Aunque al parecer hubo un tiempo en que el término «puta» venía a significar sabiduría y destreza -con los antiguos griegos-, la cuestión derivó por otros derroteros al paso de los siglos. Aún hoy nuestra querida lengua mantiene en según que casos un enfoque ferozmente machista con ciertos vocablos. Veamos la prueba de cómo una
Revolviendo viejos papeles encontré una fotocopia mustia que hace años me pasó Jean Pierre, cliente y sin embargo amigo, quien como buen francés ilustrado sentía curiosidad por la idiosincrasia española. Era un recorte de periódico que él conservó al advertir que podía aclarar algunas claves de nuestro querido idioma. Sirva el texto como ejercicio de
«Tiende la mano, pero cuenta tus dedos al retirarla» «Si te preguntan: ¿Cúando acabará el mundo?, contesta: el día que yo muera» «El avaro no caga por miedo a tener hambre»
«Para amar bien a una mujer, es necesario amarla como si fuera a morir mañana» «Los ladridos del perro inquietan bien poco al cielo» «El pobre es un extraño en su país»
Con cartón, latas usadas y paquetes de tabaco, entre otras cosas, el checo Miroslav Tichý fabricó cámaras fotográficas cuyas imágenes captadas acabarían expuestas con el paso del tiempo en museos y galerías de arte de Berlín, Zurich y Nueva York.
¿Qué es peor, la muerte o el olvido? Para la existencia humana, sometida minuto a minuto a la crisis del olvido, probablemente sea esto último lo más descorazonador. La literatura griega dejó abundantes testimonios de este carácter transitorio del hombre e inventó un tajante adjetivo para definirlo: efímero (etimológicamente «ser de un día»).
«Cuando comas con un tímido, deja un pedazo de comida para él» «El viajero no sabe dónde morirá» «Quien pasa la noche en la marisma, sueña con las ranas»
«Aunque se nade mejor que un pato, no hay que olvidar que él suele vivir en el agua» «La fortuna es lenta en llegar pero la pobreza está siempre a mano.»