsistir los grandes delincuentes si los abogados no les enseñaran cómo actuar?.

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